Tepito Arte Acá y Daniel Manrique

Tepito Arte Acá y Daniel Manrique

(Acompañan a este texto biográfico, fotografías del  monumental y último mural realizado por el artista  en “Los Palomares”, el año 2009, en el barrio de Tepito, Ciudad de México.)

A Daniel Manrique Arias (1939-2010)

Desde muy chico le dio por dibujar, como para evitar el dislocado cosmos en que lo parieron; en particular, le daba la vuelta a ese universo que rebullía en una pequeña habitación de tres por tres metros (por cinco de alto) repleta de seres desahuciados. Daniel, apenas abriendo los ojos, se había hallado siendo parte de procelosas e impías imágenes, que incluían los excusados colectivos que supuraban excremento en el patio de aquella vecindad donde aún hoy se disgregan los recuerdos de su infancia, de su juventud y de sus primeros años de adulto, cuando a su madre, Ángela Arias, se la llevó su hija mayor y el Chinillo, Esteban Manrique, su padre, se fue a refugiar, a extinguirse, en el último cuarto abandonado de la mísera vecindad.

Por aquellos años, Daniel estuvo a un paso de morir de hambre. Su decisión de no volver a ejercer ningún oficio que no fuera el de pintor de lienzos y murales, lo llevó a ese límite. Por fortuna, algunos mendrugos ofrecidos por sus vecinos lo salvaron. Así pudo, cobrando barato, continuar pintando retratos para sus amistades.

Aquello aconteció cuando ya tampoco vivía la tía Panchita, la mujer que una tarde salió a caminar para distraerse de tanto apuro que se amontonaba sobre su bondad. Lo bueno fue que resultó recompensada porque, de chiripa, recibió unas monedas de limosna. Ella se había sentado en un quicio para reposar sus pies cansados, según comentó más tarde.

La fatigada mujer, lo primero que hizo al llegar al cuarto -donde se mantenía con su venta de tamales junto a todos los familiares que se le arrimaban; incluida la familia del Chinillo, con su mujer y sus tres hijos- fue darle ese dinerito a su sobrino para que continuara con su vocación. Tal acto parece ser que, en definitiva, encaminó al joven Daniel hacia su sino, quien en un hecho fortuito logró inscribirse en La Esmeralda, en un taller libre para trabajadores, porque según su consideración, para lograr lo que él quería no necesitaba un certificado de preparatoria, del que carecía, como se lo exigieron en la Academia de San Carlos y ahí mismo, en La Esmeralda.

Durante esos meses también aprendió el oficio de tornero en algún curso impartido en el Politécnico. Con tal de continuar con sus clases, anduvo de aquí para allá, de allá para acá en talleres de mala muerte. En el último de éstos se enamoró de la hija del propietario del taller. Era bien delineada según los parámetros estéticos, clásicos, del joven Daniel. Sólo que un día no hubo más chamba…

Y por ello, tal vez, esa joven mujer se convirtió en alguna musa que de La Esmeralda llevó a Daniel Manrique al (que aborrecería) Jardín del Arte, poco después que de casualidad se había encontrado con Antoni Tàpies, líder del informalismo español, impulsor de la idea de que la materia es el valor principal antes que la forma; de ahí que sea denominado representante de la tendencia matérico informalista en la pintura internacional y en particular en la española moderna y precursor del arte povera. Daniel lo halló en un librito amontonado en un puesto callejero de Tepito. Las imágenes impresas bastaron para que el joven Daniel se identificara con esa tendencia artística.

Entretanto en el Jardín del Arte no lo tomaban en cuenta. Y ni siquiera lo pelaron cuando a los líderes de ese lugar se les ocurrió que había pintores de primera, de segunda y de tercera categoría. A los de segunda con trabajos se les admitiría, pero a los últimos ya no se les permitiría exponer en el Jardín del Arte. Y éstos, entre los que ni siquiera Daniel estaba incluido, se le acercaron para proponerle que formaran otro grupo antagónico al de las “elites” que los habían querido borrar del mapa de los “artistas”.

