Mapunkie y poeta

Mapunkie y poeta

Por Agustina Paz Frontera

Facundo Jones Huala es mapuche, es el lonko jefe político de la Lof Comunidad Cushamen, ubicada en lo que conocemos como Puelmapu Argentina, en la provincia de Chubut. El 27 de junio, pocos día después del Wiñoy Tripantu, el año nuevo mapuche, fue detenido. Un mes después, en protesta por su detención, Santiago Maldonado y un grupo de activistas y mapuche cortaron un camino, en el medio del campo. Gendarmería despejó el lugar, hizo un operativo violento sin orden judicial y desde entonces nada se sabe de Maldonado.

Desde entonces, también, Jones Huala se ha convertido en una figura pública. Como objeto en exhibición permanente, las vidas de Jones Huala y su familia han quedado expuestas y sujetas a la corrosión de la opinología y la operación. Entre los argumentos más notables, se encuentra aquel que dice que su grado de mapuchidad, como el de su hermano flogger, no alcanzaría los estándares necesarios para colocarse como un agente imbuido en el derecho de reclamar al Estado, o sencillamente de presentarse con una identidad específica, la mapuche, frente al resto de la sociedad.

Facundo Jones Huala es Faku Wala

“Es como un Zelig”, dijo un tuitero macrista en la red social más propensa al sarcasmo. Debajo de la referencia a la película del director de cine abusador de menores Woody Allen, hay un tríptico: una foto de Jones Huala vestido con ropajes de campo, que remiten al gaucho argentino; una foto en la que usa trarilonco, una vincha mapuche, y otra en la que tiene una remera con la bandera de Euskal Herria, cadenas, campera de jean y una bandana con calaveras. Huala es gaucho, es indio y es punky, sin dejar de ser mapuche.

La trampa, además del humor tonto, el racismo y la necedad, es el verbo ser usado para designar identidades. Nadie es solo una cosa o esa cosa por completo. La superposición de identidades políticas, no invalida a unas con otras, todo lo contrario: las potencia. Pero nada de esto importa, lo relevante en el horario central de la TV y el tuiteo es reírse de los Huala, desacreditarlos porque fueron y son jóvenes, negarles legitimidad como sujetos políticos, como sí ser punk, flogger o fumador compulsivo contradijera la identidad mapuche, como si de por sí ser punk o periodista de TN no albergara una posición política.

Jones Huala vivía en Bariloche, una de las ciudades más desiguales de la Argentina. Era un mapuche de ciudad, es decir que aun viviendo en la ciudad reivindicaba su identidad mapuche. Para este tipo de existencias el poeta mapuche de Ngulumapu Chile David Aniñir acuñó el término “mapurbe”, mapuche urbanos que aun sin tierra resisten el despojo y el corrimiento de sus mayores hacia las zonas urbanas, —donde pasan a ser ejército de reserva y donde se les modela una identidad similar a la del resto: sumisa, cristiana y consumista—, afirmando su identidad mapuche. Es el modo de, aun en la ciudad de cemento, conservar la historia y pensar el futuro en torno a una identidad viva, distante de las concepciones eurocéntricas y coloniales de lo indígena: como pieza de museo, como indio que “hacer barullo y tener orgullo”, distante de lo que el horario central de la TV blanca intuye que es un mapuche.

Facundo Jones Huala no solo era mapurbe, era Fakundo Wala, poeta mapunkie. Mapunkie: mapuche punk. A principios del milenio, los mapunkies y mapuheavys se organizaban en grupejos que tenían programas de radio, fanzines, bandas de rock en las grandes ciudades (Neuquén, Roca, Bariloche, Temuco, Santiago de Chile) que se montaron sobre el que fue territorio mapuche antes del sismo que significó la aparición del Estado (español, argentino y chileno). Fakundo Wala, hoy Facundo Jones Huala, de 31 años, era uno de estos chicos, y a los 18 años escribía:

Reflexionando sobre fotokopias de un libro

y leyendo un FanZine, Piketiando,

o pensando la pintura en la pared,

va el Intelektual de la Kalle,

Repudiando-Recordando el Poxirran, ReVolviendo el Origen,

y Kreciendo su raíz entre el Cemento,

regándose de rekuerdos de llanto,

sangre, tetras, birras, mea’o, Molotov’s, musi-k, bardos,

ideologías pasadas y ¿presentes?

Y rekordando también el Futuro,

organizando una ReVuelta

kon otro Intelectual de la Urbe MapUrbe.

