Vuelve Belano/Bolaño

Las creaciones literarias de Roberto Bolaño son un universo en constante creación que pareciera latir con vida propia, pese a que su autor falleció hace más de 14 años. Aunque en el 2003 una enfermedad hepática desapareció a uno de los autores más arriesgados de la literatura reciente, cada tanto aparecen nuevas joyas póstumas que alargan su legado, como la monumental novela 2666, considerada su obra maestra.

Recientemente, a ese testamento se sumó Sepulcros de vaqueros, que recoge tres relatos en los que aparece como figura principal Arturo Belano, el poeta temerario que también protagoniza Los detectives salvajes.
Los tres relatos (Patria, Sepulcros de vaqueros y Comedia del horror de Francia), alimentan ese cosmos ficticio que creó el chileno.

“Hablar de las novelas y los cuentos de Roberto Bolaño como fragmentarios, como lo he hecho yo, mea culpa, resulta parcial, puesto que cada fragmento depende de una unidad en constante movimiento, en un verdadero proceso de creación que es al mismo tiempo consolidación de un universo”, asegura en el prólogo del libro el escritor Juan Antonio Masoliver.

La figura de Belano se edifica como la conexión más prominente con ese universo. Aunque hay detalles que se fueron calibrando con el tiempo –en Patria, que el chileno escribió entre 1993 y 1995, no se llamaba Arturo sino Rigoberto–, aquí se muestra el despertar literario y social de este personaje que luego crearía, junto con su compañero Ulises Lima, ese revolucionario movimiento poético del realismo visceral, que es el centro dramático de Los detectives salvajes.

Hay ciertos detalles de Belano que parecen reflejar la vida de su creador, ya que ambos vivieron en México y Bolaño, como le comentó a EL TIEMPO en una entrevista en el 2003, también fue un niño pedante que desde pequeño se sentía extranjero. “Todo, de alguna manera, es autobiográfico, lo que demuestra, de pasada, la inutilidad de escribir autobiografías”, añadió el escritor en esa charla.

Pero Sepulcros de vaqueros no solo cuenta los pecados y milagros de Belano, y ahí reside la magia de Bolaño, ya que la historia se bifurca en pequeños relatos en los que el escritor hace gala de su hipnótica prosa, con esas sutiles pinceladas de humor.
Aparecen entonces anécdotas alucinantes que parecieran no tener una época definida. Es como si Bolaño estuviera creando ciencia ficción en el pasado, con esa capacidad única de desgarrar la continuidad lógica de los tiempos.

Otro punto importante es la dictadura de Pinochet y esa suerte de desilusión generalizada que provocó la caída de Salvador Allende, pero el escritor no lo aborda con tintes políticos, sino que se centra en cómo ese terremoto político influenció la cotidianidad de Chile y Latinoamérica.

De estos Sepulcros de vaqueros empiezan a aparecer otros entes claves del universo Bolaño, especialmente Santa Teresa, ese paraje imaginado del norte de México que parece resumir todas las tragedias del país azteca. Allí, por ejemplo, se desarrollaba una de las cinco partes de 2666, en la que el escritor registraba los despiadados asesinatos de cientos de mujeres, supuestamente inspirados en los feminicidios de Ciudad Juárez.

Cerca de ese pueblo imaginario también está el desierto de Sonora, por donde Belano y Lima siguen los rastros de la misteriosa escritora Cesárea Tinajero.

Y así se van añadiendo más dimensiones, como la persecución de escritores míticos, ya sea Tinajero en Los detectives salvajes, Benno von Archimboldi en 2666 o Iván Cherniakovski, que aparece fugazmente en Patria. Bolaño incluso muestra algunos visos de la simpatía de algunos personajes ficticios con el nazismo, que fue el punto central de la novela La literatura nazi en América (1966).

Ahora, la pregunta es ¿qué nuevas sorpresas depara el inmenso testamento de Bolaño?

 


Arturo Belano está de vuelta

Por Diego Zúñiga

Amanece, es 11 de septiembre, un país se cae a pedazos y un muchacho, un joven poeta chileno, un tal Belano, recita en una casa de campo, subido en una silla, en voz alta, un poema —uno de los mejores— de Nicanor Parra frente a una audiencia que lo escucha atenta, en silencio.

El muchacho recita, fuerte, y sigue haciéndolo, inexplicablemente, cuando ingresan dos personas a la casa y anuncian que acaba de haber un golpe de Estado, que todos deben salir de ahí. En medio de los gritos y el alboroto, alguien empuja la silla en la que está parado Belano y cae, golpeándose la cabeza, perdiendo el conocimiento.

Cuando abre los ojos se da cuenta de que está apoyado en el regazo de una mujer.  Tiene veinte años y acaba de enamorarse. Belano.

