Biafra: el horror mediatizado

 Por José Steinsleger
En 1968, junto con la heroica ofensiva del Thet en Vietnam del Sur, la revolución made in Paris, los tanques soviéticos en Praga, la matanza de Tlatelolco y el asesinato de Robert Kennedy y Martin Luther King, la humanidad pudo asistir, estremecida, al holocausto de Biafra, primer genocidio televisado del mundo poscolonial.

¿Genocidio dónde? Silencio. Ubicada en el suroeste de Nigeria, Biafra ya no figura en la cartografía universal, y siendo prueba de la desidia política occidental frente a la tragedia infinita del continente donde Adán y Eva nacieron, y que durante 300 años movilizó el capitalismo occidental con mano de obra esclava.

¡El continente negro! Que al decir de la escritora sudafricana Nadine Gordimer, anida “…en el interior de cada ser humano, blanco y negro”, pues “no está en el mapa…”.

Cuando en el siglo XVII los europeos desembarcaron en la actual Nigeria, el imperio Kanem Bornu llevaba 500 años gobernando en la región central del África subsahariana. Del tronco bantú, el imperio abarcaba un área de intercambio comercial lindante con Medio Oriente, y ocupando los actuales países de Libia, Chad, noroeste de Níger, norte de Nigeria y norte de Camerún. En 1230, el imperio Kanem Bornu tenía cerca de 10 millones de habitantes.

Luego, el norte nigeriano fue absorbido por la expansión árabe, con emires y sultanes que nutrían de esclavos a los puertos costeros ocupados por negreros y misioneros de España, Inglaterra, Francia, Holanda y Portugal. En 1886, la Compañía Real de Níger estableció un gobierno inglés en Lagos (ex capital de Nigeria), instituyendo el protectorado primero (1901), y la colonia después (1914).

Arbitrariamente, el colonialismo inglés dividió a Nigeria en tres grandes regiones artificiales: islámicos en el norte (fulani, 65 por ciento), animistas en el suroeste (yoruba, 75 por ciento), cristianos en el sureste (ibwos, 65 por ciento). Por consiguiente, a la hora del panafricanismo y la independencia que Londres concedió en 1960 (adoptándose un sistema federal igualmente artificial), Nigeria fue configurada como una suerte de Frankenstein tribal, religioso y lingüístico (más de 550 idiomas), que rápidamente desgarraron el anhelo de unidad nacional.

Desde el inicio de la explotación petrolera (1956), Nigeria escaló posiciones entre los productores de crudo, hasta ocupar el segundo puesto en el abastecimiento externo de Estados Unidos. Pero también, único productor de carbón en la costa de África occidental, segundo en la producción mundial de cacao, sexto en la producción de caucho natural y gran exportador de algodón y aceites vegetales.

En ese contexto de tensiones entrecruzadas y veleidades de potencia subregional, un grupo de militares decidió enfrentarse con la vieja aristocracia musulmana del norte, causando la muerte del presidente Aguiyi-Ironsi (1924-66). Así, en agosto de 1966, el coronel Yakubu Gowon se alzó con el poder, desarrollando una política nacionalista que contó con el apoyo político y militar de Moscú.

Sin embargo, el 30 de mayo de 1967, el gobierno de Gowon debió hacer frente a la secesión de Biafra, la principal provincia petrolera del país, impulsada por su líder, el coronel cristiano Odumewu Okukwu (1933-2011), quien contó con el apoyo oportunista de Francia y el presidente Charles De Gaulle.

Pescando en río revuelto, los medios del mundo libre salieron en defensa de la efímera república de Biafra (1967-70), entidad que se independizó oyendo los acordes de Finlandia, el poema sinfónico de Jean Sibelius, adoptado como himno nacional.

Gowon formó un gabinete de guerra. No obstante, tras el fracaso de las negociaciones que tuvieron lugar en Londres y Kampala (Uganda), la situación de Biafra empeoró por la falta de pertrechos y de alimentos para su ejército y población, integrada mayoritariamente por miembros del pueblo ibwo.

Biafra recibió el apoyo de Francia, Portugal y la ex Rhodesia (hoy Zimbabue). Sudáfrica envió mercenarios, y Tel Aviv armas incautadas a los árabes en la Guerra de los Seis Días (junio 1967). A su vez, Nigeria fue respaldada por Estados Unidos, Inglaterra, Egipto, la ex Unión Soviética, Arabia Saudita y la mayor parte de los países africanos.

Por tierra y mar, el régimen de Gowon bloqueó sin piedad a los separatistas, usando los alimentos como principal arma de combate. La guerra duró 30 meses, y terminó con el triunfo del gobierno federal. La matanza de los separatistas a manos del ejército nigeriano fue impresionante, sacudiendo a la humanidad entera. En menos de tres años, las hambrunas y enfrentamientos militares causaron la muerte de millón y medio de personas.

Según el historiador Souto Alves, la guerra de Biafra inauguró, hace 50 años, “…la irrupción de un nuevo género periodístico, precursor miserable de los realities de nuestros días: la hambruna fotografiada, filmada, televisada”. Y en su intento por erradicar la historia, el gobierno nigeriano borró el nombre de Biafra de los archivos.

La Jornada