Mujeres migrantes, víctimas y victimarias

Arriaga, Chiapas.- Alejandra abraza de forma protectora  a Marta, una mujer que ya ronda los 30 años. La guía por las vías del tren, le dice por dónde subirse a los vagones, en qué lugar sentarse, la actitud que debe mostrar ante quienes se acercan, en su mayoría hombres.

Juntas recorren el trayecto de 12 horas que lleva cruzar en tren la distancia que va de la ciudad de Arriaga, Chiapas, a Ixtepec, Oaxaca. En ese lugar permanecen un día. Luego, ambas mujeres, originarias de Honduras, suben al vehículo de un hombre que, dice Alejandra a su compañera, las llevará al centro del país.

Marta no lo sabe, pero a partir del momento en que aceptó la guía de Alejandra, su futuro es incierto. Alejandra tiene 15 años y un cuerpo de niña. Ha trabajado en diversos prostíbulos y recorrido en varias ocasiones la ruta del tren que abordan los migrantes para atravesar México. Actualmente Alejandra cumple el rol de “reclutadora” o enganchadora”, término que se utiliza para, quienes mediante amenazas o engaños, recluta personas para explotarlas sexual o laboralmente.

Mujeres, principales víctimas de trata de personas

La trata de personas se considera una forma moderan de esclavitud, y en México, sus principales víctimas son migrantes, señala el estudio “La trata de personas en México: diagnóstico sobre la asistencia a víctimas”, elaborado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Para el año 2010, al menos 12.3 millones de personas serían víctimas de trata en todo el mundo. Más de la mitad son mujeres y niñas.

El documento que fue presentado en junio pasado, contiene el análisis derivado de 165 casos de trata que la OIM registró entre los años 2005 a 2009, en las ciudades de México, y el estado de Chiapas. Los casos estudiados dan cuenta del perfil general de las víctimas, y del modus operandi de los tratantes, lo que le ha permitido a las autoridades y organizaciones sociales implementar acciones de prevención y combate a esta problemática.

La OIM  ubicó que el 80% de las 165 personas víctimas del delito de trata o de tentativa de trata, eran niñas y mujeres de entre  8 y 22 años, aunque también ubicó el caso de una personas de 50 años de edad. El 76.7% de las mujeres víctimas de trata son originarias de Centroamérica, provienen de zonas rurales y suburbanas de países centroamericanos.

Casi en el 90% de las víctimas –señala el estudio- antes de ser sometidas a la trata experimentaron violencia dentro del ámbito familiar, social, laboral o vivieron bajo condiciones externas de inseguridad y conflictos en sus países.

De acuerdo al testimonio de las víctimas, existen principalmente 35 destinos de explotación en México. Destacan los centros urbanos de Chiapas (Tuxtla Gutiérrez, Tapachula y Frontera Comalapa), y los estados de Tabasco, Quintana Roo, Veracruz y el Distrito Federal.

Las modalidades de explotación más reveladas fueron la laboral y la sexual, aunque la IOM identificó el reclutamiento para cometer delitos menores o de bajo nivel, la servidumbre en el matrimonio y la falsa adopción de niños.

Víctimas y tratantes

En febrero de este año Keylin  fue localizada cuando personal del Instituto Nacional de Migración y policías estatales realizaron un operativo en un bar del municipio Frontera Comalapa. Keylin era obligada a “fichar” y prostituirse. Su caso fue emblemático porque hizo evidente las denuncias en torno a la cadena de tratantes de personas que operan en Chiapas, y la línea de corrupción que la hace posible.

De acuerdo al acta administrativa 132/FS05/2011, iniciada por la Fiscalía Especializada en Delitos Cometidos contra Migrantes, dependiente de la Procuraduría de Chiapas, Keylin tenía 16 años cuando cruzó la frontera entre México y Guatemala.

En su declaración ministerial, la migrante narra que en octubre de 2010 ella y otra compatriota suya salieron de Honduras y llegaron al lugar llamado La Mesilla, uno de los cruces fronterizos formales entre México y Guatemala. En ese lugar se acercó a ellas otra hondureña de nombre Nataly, de 15 años de edad, quien les propuso ir a trabajar “en un lugar donde vendían comida”, dentro del territorio mexicano.

