Lucila Hernández: el rostro de las jornaleras

Lucila Hernández: el rostro de las jornaleras

Lucila es una jornalera que ha encabezado la lucha por los derechos en los surcos: empleo y salario digno, vivienda, educación, cese a la violencia sexual. Su trabajo es el reclamo de las compañeras por la doble violencia en su contra: contra ellas como jornaleras, contra ellas como mujeres.


Por Kaur Sirenio

Entre cientos de testimonios que mujeres tejieron en silencio durante años en los surcos donde trabajaban como jornaleras, testimonios que tratan sobre violación sexual, acosos, maltratos, salarios inequitativos y explotación, se escucha la voz de una compañera que de manera fuerte, dice:

“Las enfermedades graves que matan poco a poco a las mujeres, es la injusticia, el abandono del gobierno que nos quiere ver de rodillas”.

Ella es Lucila Hernández y habla ante sus compañeras, pero también ante el silencio de los hombres que en el campo han sido cómplices de los daños. Lucila, valiente, apunta su denuncia a los empresarios agrícolas y mayordomos por los hostigamientos en contra de las mujeres.

Es el 24 de abril de 2015 y estamos en un mítin de la Tercera Marcha de los Jornaleros en el Valle de San Quintín, una protesta que realizan hombres y mujeres del campo para demandar al gobierno federal, estatal y municipal que atienda sus demandas de salarios y trabajo digno. Pero el escenario sirve también para un reclamo de las compañeras por la doble violencia en su contra: contra ellas como jornaleras, contra ellas como mujeres.

Lucila sabe de lo que habla. Desde hace casi 30 años ha trabajado en los surcos, primero en Sonora, después en San Quintín, en el rancho de Los Pinos, en el corte de pepino, tomate y bolita de brúcela. Atrás quedó una parte de su historia en la comunidad mixteca Santa Cruz Itundujia, en Oaxaca.

La jornalera cursaría la secundaria en ese año, 1990, pero decidió emigrar a los acampos agrícolas para sopesar la pobreza en el sureste mexicano, donde la marginación expulsa a familias completa a los campos agrícolas para sobrevivir,

“Me vine con unos paisanos a Sonora, porque mis hermanos trabajaban en Hermosillo, los paisanos que venían al corte de la uva. Trabajamos una temporada, después nos fuimos a Caborca, Sonora, a lo mismo en el corte de uvas. Cuando terminó la temporada de las uvas en Caborca los 17 paisanos nos separamos, unos se regresaron a Itundunjia, Oaxaca, los demás nos venimos a San Quintín, porque mi hermano mayor trabajaba aquí, él tenía años viviendo en el Valle. Mi ilusión era estudiar la secundaria, pero no fue así, porque luego me fui al surco a piscar tomate. Los niños cargaban botes más chicos, después nos dieron uno más grande y lo pagaban a 50 centavos el bote”, relató Lucila quien es dirigente de la organización “Alianza de Mujeres de todos los Colores”

Su origen


Lucila es una mujer que lucha y es una mujer que también ama la vida. En su casa degustamos un vino artesanal de la vinícola de Santo Tomás y mientras alzábamos la copa para el brindis la líder indígena abrió su baúl de los recuerdos en Caborca, Sonora:

“En Hermosillo fui mayordoma de la cuadrilla de los niños. Coordiné a un grupo de niños que llamaban mochomitos en Hermosillo. La tarea de los mochomos, matar los mochomos (arrieras u hormigas). Nos daban un bote en forma de coladera con mango, la cuál llenábamos a la mitad con polvo insecticidas, matábamos a las hormigas porque rasuraban a las plantas de las uvas”. La cuadrilla de Lucila lo integraban ocho niños y cuatro adultos, todos trikis de Oaxaca, con quienes tenía dificultades porque ella hablaba mixteco. En estos campos es común la llegada de jornaleros de distintos estados como Oaxaca, Veracruz, Chiapas y Guerrero y distintas etnias.

Con su relato viajamos a los años en esa década de 1990 cuando llegó al campamento Las Pulgas del rancho Los Pinos. Apenas puso pie, al día siguiente se fue al corte de tomate en la cuadrilla de los niños que tenían su edad. Ahí hizo amistad de la infancia con Plácido y Clemencia un poco mayor que ella, pues tenían 15 y 16 años. Lucila tenía 12 años.

Lucila conoció a Juventino Martínez en un tianguis, vendiendo ropa. Se hicieron novios, se juntaron a vivir. No se casaron. Antes le hacía ilusión el matrimonio, pero con lo que ha estudiado de leyes, Lucila ha concluido que mientras haya respeto y compromiso entre la pareja, no se necesita más papel. Tuvieron dos hijos, en el 2000 se mudaron a la Ciudad de México y en el 2004 volvieron a los surcos a San Quintín.