Por fortuna, un conocido de uno de ellos, viajero, con contactos en Europa y con palancas en las instituciones culturales del país, consiguió que expusieran en la Galería José María Velasco, en los linderos del barrio de Tepito. Pero ahí también se toparon con condiciones. La directora de este sitio, rechazó a algunos de los rechazados. Aunque uno de ellos no fue Daniel Manrique. Pero, debido a ello, él también fue acusado de culero por los rechazados doblemente. Asimismo, para continuar con los rechazos y las aceptaciones, los exponentes aceptados fueron rechazados cuando acudieron a invitar a la Comisión del 40 de Tenochtitlán para que asistieran a la exposición Visite Tepito, conozca México

No obstante, en el año de 1973, la inauguración se hizo en grande, pues se creó una vecindad “matérica”, texturas, colores, olores (de los asistentes). La Changa, sonidero de abolengo tepiteño, hizo la fiesta. Asistió la crema y nata de la sociedad tepiteña.

Y después del sonado éxito, los amigos del Casco (pintor acá también tepiteño participante en Visite Tepito…) quisieron hacer una exposición de ese nivel, pero en las paredes exteriores de sus vecindades. Algunos de los participantes en la exposición de la galería José María Velasco, ya no quisieron continuar. Bernal, el Casco y Daniel sí lo hicieron. Durante esos días empezaron a buscar el nombre de la exposición y por consiguiente del movimiento pictórico que se estaba creando en el barrio.

Daniel propuso que se denominara Arte Acá. Aunque aún no tenía la argumentación de su choro, más adelante, entre otras ideas, se refirió, en su propuesta de una arquitectura acá, al cuerpo humano como primera casa que tiene continuidad en el piso de la vivienda que lo alberga, en las cuatro paredes que lo rodean, en el techo que lo cubre, y continúa en el patio al aire libre, en la vecindad, y prosigue en la calle, en el barrio, en la ciudad y, finalmente, en el país entero como parte del “hogar” del ser humano; y, con esta concepción, nos lleva a la convivencia entre iguales; y prosigue, de la misma manera, denominando al arte como referencia y base de todo conocimiento; y a las manos creadoras y a los oficios como procuradoras de bienes para el género humano, no para el enriquecimiento de unos cuantos…

Así nació el Tepito Arte Acá, que en sus inicios sólo fue Arte Acá. Pero algo aconteció, pues desde ahí mismo, Daniel empezó a perder compañeros de viaje. El Casco se apartó y se dedicó, más que nada, a realizar sus excelentes pinturas en bastidor. Bernal aparecía nada más cuando era llamado para trazar en la calle Florida o en Tenoctitlán o en Fray Bartolomé de las Casas.

Hasta que no fue llamado más. Así, Tepito Arte Acá, entre premios, participación en luchas sociales (como lo hizo en contra del oficialista Plan Tepito), reconocimientos y acontecimientos afortunados o desafortunados, ha llevado a Daniel Manrique a Canadá, en dos ocasiones, a Francia, a España y, recientemente, en 2006 y 2009, a la Argentina, a un congreso de muralistas (donde encontró, en su primer visita, uno de sus murales que creía extraviado en Canadá).

En sus visitas a Canadá pintó tres murales (como siempre, casi de violín) en la Universidad Simón Fraser. Fue a Toronto y luego a la Universidad de Hamilton, esto en 1981. Un año antes en 1980, había estado también en Toronto, en compañía del argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, para develar uno de sus murtales auspiciado por argentinos y chilenos víctimas de las dictaduras de sus países.

Poco después, la historiadora de arte Gisele Provost -que había leído Des Murs dans la Ville de Gille de Bure, en donde aparecen tres murales de Daniel Manrique pintados en la vecindad de Florida 17 del barrio de Tepito (hoy desaparecidos junto con la vecindad original dañada por los sismos del 85)- entrevista al pintor y, poco más adelante, promueve el intercambio entre dos barrios populares, uno francés, La Saulaie, y otro mexicano, Tepito.

El 3 de noviembre de 1983, a las 19:30 horas, se inauguró el mural colectivo del Arte Acá  y el grupo Populart en el Instituto Francés para América Latina (IFAL). Lo inauguró el embajador francés Bernard Bochet invitado por el agregado cultural George Couffignal.

En abril de 1984, los mexicanos partieron hacia Francia. Iban Daniel Manrique y Brisa (amada e insustituible compañera del pintor), Carlos Plascencia y su mujer, y dos o tres parejas más. Arribaron temprano al aeropuerto de Orly, en Paris. Casi de inmediato, tuvieron una entrevista con el alcalde de Oullins y en seguida se fueron a La Saulaie, donde no tuvieron casi nada que ver con el grupo Populart, pero sí con un barrio formado por emigrados que constantemente arriban a Francia: árabes, italianos, latinoamericanos, españoles, africanos.

