En el país del no me acuerdo

Por Jorge Majfud

Mientras escuchábamos aquellas canciones de María Elena Walsh que marcaron nuestras infancias, recordé con intensidad a mi maestra de jardinera con su tocadiscos viejo, haciéndonos escuchar “El mundo del revés” y “El país del no me acuerdo”. Eran los años de la dictadura. Seguramente aquella joven mujer escuchaba en ese momento otra canción que no escuchábamos aquellos niños de cinco o seis años. Tal vez, entonces, aquella maestra escuchaba esa otra canción que ahora no puedo dejar de escuchar, a la vez dulce y a la vez amarga, cuando se ha perdido la inocencia:

En el país de Nomeacuerdo

doy tres pasitos y me pierdo.

Es esa misma tierna, inocente, terrible, acusadora canción infantil que Marcelo Piñeyro y Luis Puenzo usaron en la película La historia oficial (1984), ya por entonces con el contraste dramático de los niños desaparecidos.

Quizás lo más dramático de estas canciones es que nunca pierden vigencia. Los últimos acontecimientos de mi país, Uruguay, con un pasado que resurge con sus violentos rencores y sus conflictos morales que, como siempre, como en años de la dictadura, se quieren atribuir a razones políticas. Conflictos que resurgen no por culpa de la memoria y de la justicia sino por culpa del olvido, de la justicia a medias o de la justicia a nada; con la cobardía de los viejos dictadores y violadores de no dar la cara y decir: “Yo fui, yo lo hice”, valiéndose de sus parientes menores para su defensa, mientras un país entero continúa:

Un pasito para aquí,

no recuerdo si lo di.

Un pasito para allá,

¡Hay que miedo que me da!

Recuerdo que los ministros de seguridad de los democráticos años ’90 —algunos de ellos antiguos izquierdistas acomodados en el poder— siempre decían por la televisión, con la mandíbula alta, estilo Pinochet, que “revolver el pasado era peligroso”. ¿Peligroso para quién? No lo era, claro, cuando en plena dictadura la propaganda insistía con el pasado. Tal vez porque no era un pasado real sino un pasado diseñado y construido a medida del consumidor, en defensa de la Paz y del Orden. Tengo en mi mente aquellas estrofas de la propaganda militar, impulsando el voto por el Sí, derrotado en 1980 por un No sin publicidad.

Sí por mi país

Sí por Uruguay

Sí por el Progreso

Y Sí por la Paz

Los viejos partidarios de la pasada dictadura militar y sus descendientes ideológicos permanecen aferrados en la cobardía del olvido que pretendieron imponer desde hace treinta años. Olvido construido especialmente con decretos y comunicados de prensa, que siempre interrumpían nuestros programas favoritos de niños con aquella invariable música de fanfarria que una generación (con memoria) llevamos marcada a fuego en nuestras conciencias. O aquellos discursos de otro presidente constitucional que, para salvar la constitución, la libertad, la tradición y la “esencia nacional”, violó efectivamente la constitución, la libertad, los derechos humanos y una parte importante de nuestra mejor tradición, respondiendo a quienes denunciaban torturas por parte de la Institución:

“La tradición honrosa de las Fuerzas Armadas uruguayas excluye procedimientos como los que usted menciona, por lo tanto, si alguno se ha registrado, corresponde a las acciones individuales que han sido debidamente investigadas y sancionadas. Simplemente nos hemos negado a dar la información al respecto a quienes, so pretexto de defender los derechos humanos, han hecho de la denuncia de torturas un medio de escándalo y de apoyo a la insurgencia silenciosa” (María Bordaberry, El País, 7 de julio de 1973).

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

En un extenso libro de veinticuatro páginas, en 1997 el ex-presidente uruguayo Juan María Bordaberry expuso todo su pensamiento vivo sobre la democracia. Para Bordaberry, este sistema que lo llevó al poder en 1972 es el culpable de todos los vicios inmorales de nuestras sociedades. Por lo pronto, lo único concreto que podemos contar es que el mayor defecto del sistema que este señor critica está en que es capaz de otorgar el poder para su propia destrucción, como ocurrió en 1973. Según este político y extenso pensador, debemos “reconocer la soberanía divina como origen del poder”. La misma soberanía que invocaba Franco y la más antigua Inquisición para quemar a quienes ya habían sido condenados por algún dios oscuro.

Algunos militares de aquella época y sus cómplices —cómplices a su vez de una conflagración internacional que ayudó al hundimiento del país por méritos propios— aparte de haber hecho el ridículo histórico con aquellos comunicados de prensa que hoy se citan a las risas en las universidades y en los cafés del mundo entero, destruyeron la base moral de una nación mientras alardeaban de lo contrario.

“Los hombres de bien no hablan de dictaduras, no piensan en dictaduras ni reclaman derechos humanos”. (Aparicio Méndez, Conferencia de Prensa del 21 de mayo de 1977, Paysandú.)

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

Porque ya, ya me olvidé

donde puse el otro pie.

