Begonia caracol

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Por Cristina Pacheco
Pronto se cumplirán cuatro meses de los sismos. Todo se ha normalizado en la fábrica La Purísima, excepto que la doctora Escalante continúa en la empresa. Por iniciativa del gerente, llegó a finales de septiembre y sigue dando consulta a los trabajadores que, debido a las pérdidas causadas por los terremotos, quedaron emocionalmente afectados y aún necesitan atención profesional.

Joel está dentro de ese rango: su primo Guillermo, que trabajaba como prefecto en una secundaria, al desplomarse el edificio quedó sepultado entre las ruinas y tardaron más de una semana en rescatar su cuerpo deshecho.

La primera vez que fue a consulta, a Joel le resultó difícil hablar de la tragedia familiar ante una desconocida, de seguro inexperta a causa de su juventud, y se pasó los 45 minutos de la sesión mirando alternativamente el retrato de los fundadores de La Purísima y la planta de ornato junto a la ventana.

La doctora Escalante –Diana, según el gafete prendido en su bata– intentó romper el mutismo de su paciente haciéndole algunas preguntas. Por respuesta obtuvo tan sólo monosílabos, contestaciones elementales y una explicación esquemática acerca de los motivos que lo habían llevado a recurrir a ella: la pérdida de un primo que era también su mejor amigo.

Al término de la consulta, la doctora Escalante lo citó para el siguiente jueves a la misma hora y, para demostrarle que ella había notado su distracción le dijo: A mí también me atrae mucho esa planta. Es un injerto nuevo. De acuerdo con la forma de sus hojas se llama begonia caracol. En el vivero me aseguraron que en algún momento del invierno dará flores blancas.

II

Con el tiempo la doctora Escalante ha sabido vencer la resistencia de su paciente y ganarse su confianza. Joel habla cada vez menos de Guillermo –de su muy antigua amistad y del dolor que le causó su muerte– y más de esa sensación de fracaso que lo oprime y llega a causarle un desánimo que lo paraliza: temas que procura no mencionarle a Sonia, su mujer.

No quiere aumentar la inquietud que a ella le causan la estrechez económica, el extraño comportamiento de su hijo Mariano –quien de un momento a otro pasa del mutismo agresivo a una euforia inexplicable–, el constante miedo a perder su trabajo como dependienta en una zapatería y, sobre todo, el temor a que él la abandone, como hizo su padre con su madre cuando ella era niña.

En los días de sesión, Joel siente alivio sólo de entrar en el consultorio y ver a la doctora Escalante. Hay tardes en que se aísla en prolongados silencios y si lo rompe es para decir frases que reflejan algo de sus experiencias inmediatas, de un sueño que tuvo o de la angustia que le causa el hecho de saber que él ya no puede modificar nada en su vida. Define ese estado de ánimo con una frase: Siento como si viviera en una casa sin ventanas.

En el futuro sólo lo aguardan envejecimiento, desgaste, enfermedades, pérdidas inevitables. Se lo ha confesado a la doctora Diana Escalante –ese nombre le da confianza, enmarca a la única persona con quien puede refugiarse durante 45 minutos, mostrarse tan débil como es, valerse de todas las palabras sin temor a que ella les encuentre un sentido oculto. Sonia lo hace. En muchas lee indicios de peligro y de abandono. Eso la lleva a mantenerse desconfiada y en permanente estado de alerta que la está consumiendo.

A cambio de esas revelaciones, a Joel le gustaría saber algo más de la doctora Escalante: su edad, de dónde es, a qué dedica los domingos, cómo es su vida. Él cree que tiene derecho a saberlo, porque después de todo ella conoce bastante de la suya: hijo único, estudios de secundaria, casado muy joven, trabajos diversos y temporales hasta que hace tres años, en el que considera su día de suerte, al pasar ante La Purísima vio en el portón un letrero: Se contrata personal.

Empezó desde muy abajo y ahora es almacenista. La doctora Escalante le hace ver que el suyo ha sido un progreso rápido y de seguro habrá otros, siempre y cuando se lo proponga. Él también lo comprende, pero no es suficiente para salir de ese cuarto sin ventanas donde se asfixia mientras espera otro día idéntico a los anteriores, hasta en la forma en que Sonia le pregunta si regresará temprano y el gesto desconfiado con que lo observa cuando él le responde que sí. ¿A dónde más podría ir?

Seguirá dando vueltas en su rutina, sintiendo que sus pasos ahondan el surco bajo. Cuando la tierra se adelgace por completo él caerá al fondo. Si consigue recuperarse, será para cumplir con su destino: hacer el recorrido de la casa a la fábrica, y viceversa; desde finales de septiembre, con un alto de 45 minutos, los jueves, en el consultorio de la doctora Escalante. Siempre que piensa en la perspectiva del encuentro imagina la begonia caracol en la que un día de este invierno brotarán flores blancas. Espera que la doctora permanezca en la fábrica el tiempo suficiente para que él pueda verlas.

La Jornada 
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Categories: México, Opinión