En Las Pulgas, el campamento donde vivían, era insalubre. La cocina era rústica, todos cocinaban con leñas, cuando mucho había tres o cuatro parejas que lo hacía gas. No se diga de los baños, sólo había una galera con diez baños para mujeres y otro igual para los hombres. Ahí, los jornaleros esperaban horas su turno, cuando no se aguantaban, se iban al monte. Además, las mujeres se peleaban los lavaderos, los inquilinos reñían cuando no podían lavar, Lucila se la ingeniaba para evitar peleas, le pedía a su hermana que ella apartara un lavadero para que ella lavara cuando volvía de los surcos. Entre los pasillos de las galeras de cartón de petróleo todos los días se tendía la ropa que golpeaba la cara al pasar ahí, “no había privacidad” dice la jornalera.

La violencia por alcohol en Las Pulgas concientizó a Lucila: “Recuerdo que había un bar de nombre ‘El Oasis’, los hombres cruzaban unos 500 metros para ir a comprar cervezas, cuando emborrachaban empezaba la pelea en el campamento, no había orden, todos los días había pelea entre vecinos. El vecino que golpeaba a su mujer por supuesta infidelidad. Vi muchas cosas, muertes, peleas, y violencia intrafamiliar, eso me llevó a organizar a las mujeres”.

Las mujeres se organizan


Fueron las condiciones de vida para las familias de los jornaleros lo que activó la lucha política de Lucila. La primera, fue la necesidad de una escuela. Pero para contar esta historia de la escuela hay que regresar un poco al momento en que las familias jornaleras dejaron el campamento de La Pulga para irse a vivir a unas casitas de material.

En 2003, los dueños del rancho Los Pinos y el gobierno federal diseñan programa de vivienda para reubicar a los jornaleros que vivían en el campamento Las Pulgas, con la promesa de que los obreros agrícolas tendrían una vivienda digna donde vivir. Cada familia aportó ocho mil y el gobierno federal 32 mil con el cual se construiría las casitas. No es que lo hicieran de buena onda, es que necesitaban la certificación de exportación, que reclamaba justo mejorar la vivienda de los jornaleros.

Lucila le insistió a su pareja Juventino de mudarse a las casitas. “Ya no me sentía bien en el campamento, a mi marido no le gustaba el lugar, pero me aferré hasta que lo compramos, al mes nos entregaron las llaves, ese mismo día me vine a dormir, porque ya no quería oír el ruido de las ratas. Había mucha diferencia con el campamento”.

Pero las casitas no resultaron ser como se las habían prometido. No tenían luz, no tenían agua potable (era salada) y tampoco escuelas. Pero algo en las casitas les daba felicidad: tenían privacidad, nadie les tocaba las puertas para que fueran a trabajar como pasaba en el campamento, todos los días. “En mi casa dormí sin preocuparme de que vinieran los camperos temprano a tocar las puertas como lo hacían en el campamento. Ellos, oyen un ruidito, miran una puerta sin candado y luego tocan hasta que salgas o empujan la puerta y te regaña y te reportan” esboza Lucila.

Y sí, tampoto tenían escuelas. “Compramos las casitas porque nos los ofrecieron con servicios, pero no fue así. No había escuela, nuestros hijos se quedaron sin estudiar, así que improvisamos aulas con techo de lonas para que los maestros dieran clases, mientras se construían las escuelas”.

En esos días, Lucila sufría una depresión por la muerte de su hermano y no quería salir de la casa, pero los vecinos la convencieron de integrarse a comisión por las escuelas. La insistencia la convenció y salió con otras jornaleras madres de familia al centro de gobierno en San Quintín. Ahí se topó con un funcionario, era Luis Rodríguez Hernández hermano sus patrones, los dueños de Los Pinos.

En ese encuentro Luis Rodríguez Hernández les dijo: “Mujeres váyanse a sus casas a atender a sus hijos, a sus maridos que tienen hambre, el empaque está solo, ¿por qué se vinieron todas al chisme?, el trabajo está allá solo, no vengan a pegar grito donde nadie les va a hacer caso”.

Esa expresión machista despertó el coraje de la na savi: “Me dio mucho coraje que ese hombre regañara a las mujeres, no supe cómo le hice, cuando reaccioné ya estaba frente a él, le dije que sobre mi cadáver iba a permitir que regañara así a las mujeres. ‘Voy a buscar a alguien que te parta le partiera la madre’ le dijo Lucila su ex patrón aun sabiendo que su hermano Antonio Rodríguez Hernández era diputado local por el Partido Acción Nacional (PAN)”.

