Tijuana, donde los indígenas trajeron su cultura

Tijuana, donde los indígenas trajeron su cultura

Con una presencia que se remonta a décadas, los mixtecos y purépechas de Tijuana siguen siendo ignorados por los gobiernos. Los abusos policiacos en su contra, sin embargo, han disminuido, pero sólo gracias a una nueva generación de profesionistas, sus hijos, con quienes han aprendido a defenderse y exigir sus derechos


Por Kau Sirenio 

A Francisca no le hicieron un favor al vivir en Tijuana. Llegó allí, porque en su pueblo natal sólo había pobreza y destierro. Vive aquí porque le encontró sabor a la vida a pesar de que, en esta ciudad fronteriza, lo único que un migrante encuentra es discriminación y marginación por su condición indígena.

Primero trabajó en los surcos de jitomate en Sinaloa, donde conoció a su esposo, hace 39 años, cuando tenía 17. Desde ese encuentro, la familia Apolinar Sánchez vivió como nómada, hasta que decidió quedarse en la colonia La Libertad, por el rumbo de Lomas Taurinas.

En una plática en su casa una tarde estival, Francisca María Sánchez Cuenca repasa su historia, a la hora en que el concreto de las calles de la colonia Valle Verde hierve por los rayos del sol que caen sin compasión.

El relato que la jornalera hilvanó lo sacó de los huecos de su casa, vivienda que años atrás construyeron los vecinos de la Valle Verde, donde ahora los ñuu savi (mixteco) de Xochapa, municipio de Alcozauca, Guerrero, siguen hilando su propio pasado para no perder su identidad.

“Las casas las fuimos construyendo con la ayuda de los paisanos; uno te presta el cemento y varilla, mientras que los demás ayudan con su mano de obra. Así, en un mes terminamos de construir una casa, luego nos íbamos con los otros, así le hicimos hasta que todos tuvimos un techo para nuestra familia”, explica.

Los colonos llegaron con todo y raíces para plantarse. Desde la Montaña de Guerrero, trajeron su Concejo de Señores Principales, su banda de música de viento y su fiesta patronal. “Sólo falta traer nuestra comisaría y su comisario”, dice el líder indígena Valentín Apolinar.

De esta organización comunitaria habla Francisca cuando relata cómo se organizaron para fundar la colonia después de que la lluvia sepultó su vivienda en Lomas Taurinas en 1993.

Las vivencias de los ñuu savi que viven aquí están cargadas de resentimiento por la discriminación social, cultural e institucional de los gobiernos municipal y estatal. La lengua materna y la vestimenta hacen que los migrantes indígenas sufran rechazo en los círculos sociales de Tijuana.

Discriminación y resistencia

Valle Verde se fundó en una meseta, y es la zona más plana de las cuatro colonias del Este de Tijuana. Los propios colonos la conocen como la Nueva Tijuana. A principios de los noventa se erigió esta colonia, convirtiéndose en la segunda concentración más importante de población indígena proveniente de la Montaña de Guerrero. Aquí la mayoría habla su lengua materna, el tu’un savi (mixteco).

De esta colonia salen las mujeres que venden en las plazas de Tijuana y en la garita El Chaparral y San Isidro, pero muchas veces que ofrecen sus artesanías o frutas son aprehendidas como criminales por la forma en que hablan y visten. “Nos trataban como criminales por no hablar el español y la forma de vestir”, dice Francisca Sánchez Cuenca.

“El trato que recibimos cuando llegamos a Tijuana, era muy cruel –evoca–; yo veía a las mujeres llorar cuando los policías las maltrataban; lo que más me dolía era cuando les quitaban sus pertenencias. Ahora ha disminuido un poco, pero siguen los maltratos”, agrega.

Francisca habla con soltura el español, lengua que sus padres le enseñaron en Oaxaca para no ser discriminada en las ciudades cuando abandonara su pueblo, presagio de los ancianos que se cumplió. Ahora ella sirve de intérprete con las mujeres y los médicos para promover campaña contra el cáncer de mama.

