La narrativa de Amado Nervo: una antología

La narrativa de Amado Nervo: una antología

Amado Nervo con su hija adoptiva Margarita Dailliez. Foto: José María Lupercio, 1918. Dominio público

En mayo de 2019, en poco más de un año, se conmemorará el centenario del fallecimiento de Amado Nervo. Gracias ante todo a la tarea detallada de Gustavo Jiménez Aguirre, su mejor especialista, se ha recuperado y ha vuelto a circular en amplia medida la obra de Nervo en las dos últimas décadas. A esto habría que añadir que Jiménez Aguirre ha sido, en otros ámbitos, el alma principal en estudios y divulgación de la novela corta a través de estudios y compilaciones, y últimamente ha publicado una atractiva antología de la crónica mexicana decimonónica.

Salvo en la academia y tal vez en sus estados, nuestros escritores modernistas de la transición de siglo están lejos de ser mínimamente leídos. Es una paradoja que el poeta en lengua española más atendido por los lectores en las dos primeras décadas del siglo xx, admirado aun por las élites en aquel tiempo, viviera para poetas y críticos a través de las generaciones siguientes, en una casa olvidada y oscura, donde apenas entraba la luz. Sin embargo, como señala Gustavo Jiménez Aguirre, “su nombre y parte de su obra literaria se preservaron en la cultura popular y de masas”. En otro orden de predilecciones resulta también paradójico que en estas dos úl-timas décadas, Nervo haya sido más admirado por la crítica y la academia como prosista que como poeta. Un aparte: en sus crónicas, cuentos y novelas cortas no es dable hallar, o en grado mucho menor, al alma herida que encontramos en su poesía íntima y a menudo moralista.

Nada más lejos de él que el polemista incendiario. Ante la crítica, pese a ser vulnerable, se impuso el si-lencio, pero en determinado momento, como en el apéndice de su nouvelle, El donador de almas (1899), en un breve capítulo adicional, se quejó implícitamente. Las flechas envenenadas podían herirlo profundamente. En el antedicho apéndice entablan un diálogo Zoilo y Él. Zoilo, como suele llamársele al crítico fatuo que se cree proclamador y negador de famas, y Él, es decir, Nervo. Ante las pregunta de Zoilo de por qué “calla siempre”, lo cual es una suerte de acatamiento, Él responde que es porque cree en la labor y el silencio: “En la primera, porque triunfa; en el segundo, porque desdeña.”

Hace unos meses, en una coedición de Penguin Random House Mondadori y la unam, se publicó una notable antología de sus ficciones: El bachiller, El donador de almas, Mencía y sus mejores cuentos. La selección, prólogo y cronología es de Gustavo Jiménez Aguirre y la edición y notas de él, de Jorge Pérez Martínez y Salvador Tovar.

Católico, Amado Nervo creía asimismo en el espiritismo y la magia, que, como el catolicismo, guardan un fondo de misterio. Nunca le parecieron orbes contradictorios. O dicho por Alfonso Reyes centrándolo en su fe cristiana: “Como aquél que pierde su costumbre de beber y destila el agua de los otros alimentos que absorbe aún, Nervo busca la emoción religiosa a través del espiritismo y la magia”1. Dentro de su lite-ratura quizá los dos géneros literarios dilectos de Nervo –en los que mejor destacó– fueron el del horror y el fantástico. Alfonso Reyes2 subrayó que la impronta de todo eso le surgió desde lo vivido en la casa familiar de la infancia, tal vez, en especial, con las historias de la abuela, importancia que el mismo Nervo llegó a señalar. Una de estas historias –que parte de la repetida leyenda del tesoro enterrado– la hallamos aquí incluida en su cuento “Las varitas de virtud”.

