Los “polleritos”, un estudio sobre el fenómeno de niños traficantes de migrantes

Los “polleritos”, un estudio sobre el fenómeno de niños traficantes de migrantes

Jóvenes entre 14 y 17 años que ganan hasta 70 dólares por cada persona que logren cruzar a Estado Unidos. Son generalmente contratados por el crimen organizado y por su corta edad, el mayor castigo que reciben es ser deportados a México. El doctor Óscar Misael Hernández detalla lo que desde el El Colegio de la Frontera Norte han estudiado sobre el fenómeno.

Por Ana Luisa Guerrero

Ciudad de México, 2 de julio (SinEmbargo/AgenciaConacyt).– Fernando tiene 16 años y desde hace dos se dedica al tráfico de migrantes en la frontera entre Tamaulipas y Texas. Ya ha sido deportado en tres ocasiones por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, mejor conocida como Patrulla Fronteriza, pero dice que seguirá en el negocio debido a la buena paga que recibe: alrededor de 70 dólares por persona que pasa, siendo que en una semana cruza tres veces el río Bravo con grupos de hasta diez.

Él es uno más de los llamados “polleritos” o “coyotitos”, niños y adolescentes reclutados por grupos del crimen organizado, cuya mayor ventaja es que por ser menores de edad, las autoridades de Estados Unidos no les fincan responsabilidades penales y su única sanción es la deportación a México. Las autoridades los llaman “menores de circuito” y los relacionan con el tráfico de personas y drogas.

De acuerdo con un informe en 2014 del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 38 por ciento de los menores migrantes mexicanos no acompañados detenidos en Texas fueron reclutados por grupos delictivos para realizar esta actividad. En tanto que entre 2010 y 2014, fueron detenidos 158 menores acusados de cruzar migrantes de forma ilegal al territorio norteamericano, según la Procuraduría General de la República (PGR).

Fernando ingresó a esta red ilegal por invitación de un familiar; comenzó como “halcón” para notificar la presencia de policías y militares estadounidenses cerca del río que sirve de línea divisoria entre ambos países, una valiosa información para quienes cruzan a los migrantes. Pronto se dio cuenta que podría aumentar sus ingresos y, con la anuencia de sus padres, se lanzó como “pollerito” luego de haber recibido un adiestramiento en la actividad; trabaja para unos jefes que, a su vez, reportan a otros jefes.

Entre 2012 y 2015, académicos de El Colegio de la Frontera Norte (Colef), que pertenece al Sistema de Centros Públicos de Investigación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), realizaron proyectos de investigación en los que identificaron la participación de menores en el tráfico de migrantes a partir de entrevistas , como la de Fernando, en albergues de Tamaulipas, en las ciudades de Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo.

Los niños ganan entre 50 y 70 dólares por cada persona que logran cruzar. Foto: Agencia Conacyt

El doctor Óscar Misael Hernández Hernández, adscrito al Departamento de Estudios Sociales, comparte con la Agencia Informativa Conacyt una descripción de la incursión de estos nuevos recursos humanos a la red de coyotaje que operan grupos del crimen organizado.

– ¿Qué define a este fenómeno?

– En la migración ilegal de menores no acompañados hay múltiples clasificaciones, desde aquellos que lo hacen por razones de trabajo, de reunificación familiar o por aventura, y otra que distingue a aquellos menores provenientes de estados del interior del país y los que son residentes de las ciudades fronterizas. En esa última clasificación encajan los menores de circuito que, al residir en las ciudades fronterizas, cruzan de manera irregular y que, al ser detectados, son regresados y vuelven a cruzar.

Lo que han identificado algunas instituciones, como los Centros de Atención a Menores Fronterizos (Camef), es que estos menores suelen dedicarse a actividades como el tráfico de migrantes. Nosotros hemos identificado que algunos de estos chicos no solo se dedican al tráfico de migrantes, sino también al tráfico de drogas; esto se debe a una situación estructural que hay en las ciudades fronterizas y es el hecho de que los grupos del crimen organizado tienen el monopolio de estas actividades ilegales, porque son bastante rentables.

En ellas, los menores representan los nuevos recursos humanos utilizados considerando dos criterios: que son menores de edad y hacer estas actividades no es punible ni en México ni en Estados Unidos y, como ya tienen experiencia en cruzar la frontera, son un capital social considerable en términos de las redes que tienen, la ruta que conocen, la gente con que se vinculan.

Los casos de estos chicos son bastante interesantes porque si para los migrantes irregulares en general los riesgos son considerables, para los “polleritos” son aún más por el tipo de actividades que desarrollan.

– ¿Cuál es el rango de edad de los menores que se dedican a estas actividades?

– En la frontera de Tamaulipas hemos identificado que oscilan entre los 14 y los 17 años; hasta ahora hemos identificado que se trata de varones, no de mujeres como en el caso de la frontera sur de México, aunque hay casos excepcionales, por ejemplo, un trabajo novedoso en el valle de Texas ha identificado algunas mujeres que no son mexicanas, sino texanas.

– ¿Cómo identifican a estos menores?

– Son chicos que constantemente llegan a los albergues de los Camef en la frontera; son detenidos por la Patrulla Fronteriza, que son repatriados. Hemos identificado que son chicos residentes en colonias o sectores populares y —no en todos los casos, pero sí en muchos—, cuyas familias saben que se dedican a este tipo de actividades porque a partir de ellas contribuyen a la economía familiar.

