Manuel Ortiz Guerrero: su vida, el mejor poema

Manuel Ortiz Guerrero: su vida, el mejor poema

Por Oscar Lescano Barret0

Fue la ciudad de Villarrica la que acunó sus primeros versos, inspirados en el campo y el paisaje del majestuoso Yvytyrusu.

Villarrica, capital del departamento de Guairá, fue la cuna donde Susana Guerrero perdió la vida al dar a luz al gran Manuel Ortiz Guerrero, un 16 de julio de 1894, y fue criado por su padre, el juez de campaña de varios pueblos Vicente Ortiz y su abuela paterna, doña Florencia Ortiz.

Siendo muy joven participó junto con su padre en la revolución de 1912. Al resultar vencidas las fuerzas revolucionarias, deambuló con él por las selvas de Mato Grosso (Brasil), donde contrajo el beriberi (enfermedad producida por carencia de vitamina B1, tiamina), antesala de la enfermedad que más tarde lo aislaría del resto: la lepra.

Esta enfermedad obligó a Ortiz Guerrero a alejarse de la sociedad y vivir de forma aislada, en su Villarrica natal. Pero su producción literaria no se detuvo, siguió escribiendo.

Manuel cursó la primaria y parte de la secundaria en Villarrica, completando sus estudios en Asunción, en el Colegio Nacional de la Capital, y también escribió para algunos diarios y revistas literarias. Su obra en castellano recibió las influencias de Rubén Darío, aunque sus mejores trabajos los escribió en guaraní. Algunos versos alternan ambos idiomas. Su estilo no fue uniforme.

Fueron sus compañeros relevantes figuras de las letras paraguayas como Natalicio González, Leopoldo Ramos Giménez y Facundo Recalde.

Entre sus trabajos se encuentra gran cantidad de poemas, varias de ellos convertidos en canción de la mano de José Asunción Flores, como la popular “India”. Poemas y canciones “Delirio de Pizzicato”, “Endoso Lírico”, “La amarga plegaria de unos labios en flor”, “La Amada Inefable”, “Ne Rendápe Aju” y muchos otros más que forman parte de nuestra rica historia lírica.

Entre sus obras también se destacan obras teatrales, en guaraní y en castellano, como “El Crimen de Tintalila”, tragedia en tres actos (Asunción–1922), y “Eirete” (Villarrica–1920).

“La inspiración de Ortiz Guerrero está ligada a la de José Asunción Flores, en el folklore de la tierra de Tupá, con poderosos vínculos. El poeta recogió en su oído sensitivo los ritmos de la selva a través de la expresión de sus andariegos hijos: esos carreteros que llevan en los labios el canto reminiscente, distrayendo la monotonía de la marcha”, expresa en una de sus ediciones la Revista Campaña Nacional del Ñemorandu.

El también poeta Vicente Lamas define a Manuel Ortiz Guerrero con esta frase: “Fue excelso vate, y su mejor poema fue su vida”.

A causa de la triste enfermedad que le aquejó desde joven, Manuel Ortiz Guerrero apaga la luz de su vida a la edad de 39 años, en el año 1933 en Asunción y sus restos actualmente descansan en la tierra que lo vió nacer: Villarrica.

Toda su obra quedará para siempre impregnada en la cultura paraguaya como uno de los pocos representantes paraguayos de la corriente del modernismo, y su legado permanecerá inmortal forjado entre selvas, soles, tierra y brisas del Yvytyrusu.

Al poeta

 

Luminoso charrúa de los versos fragantes,

fue muy larga, muy larga, para mí tu tardanza:

de mirar tanto el río, de tu arribo anhelantes,

hoy ya tienen mis ojos un color de esperanza.

 

Visitante llegado de una tierra sonora

a esta otra historiada de perfume y leyenda;

cárganos las espaldas con tus fardos de aurora:

para nuestras heridas déjanos una venda.

 

Allá, poeta, en loma que tu mirada abarca,

está el árbol solemne cuyo tronco fue asiento

del Artigas proscripto, de aquel gran patriarca

que unir quiso la América en un gran pensamiento.

 

Aquel árbol, poeta, dice algo al oído,

algo de tu leyenda, semejante al latido

de algún gran corazón,

porque allí el patriarca, como fantasma herido,

memoraba en cien noches su gran sueño perdido,

enfermo de nostalgia y de desolación.

 

Olvidé de decirte que en una tarde lila

he visto a tu indio dulce de paso por aquí:

Tabaré melancólico de verdosa pupila,

en busca de su hermano perdido, Guaraní.

 

Oh mártires sin nombres, sin gestos y sin huellas

que muerto habéis ya siglos y os enterró el olvido:

el vate por vosotros sus llantos ha vertido

en vuestro sacro abismo como caer de estrellas…

 

Ataviado, poeta, de tus versos fragantes,

Tabaré se ha perdido en la azul lontananza

y… también es por eso: de su vuelta anhelantes

que hoy ya tienen mis ojos un color de esperanza.

 

ABC Portal Guaraní

Categories: Literatura, Paraguay, Poesía