“Yo acepté. Nataly traía a otras dos menores (…) cruzamos frente a la caseta migratoria, tomamos un taxi y como en el transcurso de una hora llegamos a un lugar llamado Los Delfines. Al bajar del taxi me percaté que se trataba de un bar, le reclamé pero me dijo de forma muy agresiva: ‘de todos modos tienes que entrar porque ya pagué por ti’.

“Nataly entró a hablar con una señora llamada mamá Meche, y su esposo, papá Coqui, los dueños del bar. Luego ellos nos dijeron que cada una les debíamos 5 mil pesos porque habían pagado en los retenes para que pudiéramos llegar hasta ese lugar”.

Keylin cuenta que las tres migrantes –todas de origen hondureño- fueron llevadas a una “cuartería” o vecindario, y puestas al cuidado otra joven, quien tenía las llaves de acceso. “Al día siguiente, a las 10 de la mañana, nos llevaron de regreso a Los Delfines. Nos dijeron que íbamos a sentarnos con los clientes y a cobrar 80 pesos por cada cerveza que tomáramos, 40 pesos era para mamá Meche y los otros 40 para nosotros, para pagar la deuda que nos estaban cobrando”.

En su declaración, Keylin explica que el primer día tuvo que tomar 17 cervezas durante la convivencia con los clientes, y antes que terminara la jornada, uno de los parroquianos pagó 800 pesos a los propietarios del bar, para tener relaciones sexuales con ella. La sacó del lugar, la llevó a un hotel, y luego la regresó.

“Y así pasaron los días y yo seguía trabajando en ese bar y prostituyéndome obligadamente por mamá Meche, quien me amenazaba que si yo trataba de huir, no me extrañara que apareciera en la frontera (…) los días que yo no generaba ingreso mandaba a Yeni (otra migrante prostituta) a que me golpeara”.

Un mes después de su llegada, la propietaria del bar “vendió” a Keylin por 4 mil pesos, con un hombre llamado Levis, dueño de tres cantinas. “Ahí conocí a unas personas que trabajaban de ministeriales (policías investigadores), con quienes tuvo relaciones sexuales”.

En su declaración judicial, la migrante hondureña narra que en ese periodo también tuvo tratos con una persona que identificó como el delegado del Instituto Nacional de Migración (INM) en el municipio de Frontera Comalapa, “con quien tuve relaciones de novios aproximadamente dos meses (…) me prometió que regularizaría mi legal estancia en este país, así como también mandaría traer a mi hijo, el cual se encuentra en Honduras”.

Las promesas no se cumplieron. Keylin logró finiquitar su “deuda” con Levis, pero explica que al irse a vivir fuera del control del propietario de las cantinas, fue contactada nuevamente por Kimberly, quien la llevó a trabajar a otro bar, esta vez de forma independiente, “de 10 de la mañana hasta las 2 o 4 de la mañana del día siguiente”.

“Conforme fue pasando el tiempo me di cuenta que el Doctor Fidel –propietario del bar- no me pagaba. Cuando le reclamé me golpeó. Me dijo en tono agresivo e insultándome que yo le hiciera como quisiera y que no me pagaría nada. Él y su pareja llamada Ivania, de Honduras, eran los que me golpeaban y me obligaban a prostituirme, por lo que decidí escapar”.

Una vez afuera, “una amiga también de Honduras, me llevó a trabajar al bar El Ranchero, pero ese día que llegué personal de migración hizo el operativo y fue que me detuvieron”, narra la migrante.

En el proceso penal que se siguió por este caso –que dio a pie al cese del delegado del INM de la zona- la menor de edad dio cuenta del modo de operación de los tratantes. Explicó que las migrantes jóvenes son enviadas a la frontera a reclutar a sus compatriotas, obligadas bajo amenazas a “cuidar a las nuevas”, e imponerles castigos.

La OIM concluyó que a pesar de poder salir de los bares y transitar en los lugares cercanos, las amenazas y “deudas” contraídas por cruzarlas en la frontera, les impiden a las víctimas de trata escapar.

Luego, lo que les hace seguirse quedando en los lugares donde fueron enganchadas, y repetir el sistema de explotación del que fueron víctimas, es el miedo a adentrarse más en el país y ser deportadas, la inercia del “trabajo seguro”, y en algunos casos los embarazos no deseados.