Para ellos es cotidiano que los detengan y los deporten. Uno de ellos nos contaba que llevaba cien ocasiones que había cruzado la frontera en el transcurso de tres años. Es algo increíble y cuando vas conociendo las historias, te das cuenta que es algo posible porque ellos han crecido en las ciudades fronterizas, conocen muy bien las dinámicas, las pasadas por el río Bravo, tienen vínculos con personas que han hecho este tipo de actividades como un modus vivendi. Se trata de una economía ilegal fronteriza que ha persistido por décadas en esta región de la frontera y se ha constituido en una cultura de la niñez migrante que reside en las fronteras.

– ¿Cuánto ganan por estas actividades?

– Sus compensaciones varían, algunos nos comentan que pueden ganar entre 50 y 70 dólares por cada persona que logren pasar; no tenemos datos para el caso del tráfico de drogas, sabemos que en ese tipo de actividades les pagan por viaje o “por mochila”.

El ingreso va a variar según el número de migrantes y de viajes que realizan por semana, unos comentan que viajan hasta tres veces por semana con grupos de hasta diez personas. Haciendo multiplicación sería bastante redituable hacer estas actividades, por supuesto la frecuencia con que se hace no es tan constante cada semana, sobre todo ahora que se ha incrementado la seguridad fronteriza a propósito de la administración del Presidente Donald Trump.

– De los testimonios que han recopilado, ¿qué los motiva a integrarse a estas redes?

– Nosotros hemos encontrado que ninguno de ellos ha sido obligado o amenazado; más bien, narran los ofrecimientos que tienen de personas que ya se dedican a ello y que les muestran lo lucrativo de la actividad en términos económicos, y ellos en forma voluntaria acceden.

Lo hacen tanto por el estímulo económico como por la confianza que se genera a través de los vínculos con quienes los invitan; es decir, se trata de personas que son familiares, amigos o conocidos.

Para ellos, el estímulo económico es lo interesante, pero está la otra cara de la moneda y es el estímulo simbólico, porque para ellos el hecho de traer dólares significa adquirir prestigio ante su grupo de socialización (familiares y amigos), especialmente cuando tienen estímulos extra por desempeñar bien las actividades, como un vehículo o tener a su alcance ropa de marca, aunque sea de imitación.

Más allá de los beneficios simbólicos, el prestigio y estatus que pueden hacerse al inmiscuirse en este tipo de actividades; su ingreso a este mundo delictivo se debe a un problema del Estado mexicano para apoyar a la niñez, adolescencia y juventud, que están en condiciones de vulnerabilidad.

El doctor Óscar Misael Hernández del El Colegio de la Frontera Norte. Foto: Agencia Conacyt

– ¿Hay alguna estrategia gubernamental para inhibir estas actividades?

– Hoy en día, el Gobierno mexicano no tiene ningún programa orientado a los menores de circuito. En Estados Unidos, en 2014, hubo el programa piloto Juvenile Referral Process, aplicado en el estado de Texas, en el que la Patrulla Fronteriza identificaba a estos menores con el propósito de distanciarlos de posibles vínculos con algunos grupos criminales en México y mostrarles alternativas de vida en territorio norteamericano, llevándolos bajo la tutela de una familia o un albergue, llevándolos a centros culturales o recreativos. La idea de fondo era quitar ese vínculo delictivo y ejercer labores de inteligencia criminal y preguntarles a los menores para quién trabajaban. Desafortunadamente el programa solo duró alrededor de un año, después ya no se supo de él.

En México, no se ha hecho ningún esfuerzo para ellos. Recientemente, asistimos a un congreso en la Universidad de Texas, en El Paso, donde se reunieron especialistas y conocimos que en Ciudad Juárez hay un grupo de jóvenes que desde una organización civil implementan acciones enfocadas en los menores de circuito, a quienes les dan seguimiento y les ofrecen charlas con ellos; la idea es abordar la cuestión de los derechos, protección y seguridad de los niños, adolescentes y jóvenes.

– ¿Se trata de un problema estructural?

– Estamos frente a un severo problema porque se trata de los nuevos recursos humanos que están reclutando algunos grupos delictivos en México. La filosofía que tienen estos grupos en el país es que estos recursos humanos son desechables, no solamente baratos, sino desechables y reemplazables fácilmente, porque las carencias y necesidades económicas son muchas y las aspiraciones simbólicas, aunque sean fugaces, son muy demandadas.

La manera de pensar de muchos jóvenes ante estas crisis económicas y espirituales es “vive bien unos años, aunque mueras joven”.

Es muy preocupante que se esté dando este fenómeno y más preocupante aún es que el Estado mexicano no esté diseñando o instrumentando programas orientados a esta población. La idea no es seguir con discursos de protección de la niñez migrante, la idea es generar políticas y programas de atención a la niñez en general, solo de esta forma se podría prevenir este lamentable fenómeno.

– ¿Es fácil que puedan salir de estas redes?

– La experiencia de algunos jóvenes ex menores de circuito es que lograron salir de estas redes, pero no es tan sencillo. Para ellos es complicado porque la dependencia económica es grande, una forma de vida importante porque se gana mucho en poco tiempo, a pesar de que el riesgo es muy alto.

El otro asunto es que es complicado dejarlo porque las personas para quienes trabajan no les conviene que alguien como ellos los deje porque tienen información que, de ser divulgada, podría jugar en su contra.

– En este problema, ¿qué papel juegan las instituciones?

– Las instituciones tienen la obligación, ahora más que nunca, de diseñar programas orientados a la atención de los menores de circuito, tanto “polleritos” como “muleritos”.

El Estado mexicano tiene que implementar programas orientados a reintegrar a la niñez migrante, no de protección ni atención, sino de prevención. Se deben hacer valer los derechos de niños, que es algo que es por más conocido, porque el reclutamiento por parte de grupos delictivos es un fenómeno que no conviene en un sentido humanista ni político para el Estado.

Sinembargo

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