Se exilió a los mejores o, al menos, a los espíritus más críticos. Se quiso construir la farsa intelectual con el mito de que la Universidad o la Iglesia no debían intervenir en política. Increíblemente, hoy en día no se ha superado esta mentalidad ingenua. Al prohibir el pensamiento, al prohibir la reflexión política en determinados ámbitos sociales, se legitimaza la práctica política: todo statu quo, toda negación de la dimensión política de una sociedad es una práctica política de tipo radical. Todo lo cual no significa que la política deba ser el centro de la Universidad y de la Iglesia: una se identifica, tradicionalmente, con espacios más amplios del pensamiento (científico, filosófico, artístico, sexual, religioso, etc.); la otra con un espacio más restringido aunque con mayores pretensiones de trascendencia (el espacio metafísico).

También el olvido es una práctica política. No sólo es una práctica radical sino además una práctica violenta: una persona se puede recuperar fácilmente de un golpe en la cara; mucho más difícil de recuperar es una persona, una sociedad, destruida por la violencia moral. ¿Puede sorprendernos, entonces, que nuestras sociedades latinoamericanas hayan vivido tanto tiempo y cada vez más sumergidas en la violencia del crimen y la delincuencia? ¿Alguien puede imaginar una sociedad armónica, sin asaltantes y violentos ladrones, cuando toda ella está construida sobre la mentira, la injusticia histórica y económica, la violencia moral y con frecuencia física que venimos arrastrando desde hace quinientos años? Sobre esa base histórica el único orden posible de instaurar es el Orden de los Museos y de los Cementerios.

Hace un tiempo, un encuentro de escritores en Monterrey nos reunió con el legendario Noe Jitrik. Rescaté unos antiguos escritos suyos donde, en 1980, todavía en el exilio, reflexionaba: “al menos para la derecha, toda inflexión hacia la política de lo que tradicionalmente parece propio de la cultura, todo aquello que perturbe desde la cultura lo que es admitido como peculiar de la práctica política, altera de tal modo la tranquilidad que todo golpe militar, entendido como acentuación de las leyes del statu quo, emprende acciones para neutralizarlo, con esas acciones pretende exhibir su razón de ser, justificarse.” (Las armas y las razones, 1984).

Creo que la posmodernidad agravó el autismo político, al restringir esta noción a la práctica ideológica, a la lucha entre partidos que aspiraban al gobierno o a la oposición pública. De esta forma, la política (en su sentido aristotélico o no restringido) quedó en manos de los políticos, la mayoría de ellos simples remedos de hombres mediocres con posibilidades excesivas de poderes excesivos. Para que esta trágica parodia humana se confirmara, fue necesario proscribir la política —formal— del resto de los actores sociales, condenándola en la educación, en las iglesias y hasta en los intelectuales peyorativamente calificados de “comprometidos”. Etiqueta que servía como profiláctico ante cualquier cuestionamiento de la realidad creada como un “orden natural”.

En base a estas observaciones, sugiero que se termine con esa parodia de laicismo y apolítica en la educación: todo debe ser materia de discusión y cuestionamiento. Pero por esa misma razón no puede haber una “historia oficial”, una “posición oficial” de la Universidad o de la enseñanza pública, ni debería sobrevivir ese mito que procuraron destruir los teólogos de la liberación: la idea de que una Iglesia puede ser “políticamente neutral”. Así como el significado de la muerte de Jesús tiene, para el cristianismo, esencialmente un significado religioso, así también fue una muerte con claros significados políticos. ¿Por qué la política habría de ser un tabú para el Hijo de Dios que era, al mismo tiempo, un hombre de carne y hueso? Si Dios baja a la Tierra para empaparse de todo lo humano, cómo podría excluir ese factor de amor, locura y sufrimiento que se formula en la reflexión y en la práctica política? También los Evangelios están llenos de política, de política subversiva, resistente al Imperio romano y al poder religioso del momento. Los romanos no tenían razones religiosas para sentenciar a muerte a Jesús. También los Fariseos tenían razones políticas para mantener los privilegios sociales que derivaban de su conformidad con el Imperio, como en América Latina las tuvieron las burguesías criollas para sacrificar sus democracias y sus hermanos disconformes. En su significado político, simbólico y humano, Tupac Amaru tiene más de aquel Jesús rodeado de oprimidos que aquellos sacerdotes fariseos que bendecían las armas, los tanques y las dictaduras en el Río de la Plata. Pero vaya uno a decirlo fuerte y al otro día lo crucifican los mismos pregoneros del amor cristiano.

Me opongo a la politización de la existencia humana como forma de simplificar ese universo infinito que es cada individuo. Pero de igual forma me opongo a la despolitización de los actos humanos, de la producción cultural, por dos razones: 1) porque es un acto político en sí mismo, pero un acto político que procede de la ideología del poder dominante; y 2) porque es una forma de amputación de esa misma realidad de individuo que no es posible entender ni definir sin la presencia de la historia, de las culturas, de su propia sociedad, de sus necesidades económicas: si la sociedad se compone de individuos, cada individuo está compuesto de su propia sociedad y de las sociedades que ya han desaparecido del mapa pero sobreviven en la cultura, en el inconsciente y en el pensamiento colectivo. Es más: hablar de “pensamiento colectivo” no es una curiosidad de mi parte sino una redundancia: no hay pensamiento estrictamente individual como no existe un compuesto químico de un solo elemento.

Es inútil: la voz de los oprimidos se puede silenciar de muchas formas, de formas violentas y de formas dulces. Pero el silencio y el olvido tiene grietas —grietas profundas que sangran en la memoria.

Mañana se lo llevan preso a un coronel

por pinchar a la mermelada

con un alfiler.

Yo no sé por qué

 

Majfud (2006)

 

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