Ciro Bustos, el lugarteniente del Che

Por José Steinsleger /III y última
El fracaso del foco guerrillero en Salta (1963-64) y la derrota militar en el Congo (1965) redoblaron el espíritu revolucionario del Che. Así, en mayo de 1966 volvió a llamar a Ciro Bustos. Para entonces, el comandante ya estaba de regreso en La Habana, aunque oficialmente desaparecido (Carta de despedida, leída por Fidel en acto público, 3 de octubre de 1965).

¿Sería osado, por ende, imaginar que el Che sentíase como diablo en botella? ¿Qué le depararía el destino? Posiblemente, parte de la respuesta figure en una carta a su madre desde México, poco antes de unirse a la expedición del Granma: Además, es cierto que después de desfacer entuertos en Cuba, me iré a otro lado cualquiera (15 de julio de 1956).

Hasta donde fue posible, Fidel apoyó al Che para instalar su foco guerrillero en Bolivia. Proyecto que encendió luces rojas en los tableros de yanquis y rusos. Y es que el clima de época, mostraba a millares de jóvenes latinoamericanos dispuestos a seguir al guerrillero heroico, donde fuera.

El Che era el Che: nada ni nadie podía detenerlo. Voluntad épica antes que voluntarista o utópica, pero geopolíticamente trastornada por el canibalismo de rusos, chinos y trotsquistas, disputándose los caminos de la revolución mundial. Trastornos ideológicos que sólo la Revolución Cubana y Fidel pudieron conjurar, abrevando en el pensamiento de José Martí.

Con la mira puesta en Argentina, el Che incorporó a Bustos al selecto grupo de guerrilleros que, poco después, aparecieron en Ñancahuzú (sureste boliviano). Bien… Sería largo extendernos en los pormenores de esta historia. Los interesados pueden recurrir al propio Diario del Che en Bolivia (1967), junto con el ensayo “La guerrilla del Che” de Régis Debray (1975), y “ El Che quiere verte”, memorias que Ciro publicará 40 años después (2007).

Todo lo demás, incluyendo las honestas y documentadas biografías del Che (Paco Ignacio Taibo II, John Lee Anderson), se basan en los textos referidos, y son como estos apuntes: interpretaciones al hilo que, por momentos, sintonizan con un comentario de Borges que Ciro incluye en el epígrafe de su libro: ignoramos si el universo pertenece al género real o al género fantástico.

El primer acto del drama empezó el 31 de diciembre de 1966, cuando a poco de su llegada a Ñancahuzú, el Che tiene una larga plática con Mario Monje, secretario general del Partido Comunista de Bolivia (PCB). Fatal y revelador choque, digámoslo así, entre el chovinismo de izquierda y el internacionalismo proletario: Monje exigió la dirección político-militar de la guerrilla, y el Che se negó. Por consiguiente, el PCB, que era prorruso, le soltó la mano con una maldición china: ojalá que vivas tiempos mejores.

El segundo acto tuvo lugar entre marzo y abril de 1967, con la deserción de dos guerrilleros bolivianos que se presentaron de inmediato a las autoridades militares, y la posterior detención de Bustos y Debray en el poblado de Muyo-pampa, quienes habían sido comisionados por el Che para fortalecer las redes de apoyo urbanas. Y, junto con ellos, un ignoto periodista anglochileno, George A. Roth, aquel presente griego que el Che registra en su Diario (19 de abril).

Durante un cuarto de siglo, las izquierdas melindrosas se hicieron eco de que Bustos, a pedido de sus captores de la CIA, habría delatado la presencia del Che, retratando a los guerrilleros de Ñancahuazú. Pero los historiadores cubanos Adys Cupull y Froilán González, acuciosos investigadores, desestimaron su rol en la captura y posterior asesinato del Che. Ambos autores prueban que Bustos habría sido víctima de una trama gestada por la CIA para desprestigiarlo, dado que no pudieron asesinarlo ( La CIA contra el Che, Ed. Ciencias Políticas, La Habana, 1992).

Incluso la propia hija del Che, Aleida, acusó en varias ocasiones a Debray, como el culpable de haber indicado dónde se encontraba su padre (Proceso, 1040, 6/10/1996). Sin embargo, en una pasteurizada entrevista de la revista cubana Tricontinental, (137, junio de 1997), nada menos que el comandante Barbarroja (Manuel Piñeiro Losada, ex jefe del legendario Departamento América) volvió a la carga, acusando a Bustos de delator.

Pocos meses después, en octubre, el pintor y lugarteniente del Che rompió el silencio. En un largo diálogo sostenido con el periodista boliviano Jaime Padilla en su casa de Malmö (Suecia), Bustos leyó el último tramo de una carta enviada al historiador Froilán González, en febrero de 1995:

“El problema es, que al sacralizar la epopeya que tiene su culminación en Bolivia, todo lo que queda antes o después en el tiempo, todo lo que no fue canonizado, carece de importancia […] de una carta a Furry (general Adalberto Colomé Ibarra) en el 87, sólo obtuve la convicción de que había sido leída, porque recuperé mi imagen al aparecer en tu libro con la foto que es publicada por primera vez, sin censurar mi presencia…”

Sigue: Como espectador más o menos involucrado, he aprendido de qué manera se escribe la historia. Cómo los intereses personales o nacionales predominan sobre la realidad de los hechos. Y me enorgullezco de no haber ganado un céntimo, de no haber vendido un cuadro, ni una camiseta, especulando con ello. Pero encuentro que a estas alturas, es pueril y poco honesto decir que nadie me ha atacado. Y, por tanto, no se me puede defender.

La Jornada 

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