Las redes “familiares”

En su estudio, la OIM señala que en los grupos dedicados a la trata de personas, hay estructuradas bien organizadas en la que cada miembro se especializa en una parte de la cadena del proceso de la trata: captación, enganche o reclutamiento;  traslado; y explotación.

El estudio indica que el 49% de quienes reclutan o enganchan a las personas víctimas de trata, son desconocidas; el 45% son conocidas con quienes tienen algún vínculo cercano o familiar.

El organismo internacional señala que en el 62% de los casos que estudió, la figura del tratante estuvo representada por una mujer. Pueden cumplir el rol de quienes enganchan, quienes trasladan y resguardan, o ser directamente quienes explotan. En una cuarta parte se observó la participación de ambos sexos, el resto fueron hombres los tratantes.

Según el estudio derivado de entrevistas a las víctimas, a organizaciones que las apoyan, y a autoridades, la OIM concluye que la participación cada vez mayor de las mujeres, en al menos una de las etapas del proceso de trata, forma parte de las tendencias internacionales actuales de esta problemática.

Este indicador, señala la OIM, desmitifica la idea de que los tratantes son exclusivamente del sexo masculino. En la actualidad existen cada vez más mujeres que actúan junto con hombres como reclutadoras o enganchadoras. Ello responde a que las mujeres tienden a generar con mayor facilidad espacios de confianza con otras mujeres o niñas.

En la mayoría de los 165 casos analizados, al inicio las víctimas no se resistieron a la explotación. Muchas veces confiaron en las personas que las llevaron, debido a que los métodos de reclutamiento son el ofrecimiento de trabajo, el enamoramiento, la venta por parte de algún familiar, o amenazas y secuestro en menor medida.

Luego, al detectar las víctimas de trata irregularidades e inconsistencias cuando son trasladadas de un lugar a otro,  empiezan a sospechar y, poco a poco, logran darse cuenta del engaño del que fueron objeto.

La OIM detectó que muchas veces, se percatan de que están bajo la custodia de sus captores y de que seguir con ellos es la única manera de permanecer con vida; “entonces, el deseo de escapar se convierte en una necesidad secundaria ante la de sobrevivir”.

Del total de las víctimas asistidas, sólo veinte emitieron denuncias en contra de los tratantes.

“Ellas llegan solas, porque en mi país muchas quieren salir”

Dice que se llama Giovana. Mi acompañante la invita a sentarse, me mira recelosa (por ser yo mujer), pero acepta. De inmediato se recarga en él, de forma melosa, y le advierte que ella cobra 80 pesos “la ficha” (cada cerveza o copa de licor que tomará con nosotros).

En el bar, ubicado en la zona sur oriente de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, hay al menos otras cinco mujeres como ella, sirviendo, sentadas con los parroquianos, o bailando con ellos en los minúsculos espacios que hay entre mesa y mesa.

El imaginario de la prostituta, de la “fichera” que se asienta en las llamadas zonas rojas o zonas de tolerancia, se viene abajo en Chiapas. Los bares, cantinas, “antros” o discotecas se encuentran en casi cualquier lugar, y en una cantidad importante de ellos hace presencia este sector, a  veces de forma sutil, en otras evidente.

Se encuentran desde las 10 o 12 de la mañana y “hasta que se va el último cliente”. No se esconden, no se visten de forma extravagante, basta una blusa entallada y con escote. Hacen las veces de meseras, de ficheras o de prostitutas, según lo pida el consumidor.

Giovana entra en confianza, accede a la plática y las confesiones. Cuenta que viene de Honduras, que fueron su hermana y otra migrante de origen nicaragüense, quienes la trajeron a México, junto a otras mujeres.

Giovana ve a su hermana como un ejemplo exitoso de vida. Ella también quiere quedarse a vivir en esta ciudad, comprar una casa y traer  a sus dos hijos, que se quedaron viviendo en Honduras. Dice que vivir en este lugar es mejor que la vida que llevaba en su país.

Sueña con tener su propio negocio. Dice que basta alquilar una vivienda con una sala o un patio amplio, hacer el acuerdo comercial con una cervecera que deje en comodato algunas sillas y mesas de plástico, y surta de cerveza. Los permisos legales para operar un “bar” se subsanan con “cuotas extraordinarias” a los inspectores, en especie o efectivo.

¿Mujeres? Ellas, señala, “llegan solas, porque en mi país muchas quieren salir”

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