La masacre del Perejil: 80 años después

En octubre de 1937, Rafael Trujillo ordenó la masacre de unos 15.000 haitianos que vivían en la República Dominicana, por el simple motivo de ser haitianos. Por aquellos tiempos, los límites entre Haití y República Dominicana eran más que difusos, la gente cruzaba la frontera diariamente, incluso más de una vez al día: para asistir a la escuela, a trabajar, reunirse con amigos y familiares, o ir al mercado donde las transacciones comerciales ocurrían mitad en español, mitad en kweyol.

Los historiadores apuntan que por aquella época la diferencia entre los rasgos físicos y culturales entre ambas naciones era apenas imperceptible. Ante esta dificultad, las tropas de Trujillo llevaban una rama de perejil, obligando así a todos los pobladores a pronunciar su nombre, seguros de que los haitianos no podían articular correctamente la palabra, a causa de la influencia del creol.

“El ataque”, cuenta Simone Rodriguez ―de la Universidad Federal de Brasilia―, “vino como una sorpresa completa para estos haitianos, así como para muchos dominicanos, y golpeó a mujeres, hombres y niños indiscriminadamente. Trujillo ordenó a sus soldados usar machetes en vez de armas, una brutalidad expresada por el nombre que se dio en español, El Corte. Aquellos que sobrevivieron vivieron con lesiones permanentes, cicatrices y deficiencias, así como el trauma psicológico de haber sobrevivido a un genocidio”.

La masacre era parte del programa de Trujillo de “dominicanización” de la frontera, donde se concentraban muchos haitianos y dominicanos descendientes de haitianos, permitiendo un mayor mestizaje racial, cultural y religioso. “Cabe recordar que la masacre ocurre en un momento en que Europa vivía la ideología de la purificación racial por medio del fascismo en España y el ascenso de Hitler en Alemania”, comenta Rodriguez, quien asegura además que para comprender mejor este acontecimiento, a sus 80 años, “habría que colocarlo en un cuadro más grande, el de los discursos ideológicos nacionalistas en la República Dominicana. El racismo presente en estos discursos era travestido de narrativa nacionalista y el mestizaje se identificaba con degeneración física y moral. Esta construcción era predominante en toda América Latina en ese período, alimentada por su equivalente europeo de limpieza étnica.

Peña Batlle escribe en 1945 que bajo el régimen de Trujillo la República Dominicana tuvo victorias inimaginadas, principalmente con respecto al carácter hispano de la nacionalidad dominicana. Elogia el enfrentamiento efectivo que Trujillo hizo al estado de Haití y lo elige como protector de la nacionalidad dominicana contra las supuestas pretensiones expansionistas del vecino. En sus escritos logra aún justificar las más abominables atrocidades de la política dictatorial de Trujillo, incluso la masacre de Perejil. Para él, ésta fue una de las ‘victorias inimaginables’, que denomina con el eufemismo de ‘El Corte’.

“El grupo de intelectuales que trabajaron al servicio de la dictadura negrofóbica y anti-haitianista de Trujillo reunió a muchos respetados escritores y académicos como Jacinto Peynado, Arturo Logroño, Ramón Emilio Jiménez, Virgilio Díaz Ordoñez, Emilio Rodríguez Demorizi, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, Max Henríquez Ureña, Ramón Marrero Aristy, y Tomás Hernández Franco. Ninguno de ellos puede ser considerado tan importante para la consolidación de la ideología racista de Trujillo como Peña Batlle y Joaquín Balaguer. A partir de sus esfuerzos, la cuestión racial y el discurso nacionalista anti-haitiano pasa a manifestarse en diversos planos, como en las políticas gubernamentales, en la diplomacia y, principalmente, en el intensivo esfuerzo de varios intelectuales para reforzar y fundamentar una revisión de la historia y de la memoria del país sobre la base de interpretaciones racistas y xenófobas”.

De acuerdo con la investigadora María Cristina Fumagalli, de la Universidad de Essex la literatura se ha hecho eco de estos acontecimientos, sobre todo los escritores haitianos, quienes “han respondido a la situación con más prontitud, enfocándose en la perspectiva de aquellos más afectados por el hecho. Entre muchos otros vale la pena recordar la novela Compère général soleil, de Stéphen Alexis, publicada en 1955; así como Le peuple des terres mêlée, de René Philoctète, un tour de forcé verbal que pone de manifiesto la interculturalidad y el bilingüismo en la frontera. Sin embargo, el texto que más contribuyó a aumentar la conciencia en torno a la masacre en el mundo anglófono fue The Farming of Bones, de Edwidge Danticat.