A esa altura —probablemente 1993, 1994— todavía no se llama Arturo, sino Rigoberto, Rigoberto Belano, pero qué más da. En unos años más será Arturo Belano y protagonizará una de las novelas latinoamericanas más importantes de las últimas décadas, Los detectives salvajes (1998). En unos años más será Arturo Belano y miles de lectores sabrán que es el alter ego de Roberto Bolaño, pero ahora, en ese momento, en ese relato titulado “Patria”, Belano es Rigoberto, es decir, un borrador, un personaje que recién se está delineando y quien protagoniza este relato inédito de Bolaño que se acaba de publicar en su noveno libro póstumo, Sepulcros de vaqueros (Alfaguara), un conjunto de tres nouvelles —“Patria”, “Sepulcros de vaqueros” y “Comedia del horror de Francia”— cuyos mundos nos remiten, justamente, a Los detectives salvajes, pero también a Llamadas telefónicasEstrella distante y La literatura nazi en América, es decir, el universo que Bolaño fue construyendo durante los 90 y que desembocaría en  2666, ese año que ninguno de nosotros conocerá.

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“Me llamo Arturo y la primera vez que vi un aeropuerto fue en el año 1968. En noviembre o diciembre, tal vez en los últimos días de octubre. Yo entonces tenía quince años y no sabía si era chileno o mexicano y tampoco me importaba demasiado. Nos íbamos a México a reunirnos con mi padre”.

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Lo mejor, en estos casos, es sincerarnos desde el comienzo y decir que sí, que Sepulcros de vaqueros es uno de esos inéditos de Bolaño que, para sus lectores habituales, sí vale la pena leer, pues no sólo parece ser un manuscrito relativamente acabado —muy probable que eso sea por su condición de relatos más breves—, sino también porque nos remite a un fraseo conocido y a un mundo entrañable, ese donde nos reencontramos con Arturo Belano y una suma de historias familiares: el sur de Chile —principalmente la zona del Biobío—, los poetas jóvenes,  el golpe de Estado, un hombre que escribe poemas en el cielo, la dictadura, México por supuesto, los viajes y las relaciones, siempre distantes, entre padres e hijos, en una Latinoamérica donde las utopías no son más que escombros de los que nadie quiere hacerse cargo. Y nombres, claro, que después serán fundamentales en los libros que iba a escribir Bolaño: las hermanas Pons —que luego serán las hermanas Garmendia en Estrella distante—, Carlos Ramírez —Ramírez Hoffman en La literatura nazi en América—, la doctora Amalfitano —quizás una pariente lejana de Amalfitano, ese profesor de literatura chileno que protagoniza una de las partes de 2666— o Alcira Soust Scaffo, uno de los personajes más singulares de este libro inédito, una declamadora uruguaya que después Bolaño inmortalizaría en Amuleto, convertida en Auxilio Lacouture.

Bolaño lo dijo muy bien en una entrevista: “Estoy condenado a tener pocos lectores, pero fieles. Son lectores interesados en entrar en el juego metaliterario y en el juego de toda mi obra, porque si alguien lee un libro mío no está mal, pero para entenderlo hay que leerlos todos, porque todos se refieren a todos. Y ahí entra el problema”.

Ese ha sido, justamente, la encrucijada que llevamos resolviendo desde hace tantos años los lectores de Bolaño: aceptamos entrar a ese juego, pero con la aparición de su obra póstuma todo se ha vuelto más complejo y difuso. La gran pregunta que ha surgido en estos años, también, es hasta qué punto es necesaria la publicación de tanto material inédito, de tantos textos que, casi siempre, no pasan de ser borradores. Es, sí, lo reconocemos, un material valioso, que todo lector de Bolaño, creo, al final agradece el tener acceso a él, pero en realidad sería más pertinente que fuera material de consulta para investigadores, que fuera un material al cual se pudiera tener acceso en una biblioteca pública, quizá, para aquellos lectores del futuro que lograrán desentrañar esa red infinita que es la obra de Bolaño. Pero así, como libros póstumos que se plantean casi acabados, que cualquier lector puede disfrutar, pues la verdad es que no, que no resulta, que al contrario, descubrimos rápido, al leerlos, por qué Bolaño no los publicó en vida: son los borradores de una obra infinita, pero de la cual el chileno nunca dejó de tener un control absoluto.

De todas formas, durante muchos instantes de Sepulcros de vaqueros vivimos, como lectores, aquella experiencia hermosa de sentir que estamos revisando un viejo álbum de fotografías, donde nos encontramos con algunos personajes que nos marcaron, pero que quizá teníamos algo olvidados. Fotografías borrosas de momentos en que fuimos indudablemente felices. Imágenes en las que vemos ahí, entremedio de un grupo de desconocidos, a un tal Belano, que nos sonríe y que pareciera decirnos algo que nunca terminaremos de comprender.

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“Acabaré diciendo que Patricia amaba la noche. La amaba por el regalo y el consuelo de las estrellas, nos lo confesó a su padre y a mí un día ya lejano (puro y lejano) en la inmensa galería de La Resfalosa, paladeando un té frío tras una jornada agotadora. En la noche inmensa, en la misma noche en que nos perderemos todos irremediablemente, titilan las estrellas. Aquélla es nuestra Cruz del Sur. A su lado el firmamento extiende un manto de astros y de luces. Allí vive Patricia. Allí nos espera”.

Nodal Cultura 

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