Ahí Daniel Manrique pintó murales en anchas paredes y altos muros. Entretanto, los principales de Oullins, inauguraron una calle con el nombre de Tepito en ausencia de Daniel Manrique, principal representante del Tepito Arte Acá. Por ello, se engendraron disgusto y enemistades irreconciliables. Pero se mantuvo inamovible la entrañable amistad de Carlos Plascencia y Daniel Manrique.

Una vez terminados los trámites acordados, Daniel fue al Centro Cultural Ponpidou y al Museo Louvre, para presentarse ante la Mona Lisa (a quien más adelante, con humor, él agregaría en la mano derecha un gesto: los clásico caracoles dirigidos al público que la admira), y paseó por Les Champs Elisees.

Al regresar de Francia se apresuró a degustar su sempiterno café en la mesa de un restaurante de la colonia Guerrero, donde lo encontró un dirigente de Campamento Unidos. De mutuo acuerdo, pintó murales para esa organización. Y más tarde en el Pedregal de Santo Domingo de los Reyes, participó en “choros y alegatos de cómo construir un centro cultural, La Escuelita Emiliano Zapata.” De pasada, en decenas de cuadros pintó la epopeya de los colonos del inhóspito pedregal de Coyoacán.

En 1992, Heins Dieterich invitó a Daniel Manrique a viajar a España para realizar un mural monumento. Pero antes de partir debía pintar cinco mantas con el tema de la contra celebración de los 500 años de la invasión europea y como miembro de honor del Foro Emancipación e Identidad de América Latina. La Patria Grande.

Como preámbulo, en la ciudad de México, ante, entre otros, Rigoberta Menchú, Sergio Méndez Arceo, Gregorio Seltser, Juan Boch, Daniel Manrique lanza su “choro teórico”, en oposición a lo expuesto por sus predecesores en el micrófono, en particular a lo dicho por Juan Boch, ex presidente de Santo Domingo: “No  puede haber un desarrollo económico porque no hay, no existe, no puede existir un desarrollo político, ¿y saben ustedes, y sabe usted señor Juan, por qué no existe un desarrollo político? Porque no existe crítica artística.” […] “Aquí, en México, como en toda América Latina no existe el concepto de arte como base principal del pensamiento, esto quiere decir que no hay conocimiento, no hay ciencia ni técnica.”

Una vez lanzado su choro, Daniel se marchó a Puerto Real, en Cádiz, España. Dos artistas latinoamericanos crearían el mural monumento, Oswaldo Guayasamín, de Ecuador, y Daniel Manrique, de México. Cancelado el trámite, se fue a viajar por España en compañía de Heins Dieterich.

En Madrid, visitó varias veces el Museo del Prado. Conoció mucha de la pintora española que era desconocida para él. Una vez “empapado” de pintura hispana,  regresó al barrio. En donde, en el año 2003, en el Centro Cultural Comunitario Lagunilla Tepito, develó una placa en su honor. En su discurso, pidió a la parte oficial que quería honrarlo, según exaltadas palabras, que mejor le dieran muros, pintura (apoyo económico, se entiende). Pero nadie respondió a su solicitud, como casi siempre le sucedió…

Porque hasta ahora, sin doblar las manitas, acechado por la miseria como siempre (en ocasiones no cuenta con alguna moneda para pagar su pasaje en el micro), este maestro pintor, casi setentón (nacido en 1939), calvo, con lentes, moreno, cuerpo de luchador, bajo de estatura, vestido de negro, orgullosamente ha cumplido con su íntimo propósito pesimista (que lo pintaría, de cuerpo entero, en uno de sus murales): “Como triunfo, me propuse fracasar. Me dije, si me propongo como meta fracasar, me cai de madre que sí la hago. Desde entonces todo lo que hago, lo hago para fracasar.” Y ha fracasado en grande, el cabrón, y con ello, incluida la paradoja, como él lo supuso, ha logrado triunfar.

Hoy, tres años después de impreso este escrito y en el año de su fallecimiento, recibió reconocimiento general, incluso en su barrio –al que seguramente, entre sus últimos pensamientos, le dijo: “ai la vemos”, como despedida que no lo es, en las primeras horas del 22 de agosto del año 2010.

Diego Cornejo Choperena (septiembre 2007 y noviembre del 2010.)

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