“Mientras que dentro de los textos dominicanos cabe mencionar la novela testimonio El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, pues no se trata de una reconstrucción ficticia a posteriori de los trágicos acontecimientos de 1937, sino un relato personal de la masacre donde un testigo narra los hechos mientras se desarrollan delante de sus ojos. En tanto un ejemplo reciente de una novela que aborda el tema y sus secuelas es El hombre del acordeón (2003), de Marcio Veloz Maggiolo, quien también pone de relieve el transnacionialismo y la interculturalidad de la frontera haitiano-dominicana”.

Sobre el tratamiento que desde la literatura y las investigaciones sociológicas e históricas ha provocado la masacre, Simone Rodriguez, por su parte, apunta: “Aunque la retórica trujillista sigue siendo fuerte hoy, surgió en la década de 1980 un grupo de historiadores, sociólogos y figuras literarias dominicanas y haitianas que ha producido trabajos que cuestionan las nociones racistas y nacionalistas que fueron consolidadas por el régimen de Trujillo. El fin de la fuerte censura hizo surgir una contra-narrativa anti-trujillista para discutir cuestiones de raza, diferencia racial y relaciones dominicano-haitianas desde una perspectiva diferente. Este es el caso de Carlos Andújar Persinal, Celsa Albert Batista, Hugo Tolentino Dipp, Rubén Silié, Silvio Torres-Saillant, Ginetta Candelario, entre muchos otros. Ellos desafían las narrativas comúnmente aceptadas de la historia de la República Dominicana y del sentimiento anti-haitiano”.

A 80 años de la masacre del Perejil, ¿cómo se manifiesta el anti- haitianismo en la República Dominicana?

María Cristina Fumagalli: El anti-haitianismo en la República Dominicana está dirigido a los recientes inmigrantes haitianos, pero también a los dominicanos de ascendencia haitiana que nacieron en el país o han estado viviendo allí la mayor parte de sus vidas. En septiembre de 2013 el Tribunal Constitucional Dominicano ordenó que todos los registros de nacimientos de 1929 debían ser auditados para personas que habían sido “erróneamente” registradas como ciudadanos dominicanos. Como resultado de esta condena y de los muchos déficits de los complejos procesos administrativos y legales que desencadenó para aquellos que querían que se confirmara su nacionalidad dominicana o se regularizara su condición migratoria, un gran número de personas han quedado oficialmente apátridas, con temor de ser deportado a Haití, un país que muchos de ellos nunca han visto.

Un legado duradero de la masacre de 1937 de haitianos y haitianos-dominicanos en la frontera dominicana es el hecho de que ha contribuido a enmarcar la dinámica fronteriza entre Haití y la República Dominicana como conflictiva y violenta.

Simone Rodriguez: Hay diferentes comunidades imaginarias dentro del mismo espacio-tiempo nacional dominicano: primero el imaginario colonizado, que representa la continuidad del cuadro colonial de poder y, segundo, un imaginario subversivo, de aquellos que se identifican con el origen negro y están dispuestos a luchar contra el racismo. A pesar de que esta anomalía histórica ha generado en el imaginario nacional la idea de que la República Dominicana es la “más hispana nación de las Américas” o la “más antigua población cristiana”, se percibe que hay un creciente movimiento de contestación, principalmente a partir de la diáspora dominicana en los Estados Unidos. La formación de una conciencia nacional no fue un proceso espontáneo, que nació en el corazón de una comunidad, que comparte armoniosamente su territorio, lenguaje y cultura, en un tiempo y espacio fijo, como diría Benedict Anderson en su obra sobre comunidades imaginadas. No es un proceso exento de contestaciones y revisiones. Las fechas y los momentos históricos que se firmaron en la memoria colectiva contribuyen a mapear la formación del “dominicano”, pero deja fuera debates mucho más complejos, que se desarrollan hasta hoy. La historia y la memoria son construcciones sociales y, por lo tanto, sujetas a relaciones de poder.

La Ventana, Casa de las Américas