Por la memoria de las nueve víctimas de la explosión en el bus de las Rutas Quetzal

Por Mariela Castañón 

Escribo este texto para dignificar la memoria de Alicia Zacarías Pérez y sus hijos, los niños Nury, Daniel y Jorge de apellidos Cac Zacarías, así como de Lázaro Donis, Gladys Ordóñez Corado, Dora Aracely Franco, Rigoberto Emilio García y Ambrosio Vásquez Xiquín, quienes murieron, tras la detonación de una bomba incendiaria en un bus de las Rutas Quetzal, el 3 de enero de 2011. La causa fue la intimidación de pandilleros del Barrio 18, entre ellos un exsargento del Ejército, que exigían el cobro de extorsiones desde una de las cárceles.

Han transcurrido varios años de aquel horrible incidente, que marcó la vida de las familias de estas personas, de los sobrevivientes y de muchos que nos tocó informar lo que sucedió.

Todavía me cuesta trabajo escribir del tema, porque resulta doloroso recordar el sufrimiento, la angustia y la muerte a pausas de esas nueve personas. Es difícil asimilar la crueldad con que mataron a los seis adultos, a la niña y a los dos niños.

Con la mayoría de familias tuve la oportunidad de hablar, al igual que con algunos sobrevivientes, quienes recordaron como fueron expulsados por las llamas causadas por la detonación de esa bomba, que fue activada desde una de las cárceles del país.

Duele y frustra recordar el dolor del señor Jorge Cac, el taxista que perdió a toda su familia.
Don Jorge me comentó, que tenía la intención de ir a dejar a su esposa y a sus hijos a su casa, en el taxi que manejaba, pero acordaron con su esposa Alicia Zacarías que era mejor que abordaran el bus, porque recién habían adquirido los útiles escolares de los niños y tenían que reponer ese dinero para las necesidades familiares.

La tristeza de don Jorge fue tan profunda que todavía puedo percibir su dolor, tres de los integrantes de su familia murieron el día del suceso, días después falleció su hijo Jorgito en el Hospital Roosevelt. Mantuve comunicación con don Jorge, al punto que el día que su hijito murió me llamó entre llantos y solo pudo decirme que Jorgito estaba muerto, que había perdido la batalla y él quería quitarse la vida. En el hospital tuvieron que aplicarle un sedante, porque le quitó el arma a un trabajador de seguridad para dispararse.

Yo también lloré el día que Jorgito murió, a veces es inevitable no hacerlo, sobre todo cuando se recibe la llamada de un padre, lleno de dolor, que acudió quizás por equivocación, a la persona que lo había entrevistado en los últimos días.

La situación de don Patricio Plata también fue impactante y dolorosa, él un agente de la Policía Nacional Civil, perdió a su esposa Gladys Ordóñez y solo tuvo que hacerse cargo de sus cinco hijitos, todos menores de edad.

Un año después hablé con don Patricio, sumido en la depresión. Uno de sus hijos fue testigo del incendio y de la muerte a pausas de su madre, porque viajaba con ella en el bus que ardió en llamas el 3 de enero; el niño también estaba muy afectado.

Entre las nueve personas muertas, también había una trabajadora del Hospital Roosevelt, un marimbista, todos guatemaltecos honestos, pasajeros de ese bus.

Como un gesto de respeto a la memoria de estas personas, quiero recordarlos en este texto. Quisiera que jamás se repitieran estos casos, pero lamento tanto que eso no pase, porque las cárceles guatemaltecas siguen sin control, a pesar de los esfuerzos.

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