El doctor Sándwich, Juan Solá

Juan Solá 

El doctor Sándwich

 

Algún día vas a entrar con tu traje y tu corbata a Tribunales, ¡vas a ser reconocido!, vos haceme caso, me dijo Ramón. Ramón me quiere mucho, yo me doy cuenta. Debe ser porque los abuelos no son abuelos, sino dos veces padres.

Hoy me acordé de Ramón y de ese anhelo pueblerino que tenía de verme enorme. La copia de M’hijo el dotor me miraba desde la repisa y qué orgullo hubiese sentido Ramón si me hubiese visto contando fojas. Pero no, qué fojas ni fojas. Me dolía un poco que sobre la mesa no hubiese sellos, ni expedientes, ni rastros de tinta. Me dolía un poco estar contando fetas de queso.

Mamá siempre decía que la pobreza te hace ingenioso y aunque no necesitara demasiado ingenio para montar un pebete de jamón y queso, venderlos era otra historia. La gente en la calle es desconfiada: andá a saber de dónde sacó el jamón, andá a saber a cuánto compró ese queso, andá a saber si se lavó las manos antes de envolverlos.

A veces, quisiera responderles. Quisiera decirles lo temprano que me levanto para que Julio me dé a mí el mejor pan, o hacerlos esperar conmigo los minutos eternos de fila para conseguir el muzzarella de buena marca un poquito más barato, mientras espío los carritos de los demás, llenos de postrecitos de chocolate y vinos que jamás podré invitarle a Ramón, que postrado en su ranchito de chapas todavía me piensa de traje y corbata y jamás soportaría esta realidad que aprieta más que la cofia que uso para que los pelos no se me vayan con los sánguches.

Los Tribunales de la calle Rojas se parecen un poco a un complejo de viviendas abandonadas, con los aires acondicionados destartalados escupiéndole viento caliente al mediodía. Subí los escalones con el sol pisándome los hombros con tanta crueldad, que me sentí una hormiga negra bajo la lupa cínica del chango que se escapa al patio porque no quiere dormir la siesta. Si vendo mucho, me doy el gustito y me compro una coquita, pensé.

A la hora del almuerzo, los empleados largan mate, fojas y teclados y se escapan hasta algún barcito a comer frituras. Golpeé muchas puertas que no se abrieron y sonreí sin ganas a través de las ventanillas desde donde me miraban con un poquito de pena y otro poquito de asco. Pero no me importaba. La pobreza te hace ingenioso, pero también te hace corajudo.

Muy rico todo, decían algunos. Volvé mañana, me pidieron otros. Había vendido casi todo y aquello me alivió más que los dos minutos de aire acondicionado que me regaló la señora que me hizo pasar a su oficina para darme la plata.

No me imagino cuán boba habrá sido la sonrisa que se me había dibujado en el rostro. Iba saliendo con el peso de los billetes en el bolsillo y esas ganas que no se me iban de tomarme una gaseosa y supongo que habrá sido por eso que cuando el cana me pegó el grito me asusté tanto, como si recién me hubiese despertado y la pieza estuviera en llamas.

¿Qué está haciendo, señor?, me dijo. ¿Usted no sabe que acá está prohibida la venta ambulante?, me reclamó. Retírese, retírese.

No alcancé ni a pedir disculpas. Me hubiese gustado que al menos me pidiera por favor. Retírese, por favor, podría haber dicho, pero nadie le pide por favor al pibe de los sánguches.

Ese día dormí tranquilo porque pagué la pieza y me tomé la coquita y hasta me alcanzó para un helado. Estaba contento, tan contento que al otro día no me costó nada levantarme temprano para buscar el pan calentito en lo de Julio. Tan contento, que los carritos de supermercado ajenos, llenos de chocolate y vino, no me importaban ni un poco.

Canté mientras cortaba el pan y canté un poco más mientras contaba las fetas y a lo mejor los vecinos de la pensión pensaron que me había vuelto loco, pero qué importaba.

Esta vez me avivé y fui para Tribunales más temprano. Vendí muchos sánguches, más que el día anterior. Algunos de los empleados me estaban esperando. La señora del aire acondicionado me hizo pasar de nuevo, me ofreció un vaso de agua fría y me dijo que qué rico pan, que dónde lo había comprado. Andá a saber dónde compra el pan, le habrán dicho, y tuvo que preguntar. Yo le conté de Julio, pero no me animé a decirle que me hacía ir a las seis, ni que la panadería me quedaba a diecinueve cuadras. No quería que sintiera pena por mí.