Salvo excepciones, temáticamente en su narrativa Nervo tuvo un gusto morboso por la muerte y por lo sobrenatural (apariciones, trasmigraciones, reencar-naciones, fantasmas), por la sombría y destructiva vida eclesiástica, por los juegos de identidad en el que no excluyó el doble, y por la desdicha amorosa o el amor que no acaba de cumplirse, o al menos, no del todo. En varios cuentos es notable su preocupación por la ciencia (como experimentos crueles o la posibilidad de dominio de nuevas razas que ya no sería la humana), y creemos que uno o más de ellos podrían ser incluidos en antologías internacionales del género. Admirador ante todo de l’esprit francés y de la tradición española, adicto a los latinos, también leyó con provecho a Poe, a Hoffmann, a h. g. Wells y al flamenco Maeterlinck. En los cuentos seleccionados se puede advertir en variados momentos la huella de franceses como el Baudelaire de los Pequeños poemas en prosa; de Flaubert y de Guy de Maupassant. Un buen número de ficciones con trasfondo histórico se encuentran entre lo mejor de él, como Mencía o el arrebatado “Las casas”.

Del modernismo a la modernidad

Salvo instantes modernistas, el estilo en la poesía y la prosa de Nervo es sencillo, libre de adornos, un estilo donde, como en el caso de Manuel José Othón, se inscribió en el modernismo por los años en que le tocó escribir y no por el estilo y las formas poéticas y literarias a las que se abocó, ese modernismo del cual Rubén Darío fue el indiscutible sismógrafo. En esto quizá debería hablarse de la escritura de Nervo como de transición entre el modernismo y la modernidad3. Su notable prosa, con su economía de medios y delicioso humor, ya era perceptible desde sus ligeras y amenas crónicas sinaloenses (Lunes de Mazatlán (1892-1894)4, en las cuales, en dos o tres cuartillas, comentaba sobre diversos asuntos: la vida del lugar y los espectáculos teatrales y musicales, o dibujaba cuadros citadinos, o hacía en alguno reflexiones políticas e incluso llegó a redactar gacetillas frívolas que parecen notas de sociales. Sin embargo, en buen número de sus cuentos y nouvelles, Nervo cae con alguna frecuencia en defectos habituales en narradores de la época: referencias históricas, artísticas y literarias profusas, digresiones, lo explicativo, el mal adjetivo que debilita o anula la buena frase, líneas ampulosas, moralejas explícitas, interrupciones para dirigirse al “amigo lector”…

Arreola opinaba que el cuento debía ser un objeto orbicular; lo mismo podría decirse de su pariente consanguíneo la novela corta, que era en ficción la forma que Nervo prefirió en la narrativa. El nayarita escribió en su citado apéndice de El donador de almas: “Nuestra época es la de la nouvelle… y el viento hojea los libros.” No había libro de él, decía, que no se leyera en media hora. Con todo, creemos que Nervo fue en la ficción más un cuentista; sus novelas cortas son episódicas, o como diría Borges, una sucesión de cuentos.

Sin embargo, inmediatamente después de lo es-crito sobre el gran momento de la novela corta, Nervo augura que el cuento será “la forma literaria del porvenir”. Quizá, si ahora viviera entre nosotros, ante la avalancha de los últimos treinta años, escribiría que la forma literaria del porvenir es la minificción. No está de más resaltar que en su relato-ensayo “Brevedad” 5, recuperado por Reyes y el cual anticiparía textos borgeanos6, preconizó por una máxima concisión.

Nervo escribió once nouvelles, de las cuales Jiménez Aguirre eligió tres en su selección. En ellas, por una u otra vía, una mujer debe, contra su voluntad, sacrificar su amor o sacrificar su alma. Quizá la más intensa de las tres y con un final escalofriante –no necesariamente la mejor– sea El bachiller, el cual es un oscurí-simo retrato de lo que puede llevar una de las exigencias más sombrías del catolicismo y uno de sus grandes desatinos: la imposición del celibato. La emasculación de Felipe para no tener el amor de la joven a la que ama y lo ama es una metáfora despiadada de la sustitución de las bodas terrenales por las bodas con Cristo.