(Poema de Fakundo Wala, aparecido en el fanzine “Tayiñ Weichan”)

En 2004, Wala fue entrevistado por Hernán Scandizzo, un reconocido periodista e investigador especializado en emprendimientos hidrocarburíferos en la norpatagonia. Amenazados por el avance del modelo extractivista, lxs chicxs mapuche de ciudades contrarrestaban la agresión de las multinacionales y los Estados con las mismas armas que occidente les ponía en sus manos: rock, punk, radios, fanzines, estilo.

En la entrevista publicada por el portal Indymedia Argentina, Wala dice:

“Somos rebeldes a un sistema, somos rebeldes a una forma de vida a la que fueron obligados a estar nuestros padres: a ser laburantes, a salir del campo cuando eran pibitos… Nosotros no vamos a estar felices y contentos, y nos sentimos reflejados en la actitud del punk. (…) Nos criamos en el barrio, el barrio sigue estando en Territorio Mapuche, entonces desde ahí tratamos de volver a nuestra raíz desde el cemento. Por ahí suena como una idea medio poética, pero es así, desde el cemento volvemos a nuestra raíz. (…) Hay organizaciones que plantean que la única lucha válida es en el campo y que en algún momento de la historia los mapurbe van a tener que dejar la ciudad”.

El barrio, la barriada urbana, puede ser (o devenir) un territorio ancestral, un chico con guitarra eléctrica puede ser (o devenir) un weichafe guerrero mapuche, nos decía Wala entonces, pero, luego, un aviso: que quizás la mejor estrategia sea volver al campo.

La opción del regreso

Facundo, Fakundo, está detenido desde junio de 2017. La detención se debe a un pedido de captura internacional del gobierno de Chile, país en el que arriesga hasta 18 años de cárcel por haber sido parte de distintos procesos de defensa territorial mapuche. Sobre él cae la acusación de terrorista. De ambos lados de la cadena montañosa de la cordillera los mapuche se han dado procesos y formas de organización dispares. Hay organizaciones legalistas, que conservan un trato institucional con los gobiernos y Estados, forman parte de entes estatales —o reconocidos como interlocutores por los Estados— ligados a la persecución y cumplimiento de derechos; hay organizaciones más vernáculas, de raigambre cultural, ligadas tanto a las identidades urbanas como rurales; y hay otras que entienden que las vías institucionales han sido agotadas o bien que hay que destrabarlas a través de la ejecución de acciones en los territorios que se reclaman. Cortes de rutas y caminos, daños a la propiedad, toma de terrenos. En estos casos, las organizaciones actúan, aunque resulte paradójico para sus detractores, con la ley a su favor.

Para quienes necesiten recordarlo, el artículo 16 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que tiene rango superior a las leyes nacionales, dice: “Siempre que sea posible, los pueblos indígenas deberán tener el derecho de regresar a sus tierras tradicionales en cuanto dejen de existir las causas que motivaron su traslado y reubicación”. Luego, en el Artículo 14: “Deberán tomarse medidas para salvaguardar el derecho de los pueblos interesados a utilizar tierras que no estén exclusivamente ocupadas por ellos, pero a las que hayan tenido tradicionalmente acceso para sus actividades tradicionales y de subsistencia”. Y nuestra propia Constitución, en el olvidado por estos días artículo en 75, reconoce “la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano (…). Asegurar la participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten”.

En la ONU no se pronuncian a través de tuits, por eso en su Declaración sobre Derechos de los Pueblos Indígenas, aprobada en 2007, destaca en su artículo 10 “la opción del regreso” frente a los desplazamientos forzados y, en su artículo 28, que “tienen derecho a la reparación, por medios que pueden incluir la restitución (…) de los territorios y los recursos que tradicionalmente hayan poseído u ocupado o utilizado de otra forma y que hayan sido confiscados, tomados, ocupados, utilizados o dañados”.

Los pueblos originarios, según esta legislación, deben contar con “tierras aptas y suficientes” y se debe realizar la “consulta libre, previa e informada” ante cualquier hecho que los pudiera afectar. Es decir que ninguna empresa extractiva puede ingresar a territorio indígena sin antes realizar todo un proceso de consulta con la comunidad.

Lo que un territorio puede

En 2008, Facundo Wala fue detenido cuando se manifestaba en Temuco junto a una veintena de mapuche por la muerte de Matías Catrileo, un chico de 23 años que un Carabinero mató de un tiro por la espalda en la toma de un fundo (estancia) en Ngulumapu Chile. En el destacamento lo golpearon y hostigaron.