Lucila buscó entonces a Justino Herrera, líder de los jornaleros nacido en la montaña de Guerrero, y le pidió una cita. Al día siguiente las mujeres visitaron a Justino en su casa para pedirle que les ayudara, el aceptó y de inmediato organizó reuniones en Santa María Los Pinos para diseñar estrategias de lucha.

Así inició la lucha política de Lucila quien llegó a convertirse en vocera del movimiento de los jornaleros en marzo de 2015.

La lucha por la liberación

La lucha por la educación avanzó, y desde ese día la mujer de 155 centímetros de estatura se convirtió en líder nata de las jornaleras a pesar de las múltiples amenazas que ha recibido por parte de rancho Los Pinos. La pugna con esta empresa no paró ahí, pues tiempo después prácticamente los secuestró. Los dueños de Los Pinos mandaron poner una maya ciclónica alrededor de la colonia donde vivían los jornaleros, Lucila cree que fue para impedir su organización y el trabajo en otro rancho.

“Los Pinos dejó una entrada para camiones de su empresa, y pusieron una caseta con un vigilante, para cuidar que nadie saliera ni entrara, y no dejaban que recibiéramos visitas, cambiaron el camino, lo pusieron en mera la entrada de la colonia. No podíamos entrar a nuestra casa después de las diez de la noche. Nos organizamos para traer el visitador de derechos humanos, Heriberto García García, pero cuando él venía, la empresa quitaba su casetita de vigilancia. El visitador nos decía chismosos, ‘vengo de allá y no hay nada, ustedes mienten’, el no veía la caseta”.

Cierto día del 2005 del Lucila y las mujeres se organizaron para cuidar a la caseta mientras que una comisión acudió a Ensenada por el visitador de derechos humanos para documentar el hostigamiento de los hermanos Rodríguez en contra de los colonos. “Los vigilantes agarraban a los jornaleros y los llevaban al Ministerio Público, nosotros los sacábamos de la cárcel casi diario”.

De ese movimiento por la liberación de Santa María Los Pinos en 2005, un juez de primera instancia ordenó una orden de aprehensión en contra de Lucila, “mi delito es haber puesto una escuelita de madera y luchar por la liberación de la colonia”.

La defensa de las mujeres

En su lucha por los derechos de las jornaleras Lucila se ha enfrentado a organizaciones gremiales donde sólo hay hombres, como la Alianza Nacional Estatal y Municipal por la Justicia Social. Lucila también se ha enfrentado a la violencia que la empresa y el gobierno ejercen contra la lucha de los jornaleros: represión, detenciones arbitrarias, como las ocurridas el 18 de marzo del 2015, un día después del bloqueo de la carretera transpeninsular, cuando Lucila intentó levantar el bloqueo para no exponerlos a una represión mayor, sus mismos compañeros la llamaron traidora. Lucila ha enfrentado amenazas y agresiones como aquella del mismo 18 de mayo 2015, cuando personas desconocidas atacaron con piedras su casa. La líder indígena denunció en la Agencia del Ministerio Público, la agresión que sufrió su vivienda, en la averiguación previa 809/15/306 AP, en su declaración dio a conocer que aproximadamente a las cuatro de la madrugada, rompieron las ventanas de la habitación de su casa donde se encontraba ella con su esposo y sus tres hijos.

Pero su lucha no se ha detenido. En mayo del 2016 organizó a las mujeres en la Asociación Civil de Mujeres Jornaleras de Todos los Colores A. C, para impulsar distintas actividades encaminado en la defensa de los derechos humanos de las y los jornaleras agrícolas en el Valle de San Quintín.

“Para que las mujeres tuvieran voz en la mesa de trabajo con el gobierno logramos con cárcel, mi detención el 18 de marzo sirvió para visibilizar a las mujeres”.

Lucila aparte de aprender leyes también se adentró en los primeros auxilios, trabajadora social y psicóloga. “Nuestra gente tiene miedo de pedir las cosas, así que les hago una ficha de cuadro de salud para que vayan con la doctora; había necesidad de enseñar a la gente a usar método anticonceptivo, no lo pedían por pena; aprendí a inyectar, para ayudar a las mujeres, porque una inyección implicaba gastos en pasaje y el costo de la inyección”.

El aprendizaje y acompañamiento a las mujeres, en 2010 Lucila obtuvo segundo lugar en primeros auxilios en Baja California, desplazando a paramédicos y enfermeros de la Secretaría de Salud del gobierno del estado.

Pie de Página, mayo de 2017
Categories: De interés, México