Lo macabro y lo espeluznante no estuvieron lejos de las obsesiones de Nervo. No es otro el caso de cuentos como “Ellos” y “Los congelados”, y uno, que es quizá su obra maestra, “El automóvil de la muerte”. En “Ellos”, Nervo hace relatar al personaje –alguien dentro de él– acerca de la pérdida en el hombre de la carne, en la vida y en la muerte, comido parsimoniosamente por seres invisibles, igual que el hombre come bueyes, vacas y terneras; en “Los congelados” un doctor relata cómo los seres humanos pueden conservarse por largos períodos de tiempo en el hielo, pero la seguridad final en su vuelta luego de breves o largos períodos es azarosa; en “El automóvil de la muerte”, lo que al principio causa tristeza y piedad hacia los campesinos afectados, se vuelve de parte de estos un acto salvaje de calculada venganza que termina en una escalofriante tragedia que la pagan quienes no la deben. La combinación de patanería ignara, frivolidad elegante y criminalidad sin contrición es de una exactitud sobria.

La inmortalidad del alma, o si se quiere, la posesión de dos almas en un cuerpo, o dos almas que son un alma, es el asunto principal de El donador de almas, la novela favorita de Jiménez Aguirre. En mi criterio su principal virtud es abrirle caminos a la novela fan-tástica en México, sobre todo en aquella transición de siglo que prefería el realismo y el naturalismo.

Variando el tema sustancial de La vida es sueño calderoniana, Nervo hace un juego de siglos históricos en Mencía (1907), quizá su mejor novela corta. No es raro que la ficción histórica en una primera versión se llamara “Un sueño”, pero por fortuna Nervo no obvió un título que ya señalaba el tema principal y los tejidos de la trama. En el proemio Nervo aclara: “Es sí, un ‘cuento con ambiente histórico’, como diría un italiano. Lo que pasa en él, ‘pudo haber sido’.” Aquí Nervo combina un juego de dos geografías y un juego de dos vidas: un rey en el siglo xx se convierte a través de un sueño en un orfebre toledano del siglo xvi, casado con una mujer bella, acaso perfecta. Al orfebre le es dable conocer a Domeniko Theotokópoulos (El Greco) y al rey Felipe ii. El relato contiene una agradable ambientación con las páginas descriptivas de la ciudad de Toledo y se goza el gusto de Nervo por cuadros que habrá visto en el museo del Prado en su estancia madrileña, en especial de Tiziano, y cuadros famosos de El Greco que habrá visto en Toledo, entre ellos el Entierro del conde de Orgaz7. En uno de los momentos más emotivos, Mencía, la muchacha toledana, con sus veinte años bellísimos, trata de que el orfebre no se duerma para que no se desvanezca y vuelva al siglo xx y la deje sola. Como en el drama de Calderón, en la nouvelle el sueño es tan real como la vida.

Amado Nervo. Foto: José María Lupercio. Dominio públic

Mencía está lejanamente emparentada con los cuentos “Las Casas” y “La novia de Corinto. “La novia de Corinto” versa sobre una joven de dieciocho años que muere sin conocer el amor. La entierran. Un joven llega a su casa. La muchacha vuelve de la muerte y previsiblemente entra a la habitación del joven con quien convive tres noches. Le da la clásica sortija para asegurarle que volverá. Es descubierta por una nodriza, que avisa a los padres, quienes van a buscarla la noche siguiente. Los recibe con frialdad. Le piden que regrese. Cae y muere de nuevo. La quieren volver a enterrar en su tumba, pero hechos adversamente funestos lo impedirán. De su ficción “Las casas” Jiménez Aguirre escribe con agudeza: “El tratamiento fantástico de este relato, la trasmigración de almas y la duplicidad de personalidades adquieren matices siniestros en un par de historias incluidas en este volumen: ‘Los mudos’ y ‘El del espejo’.” En la selección de Gustavo Jiménez Aguirre hay también poemas en prosa (“El país en que la lluvia era luminosa” y “Las nubes”) o fábulas (“La última guerra“ y “El obstáculo”). Leyendo las ficciones, da la impresión de que Nervo no sólo creyó en una o varias vidas después de la muerte, sino que en la vida que nos toca vivir sintió que vivimos varias vidas.