Me habían quedado ocho sánguches, seis de jamón y queso y dos de queso y verduras. Iba saliendo con los ojos en la canasta y la misma sonrisa boba cuando me choqué de frente con ese muro de tela azul marino que era el cana del día anterior.

Escuchame una cosa, negro de mierda, me dijo ¿No te dije que no aparezcas más por acá? ¿Querés quedar demorado? ¿Sos sordo o sos mogólico?

Soy pobre, quise decirle, pero no pude, porque cuando abrí la boca, el oficial agarró la canasta con una mano y mi brazo con la otra y me acompañó hasta la salida. Acompañar es una forma de decir, no sé cómo se dice cuando te llevan hasta la puerta de un lugar para echarte, mientras te repiten una y otra vez que la próxima vas preso, que la próxima te matan, que total nadie va a extrañar a un negrito retobado.

Cuando llegamos hasta las escaleras, el empujón casi me hizo rodar hasta la calle. Giré para pedirle mi canasta y lo vi agarrar uno por uno los sánguches que me habían quedado y estrellarlos contra el pavimento hirviendo. Los pisó con las botas, como si fueran colillas de cigarrillos. Me dio mucha lástima, porque la comida no se tira y porque en mi casa no había otra cosa para cenar a la noche, pero peor es terminar preso, así que junté mi canasta y no dije nada.

La pobreza te hace ingenioso, y el ingenio es un gran aliado cuando a uno le extinguen un poco el coraje.

Tenía que hacer algo para volver a Tribunales, que para mí era como una mina de oro llena de señoras con blusas de modal y hambre de sanguchitos.

El que me prestó la corbata fue Julio. Me dijo que se la cuide, que era de la comunión del hijo. Planché como pude la única camisa que tenía y lustré desesperado el par de zapatos que heredé de Ramón. Cambié la cofia por el pelo peinado al costado, con una raya bien prolijita, y pinté de negro las letras blancas del maletín de lona que conmemoraba aquel XXIII Congreso Internacional de Ortodoncia y Periodoncia al que yo había asistido en calidad de camarero a la hora del café.

Llegué al edificio poco después de las doce.

Buenos días, doctor, me dijo el mismo cana de siempre. Cómo se nota que ni te miran a la cara cuando te fajan, pensé. Con no tener ropa de negro alcanza para pasar desapercibido.

Buenos días, ¿lo puedo ayudar?, me preguntó la señora del aire acondicionado. Sí que puede, le dije yo, y ahí nomás abrí el maletín lleno de sánguches. Ella quería preguntarme si yo era yo, pero no pudo, porque con la carcajada que le explotó entre los dientes chuecos alcanzó para que todos sus compañeros se acercaran a ver qué pasaba.

¡Este es el pibe de los sánguches!, exclamó una, dejando el catálogo de cosméticos sobre el escritorio. ¿Qué haces así vestido?, preguntó otro, cebándose un mate que de lejos se notaba que estaba bien lavado. ¡Les presento al doctor Sandwich!, dijo la señora del aire acondicionado, y todos nos reímos un montón.

Me hicieron pasar y les expliqué que la venta ambulante estaba prohibida en el edificio. Ellos me dijeron que no hiciera caso, que los canas hacen eso porque a ellos no les dan permiso de parar para comer. Yo qué culpa tengo, pensé, acordándome del queso fundido entre el borceguí negro y el cemento hirviendo de las dos de la tarde santiagueña.

Algún día vas a entrar con tu traje y tu corbata a Tribunales, ¡vas a ser reconocido!, vos haceme caso, me había dicho Ramón. Y Ramón tenía razón, porque los abuelos son padres dos veces.

Sigo yendo a Tribunales de traje y corbata todos los días, aunque ahora no me haga tanta falta. Ahí viene el doctor Sandwich, dicen cuando me ven asomarme a la ventanilla.

Todos me conocen y me dicen hola cuando me ven pasar, aunque no compren. ¿Cómo le va doctor? ¿Le queda algún expediente de jamón y queso?, preguntan, y ellos se ríen y yo sonrío con ese mismo gesto bobo de siempre.

Me gusta ir a Tribunales para acordarme de ellos, sí, pero también para acordarme de mí. El hornero no se olvida del nido que construyó metiendo las alas en el barro.


 

El doctor Sándwich

(basado en una historia real).

 

Épica Urbana

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