No sólo se dedica a la promoción de salud preventiva, sino que organiza a las mujeres cuando se entrega el apoyo gubernamental Prospera; además, ayuda en el rezo de la fiesta patronal. Morena, de 156 centímetros de estatura, la ex jornalera pone el dedo en la llaga. “En mi casa, sólo mi esposo habla el tu’un savi. Pero en la calle y en el centro comunitario él lo habla con sus gentes, todos los paisanos platican en su lengua materna, pero mis hijos, no aprendieron hablar el tu’un savi. No les enseñamos para que no los discriminen”.

El presidente de la Unión de Comités Comunitarios de Tijuana (UCCOT), Ocario Vázquez García, dice que uno de los principales problemas que enfrentan los indígenas migrantes en Tijuana es la discriminación. “La discriminación social antes se acentuaba mucho, pero hemos trabajado para que esto disminuya. Hace 10 años, la discriminación se palpaba en las calles”.

Egresado de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Ocario agrega: “Muchas organizaciones sociales y líderes indígenas hemos desarrollado actividades culturales para mostrarle a la sociedad que no hay dos mundo, muchos menos dos Méxicos (profundo y mágico, como lo plasmó algunas veces Guillermo Bonfil Batalla). Al contrario, hay muchas culturas, pero desconocidas; para que no nos discriminen por desconocimiento, les mostramos lo que somos, nuestra lengua, literatura y artes plásticas”.

Nacido en Pátzcuaro, Michoacán, de linaje purépecha, Vázquez García desde que llegó a Tijuana se convirtió en ferviente defensor de los derechos de los pueblos indígenas y de los derechos humanos de los migrantes en la frontera.

El ahora converso activista habla de la lucha que los migrantes indígenas impulsan desde las calles de las urbes de Baja California: “La conformación de una red de organizaciones indígenas transnacionales es la nueva pauta en la defensa de los derechos de los indígenas migrantes en la frontera; esta red de organizaciones indígenas binacionales de Baja California aglutina diferentes culturas y diferentes lenguas”.

Visibles sólo para la policía

“El principal problema de las comunidades indígenas migrantes es la falta de reconocimiento. Para los tres niveles de gobiernos los indígenas migrantes no existen; de ahí se desprende la discriminación hacia la población indígena radicada en esta ciudad”, sostiene Gustavo Lépez, de la Asociación para la Investigación y Apoyos al Desarrollo Social de Grupos Vulnerables de Tijuana (Apiades de Tijuana A. C).

El tráfico detiene a Gustavo en la avenida Cuauhtémoc. Mientras observa cómo avanzan los coches a vuelta de rueda, reanuda la plática. “No hay programas o dependencias que atiendan los problemas de los indígenas. Ni en el municipio, ni en el estado. Los pocos apoyos que llegan por parte del gobierno federal, van directamente a Ensenada, porque en Tijuana no hay una oficina que se encargue de atender los problemas de los migrantes en esta ciudad”.

Exfuncionario del Instituto Nacional Indigenista (INI) y con una trayectoria en las organizaciones civiles que trabajan con grupos vulnerables, dice que el tema pendiente con los pueblos indígenas migrantes es que el gobierno reconozca la existencia de estos pueblos en Tijuana y en todas las ciudades donde llegan expulsados por la pobreza.

El fundador de la colonia Valle Verde, Valentín Apolinar de la Luz, refuerza la demanda por la constante discriminación y maltrato hacia los migrantes por la policía municipal. “Llegan los policías y se llevan a las mujeres a la cárcel; le quitan su mercancía y dinero”.

A él le ha tocado acudir ante la autoridad municipal para reclamar la libertad de sus paisanos y paisanas detenidos en las garitas y en las plazas públicas cuando salen a vender sus artesanías.