El oficial de su oficio

Rubén Darío, en un soneto en alejandrinos, escribió sobre el amigo mexicano: “¡Bendita sea y pura la canción del poeta/ que lanzó sin pensar su frase de cristal!…”; en 1919, a la hora de su muerte, Ramón López Velarde lo llamó “el poeta máximo nuestro” y confesó: “Yo amaba de tal modo a nuestro as de ases, que cuando lo sentí desleírse, dejé su lectura”; “Qué buen oficial de su oficio”, exclamó Alfonso Reyes, también en 1919, en su conmovedor y hondo ensayo “Los caminos de Nervo”. Con el rescate y con su trabajo filológico y de divulgación impresa y digital de sus narraciones, poesía y crónicas, Gustavo Jiménez Aguirre ha vuelto a circular espléndidamente un Nervo total. Podrán gustarnos más unas u otras (nosotros preferimos la narrativa y la crónica), pero un siglo después de su fallecimiento, Nervo ha pasado con fortuna la prueba literaria del tiempo. Es nuestro allegado, nuestro contemporáneo

Notas:

1. En el prólogo a la antología, Jiménez Aguirre añade sobre el asunto: “Para la heterodoxa espiritualidad de Nervo fueron determinantes lecturas y prácticas espiritistas, teosóficas, ocultistas e hinduistas que difunde con amenidad en crónicas, artículos y narraciones de varia extensión, incluso en minificciones como ‘Fotografía espiritista’ y ‘El obstáculo’”.

2. Cuando Reyes evoca a Nervo como persona, hay una honda nostalgia triste. Lo recuerda reservado y melancólico, pero con un espléndido sentido del humor. Don Alfonso se identificaba plenamente con “la cortesía suave” del nayarita. No creo que políticamente se hallaran muy distanciados.

3. En México, en poesía, la primera obra moderna –lo repitió la crítica a lo largo del siglo xx– fue la de López Velarde; la primera novela moderna fue Los de abajo (1916) de Mariano Azuela.

4. Debemos también el detallado rescate, claro, a Gustavo Jiménez Aguirre.

5. Ensayos, Madrid, Biblioteca Nueva, 1922.

6. ¿Habrá leído el texto Borges? El relato versa sobre un califa que pide a los sabios del reino que reúnan la ciencia de la humanidad en algo que puedan cargar diez camellos; insatisfecho ante la copiosidad, pidió que lo dividieran en diez para que los cargara un solo camello; insatisfecho aún por el exceso, encargó que encontraran un solo libro que compendiara toda la sabiduría, el cual lee y relee; aún lejos de la satisfacción, les solicitó que se concentrara toda la sabiduría humana en una sentencia, una sola, que pudiera escribirse “en la gran esmeralda de una sortija”. La sen-tencia, una vez escrita, apuntaba por un lado, a la creencia absoluta en la infalibilidad de Alá, y por el otro, a no fiarse de las mujeres.

7. José Juan Tablada, en el artículo del 19 de mayo de 1919, “Amado Nervo”, que escribió a la muerte del poeta nayarita (Obras completas v, Crítica Literaria, pp. 310-311), dijo que Nervo parecía un “melancólico caballero de El Greco, de los mismos que decoran, con mística elación el ‘Entierro del conde Orgaz’.” Pero en enero de aquel 1919, al llegar a Bogotá como diplomático de la embajada de México en Colombia, entrevistado por el reportero Eduardo Castillo para El Espectador, a una pregunta sobre Nervo, repuso: “La filosofía Nervo como poeta es una filosofía propia de cocineras.” Cuatro meses después, a la muerte del poeta, llevó su opinión al polo opuesto: Nervo tenía el “genio poético”.

La Jornada 

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