¿Abortos?

Por Margarita Rosa De Francisco

¡Ser mujer siempre ha dolido! Pariendo, abortando o negándonos a concebir, no tenemos salida.

Uno. Ser demasiado joven no me impidió sentirme segura de que nunca sería mamá, aunque estuviera enamorada hasta los huesos del padre de mi posible hijo, un muchacho con el que creí que me casaría y moriría de vieja. Me le medí sin dilemas y sin consultarle, a sabiendas de que ese silencio sería un hecho aún más violento. Quería correr con la total responsabilidad de mi decisión y lo hice así, impulsada por mi rebeldía y mi ambición de ser yo misma, dispuesta a pagar el precio emocional que la vida me cobrara por mi libertad. Sabía que el no tener ninguna duda sobre lo que haría no evitaría en mí el dolor de aquella pérdida, pero no me castigaría por desafiar una moral que todavía parece vengarse de la mujer.

 Quince días antes de conocer mi estado, ya sentía un cansancio sobrenatural; “tengo algo raro”, le dije a mi amiga más cercana, quien enseguida me aconsejó hacerme una prueba de embarazo.

Dio positivo y actuamos pronto. Ella me acompañó a una clínica de mujeres, un lugar con todas las condiciones necesarias para garantizar la eficacia del procedimiento, frecuentemente practicado allí, según la versión de las enfermeras. No se trataba de un sitio clandestino, pero fue evidente que no controvertían ese servicio en particular.

Antes de la operación me entrevistó un médico. Cuando me preguntó por mis motivos le contesté la simple verdad: “Porque no quiero tener hijos”, y eso bastó. Fue rápido y grotesco. Un tubo de aspiradora me hurgaba el estómago como un roedor, algo de no repetir.

Al siguiente día tuve que juntar trozos de alma para armar una cara decente y sacarla a la calle, mientras mis entrañas y mi corazón sangraban, porque abortar, aunque yo lo considere defendible, es, como dije más arriba, un acto violento, como también lo es dar a luz. Lo brutal no está en la asociación absurda con un asesinato, sino en la embestida frontal del prontuario triste de pecadoras y culpables que nos ha humillado durante siglos.

¡Ser mujer siempre ha dolido! Pariendo, abortando o negándonos a concebir, no tenemos salida; de todos modos condenamos a la humanidad a morir o a no existir, y ese principio existencial y fatal del pecado es el que cargamos solo las mujeres como una lápida en esta historia misógina narrada por hombres. Ahora tenemos la oportunidad de reescribirla, y esta vez, por respeto a nosotras mismas, no vamos a desperdiciarla.

El Tiempo

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