Valentín acepta que en los últimos años la agresión policiaca en contra de las mujeres y comerciantes ambulantes ha disminuido debido, entre otras cosas, a que los hijos de los migrantes indígenas son ahora profesionistas. “Ahora se calmaron un poco porque los hijos de los paisanos, que en aquel tiempo eran bebés, ahora ya son abogados, otros jóvenes son ingenieros, médicos y maestros, por eso la autoridad le mide, porque nosotros ya no tenemos miedo, ya sabemos defendernos”. Agrega: “Antes nos hicieron lo que quisieron, porque con trabajos hablamos el español. Pero poco a poquito, la gente fue conociendo sus derechos. Los de Derechos Humanos vienen a capacitar a la comunidad, a los jóvenes, sobre todo, a veces vienen psicólogos para prevenir la drogadicción. La policía no respeta; cuando te topan en la noche, hacen lo que quieren, más cuando se dan cuenta que uno no habla bien el español; nos quitaban todo; aparte nos golpean, aun cuando no tienen ninguna prueba para acusar a los compañeros. Lo hacen sólo para robar”.

La geografía indígena en Tijuana

Desde la explanada del palacio municipal de la Playa Rosaritos se dejó escuchar la célebre Canción Mixteca de José López Alavés: “Qué lejos estoy del suelo donde he nacido, / inmensa nostalgia invade mi pensamiento; / y al verme tan solo y triste, cual hoja al viento, / quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento. / Oh, tierra del sol, / suspiro por verte, / ahora que lejos yo vivo sin luz, sin amor. / Y al verme tan solo y triste cual hoja al viento, / quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento…”.

Las estrofas se repiten en el escenario donde los jóvenes migrantes se preparan para mostrar lo mejor de ellos en la presentación dancísticas. En los puestos de comidas, varios comensales saborean el mole rojo de puerco. De otra vendimia brotan los olores de los tlacoyos, huaraches, tlayudas y atoles que los indígenas se llevaron a Baja California para no olvidar su origen.

El encuentro de las danzas y la gastronomía se debió a la celebración del Día Internacional de las Poblaciones Indígenas que la Organización de las Naciones Unidas proclamó y estableció en 1994 como fecha para reflexionar sobre las políticas impulsadas por los estados miembros en pro de los pueblos indígenas.

Ahí, el jefe del Departamento para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas del VII Ayuntamiento de Playas de Rosarito, Jesús Romero Martínez, compartió con los visitantes el número de migrantes indígenas en los cincos municipios de Baja California.

“En los cinco municipios de Baja California, Tijuana representa más del 50 por ciento de la población indígena proveniente de los estados del Sur, como Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz y Puebla; el número según el último censo es de 140 mil personas indígenas”.

Con una maestría en derechos humanos por la Universidad Iberoamericana, el funcionario municipal explica el fenómeno que en Playas Rosarito vive comunidad purépecha, en la colonia Constitución; su principal fuente de empleo es la elaboración de piñatas”.

Playas Rosarito, es un municipio de reciente institución en Baja California, antes pertenecía a Tijuana; y las organizaciones indígenas nacieron en la ciudad fronteriza, pero cuando se instituye como nuevo ayuntamiento los indígenas migrantes también se fragmentaron; sin embargo, este municipio fue el primero en crear una comisión de Atención a Indígenas Migrantes, que encabeza el regidor del partido Movimiento Ciudadano, y un Departamento que depende de la Secretaría General del Ayuntamiento.

Nacido en la comunidad purépecha de Santa Cruz Sanalco, municipio de Cherán, Michoacán, Jesús Romero dice que en la colonia Constitución los purépechas tienen un centro comunitario y una iglesia, jardín de niños, una primaria donde practican su lengua materna: purépecha.

Las colonias de migrantes las encabeza la Obrera, donde viven los ñuu savi de Oaxaca. Le sigue el Pedregal de Santa Julia, Loma Bonita Norte, Valle Verde y Sánchez Taboada; en estos asentamientos se concentran la mayor población indígena.

Fiestas migrantes

Los ladridos de los perros obligan a Francisca y al reportero a cambiar el lugar de la entrevista. Cuando reinician la plática, la promotora de salud habla de las fiestas tradicionales.

