Juguetes

Por Cristina Pacheco

El sábado es mi día de descanso. Los domingos hago guardia. De lunes a viernes atiendo a las personas interesadas en donar al Museo sus juguetes. Lo hacen por diferentes razones, pero sobre todo porque sienten que ya no tiene sentido conservarlos: sus hijos son adultos y a sus nietos –que viven fascinados con los chunches electrónicos– no les interesa para nada jugar con un carrusel de hojalata, una muñeca de porcelana, un Pierrot de madera, soldaditos de plomo o una matatena. Antes de que todos esos objetos terminen arrumbados o en el basurero, sus dueños prefieren traerlos aquí, donde estarán protegidos.

El encargado de buscarles acomodo a esas maravillas es Nicolás: el trabajador más antiguo. Se enorgullece de haber recibido el primer donativo: una muñeca muy grande, con sombrero y vestidito de encaje blancos. Siempre que la veo pienso en cómo habrá sido la niña que jugó con ella. Si aún vive le daría gusto saber que su bibelot sigue teniendo las mejillas rosadas y los ojos brillantes. En la oscuridad me asustan un poco y prefiero no mirarlos.

II

Es increíble la carga emocional que puede concentrarse hasta en el más sencillo juguete. Las personas que se comunican conmigo para pedir informes o anunciar que quieren hacernos un obsequio –un tren eléctrico, un cochecito, una casa de muñecas y cosas por el estilo– invariablemente acaban hablándome de sus recuerdos. Por eso digo que en las vitrinas, más que juguetes, coleccionamos fragmentos de historias humanas.

Algunos donadores, luego de que se desprenden de sus cosas, sufren una insoportable sensación de pérdida y vuelven al museo para recuperarlas, si es necesario pagando una especie de rescate (trato que, por supuesto, no aceptamos.) Hace poco se presentó aquí doña Amelia. Me dijo que pensaba dejar en el museo una muñeca articulada, de porcelana, que le habían regalado a su hermana Águeda como premio por las buenas calificaciones con que aprobó el cuarto de primaria.

En aquella visita, Amelia me explicó que estaba por cumplir noventa años. Sabía que de un momento a otro iba a suceder lo inevitable. Antes de que eso ocurriera, y dado que ya no tiene familiares, necesitaba asegurarse de que la niña no quedaría en la orfandad. Al cabo de una semana regresó a pedirme que le devolviera la muñeca. Sin ella, se sentía perdida y tan sola como cuando desapareció su única hermana.

III

Contra lo que se cree, la mayoría de nuestros visitantes no son niños, sino personas mayores. Vienen con cierta regularidad. Unos se pasan buen tiempo recorriendo las salas, como si buscaran algo; otros se quedan delante de la vitrina que más les interesa. Es el caso de don Antonio. Según me ha contado es vendedor ambulante. Le resulta menos insoportable caminar tres o cuatro horas y exponerse a un robo –ya ha sufrido tres en plena mañana– que verse mantenido por sus hijos.

Los domingos que descansa, él es el primero en llegar al museo. Se va directo al salón que llamamos Huerto de las muñecas y se estaciona ante la vitrina donde están las que pertenecieron a su mujer. Sus nombres empiezan con cada una de las letras del alfabeto (Ana, Belén, Camila, Delia…). Deberían de ser 28, pero falta una: Noemí, la preferida de su esposa.

El día que don Antonio trajo su colección nos hizo una súplica: que las muñecas permanecieran juntas. Se lo había prometido a su mujer cuando ella entró en la etapa final de su enfermedad y lo hizo custodio de lo que a ella le significaba un tesoro.

Para darle gusto a don Antonio, Nicanor tuvo que hacer cambios aquí y allá, hasta que las 27 muñecas (con un hueco entre la eme y la o) quedaron concentradas en una vitrina. Frente a ella, don Antonio se pasa un buen rato monologando sin importarle que lo escuchen otros visitantes ni cómo lo juzguen. Lo que él quiere es hablar a las muñecas como lo hacía su esposa para que no la extrañen.

Al terminar su visita, don Antonio me busca y se despide. Aunque conozco la respuesta, para demostrarle mi interés, le pregunto adónde va y me responde que a sus cuartos. Renta dos en un edificio del Centro. Allí vivió con su mujer y de allí saldrá cuando se vaya para siempre y ya no pueda frecuentar a las muñecas que tanto valora. Cuando me lo dijo le prometí visitarlas y hablarles, como él lo hace, aunque sólo sea por un minuto.

Este domingo decidí saciar mi curiosidad y le pregunté a don Antonio por el nombre de su esposa. Se llamaba Noemí, respondió. Creo que los dos pensamos en el misterio que para siempre quedará en su colección de muñecas.

IV

A fuerza de verlos, hay visitantes con quienes he trabado cierta amistad. De todos, Saúl me simpatiza en particular. Hace tiempo nos obsequió un barco de vela precioso. Cuando era niño, él y su hermano Andrés lo ponían a flotar en una tina llena de agua. Viéndolo, imaginaban recorrer los siete mares en su nave. Nunca hicieron realidad su ilusión, pero a Saúl le gusta venir y recordarla mirando el barco que desde hace años surca un mar de cristal: la vitrina.

La Jornada 
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