Por ese entonces,  la lof comunidad Santa Rosa Leleque volvió al territorio indígena: recuperó 625 hectáreas ubicadas entre Esquel y El Bolsón en las tierras que ocupaba Benetton (Compañía de Tierras Sud Argentino). Las autoridades de la comunidad viajaron a Roma para entrevistarse con los representantes de Benetton. De allí volvieron con la promesa de que se donarían las tierras a la comunidad. Pero la compañía sólo ofreció parcelas que eran improductivas. La comunidad Santa Rosa Leleque no aceptó y aclaró que los pueblos originarios no aceptan “donación” sino “restitución” por tierras que fueron usurpadas por privados. Hubo intento de desalojo, pero la comunidad permaneció en el lugar. La pelea dada en Leleque fue una llave para muchxs mapuche. Era posible la Opción del regreso.

Para 2012, Wala, o Huala, aquel que había reivindicado su mapuchidad desde la resistencia urbana y punk en alianza a otrx oprimidxs por el sistema capitalista, consultado por Emiliano Ríos, un investigador académico, aclara que “ya no nos encontramos vinculados a la deconstrucción híbrida de la urbanidad, más bien nos enkontramos komprometidos en procesos más maduros a través del trabajo comunero, sin renegar de gustos musikales e influencias políticas del pasado pero sí de ciertos malentendidos o construxiones diskursivas generadas por otros, pero más bien hemos optado por un kamino un tanto más ancestral y “fundamentalista” según los opinólogos, (…) lo ke pasa es ke la musika solo es eso y de nada sirve si no existe una praxis konsekuente akorde al momento historico i el kontexto vivido, la urbanidad lamentablemente reproduce un cáncer social de tendencias oxidentalosas o lumpen o iskierdosas o derechosas, pero no permite una Rekonstruxion real, diskulpe… Territorio y Autonomia a la Nacion Mapuche Resistencia Rekonstruxion y Liberacion!!”.

Jones Huala era mapuche cuando era mapunkie y sigue mapuche devenido comunero campesino gaucho, preso político en Esquel. El devenir político-identitario del lonko Jones Huala acompaña un proceso que se ha dado también a nivel comunitario. Dadas las leyes, incumplidas sistemáticamente por los Estados, queda la ocupación y la manifestación reivindicativa en los territorios rurales mismos.

Identidades singulares y tierra

Es un derecho de los mapuche volver a parcelas que les fueron arrebatadas en el pasado. La reivindicación territorial sólo se produce en las tierras de sus antepasados que hoy están en manos de grandes empresas. En los últimos quince años, y luego de agotar la instancia administrativa y judicial, el Pueblo Mapuche recuperó 250 mil hectáreas que estaban en manos de grandes terratenientes.

La recuperación territorial implica mucho más que hectáreas y especulación inmobiliaria: instala una concepción diferente de la tierra, que interpela el concepto de propiedad privada e individual en busca de rentabilidad y lo suplanta por la propiedad comunitaria y la autosustentabilidad de las comunidades en un vínculo íntimo entre los cuerpos y los elementos de la naturaleza.

La persecución a las comunidades mapuche es parte de una política de represión y criminalización a los sectores en lucha tanto de los gobiernos provinciales como del gobierno nacional. El Estado argentino se fundó sobre un genocidio. Era necesario establecer una uniformidad en los habitantes del territorio para poder construir entonces una nación a prueba de los ataques externos. Para fundar el Estado había que anexar las tierras lejanas, describirlas como desiertas y limpiarlas de otras existencias, aunque estas fueran comunidades organizadas. Hubo que construir una identidad nacional para los indígenas sojuzgados, caputaros o desplazados de sus territorios. Así fue que lxs ancestros de Huala fueron despojados de su origen, pero las nuevas generaciones en un diapasón identitario muy esforzado y consecuente reivindican la identidad mapuche (que reconocen dinámica, vivible desde diversas identidades singulares), y ejecutan en ese movimiento un plan para regresar el pueblo mapuche a sus tierras, reconociendo la existencia de otra cultura, otra ley y otra identidad, la argentina, tampoco pura, ni esencial, como cualquier identidad.

El endurecimiento identitario: que “mapuche se nace”, “mujer se nace” o cualquier respuesta que invoque una esencia no es más que otra estrategia de reaseguro identitario, es la respuesta a la que obligan los Estados y los periodistas con vocación de interrogadores policiales cuando preguntan “¿quién sos?” y esperan como respuesta un carnet de pureza.