“En la colonia festejamos el 3 y 4 de octubre; es muy bonito porque empieza desde el primero de septiembre; los vecinos entregan flores y velas en la iglesia cada domingo; el mero día hay eventos deportivos y las mayordomías ofrecen comidas, por la noche hay castillo y baile”.

En la asamblea comunitaria se nombran los nuevos mayordomos para que organicen las fiestas de cada año. Este cargo se va rolando. Ante la ausencia de comisario, los mayordomos y el Concejo de los Señores Principales asumen el mandato comunitario; son ellos los que reciben y resuelven las denuncias que los vecinos les presentan.

“No sé si todo lo que hay en el pueblo se trajo a Tijuana. Por ejemplo, las bodas siguen siendo igual como en Xochapa; aquí en la colonia, todos los niños cantan el himno nacional en tu’un savi (mixteco) en la escuela”, comparte Francisca.

Mientras saboreamos birria de chivo, Ocario habla de la fiesta tradicional de Pátzcuaro. “No he perdido mis raíces; he estado revisando las historias sobre las fiestas patronales en mi pueblo, para no perder los detalles como purépecha. Hablamos nuestras lenguas y organizamos una banda de música de viento, pero igual se disgregan por las mismas necesidades de movilización que tienen; unos se van a trabajar a Estados Unidos”.

Las raíces de los purépechas se siguen conservando, dice Ocario, porque cuando salen de sus comunidades de origen se traen todo. “Traemos nuestras raíces tal como las arrancamos, porque aquí desarrollamos fiestas y mayordomías para que no olvidemos de nuestras costumbres y fiestas patronales o participando en ellas; seguimos impulsando cosas que nos permiten sentirnos cerca del terruño: servicio comunitario. Por ejemplo, en las fiestas patronales tenemos los cargueros que son los que se encargan de recabar los recursos y de organizar las festividades”.

Ocario se remonta a los santos migrantes que se llevaron a Tijuana para las fiestas en las colonias. “La Virgen de las Nieves y la Virgen de Juquila son las imágenes religiosas que los purépechas festejamos”.

“Aquí festejamos a San Francisco de Asís; es el santo patrón de Xochapa. Para organizar la fiesta nos reunimos para elegir a los mayordomos, antes tenemos que visitar a los que creemos que pueden aceptar el cargo”, explica Valentín Apolinar.

El también integrante del Concejo de los Señores Principales narra cómo se construyó el Centro Comunitario: Fue “siempre complicado porque no había terreno; en 1996 empecé a gestionar ante el Ayuntamiento; nos pidieron que nos constituyéramos en una asociación civil y así lo hicimos».

Una vez que consiguieron el predio, los colonos se organizaron para construir el local con la cooperación de la comunidad de Valle Verde. El Centro Comunitario cuenta con una sala de cómputo para estudiantes, un consultorio médico, un taller de corte y confección y el salón donde sesiona el Concejo de Señores Principales, que Valentín llama comisaría.

Una vez que terminaron la construcción de la planta baja de lo que hoy es el Centro Comunitario, en una asamblea comunitaria los ñuu savi de Valle Verde decidieron construir una capilla para el santo patrón; cuando concluyeron la construcción del santuario, de inmediato formaron la banda de música de viento.

“Los muchachos no sólo tocan en la banda, sino que también organizaron varios grupos musicales y participan en la fiesta patronal. En la fiesta la banda toca música de Xochapa; se pone muy bueno. En 2008, conseguí un autobús para que los muchachos viajaran a nuestro pueblo a conocer la fiesta. Esa vez fue para presentar a los músicos con el comisario y el Concejo de Principales”, narra el luchador social.

En Valle Verde viven unos dos mil na savi que llegaron de los municipios de Cochoapa el Grande, Atlamajalcingo, Xalpatlahuac, Metlatónoc y en su mayoría de la comunidad de Xochapa, municipio de Alcozauca; todos, de la región la Montaña.

La Jornada