Atahualpa Yupanqui: “Amo la luz, el río, el silencio y la estrella”

Atahualpa Yupanqui: “Amo la luz, el río, el silencio y la estrella”

El nido y las ramas

“El primer deber del hombre es definirse; ubicarse como testigo de un viejo pleito entre la mentira y la verdad”. Con esa autoimposición vivió Atahualpa Yupanqui hasta que en una noche de mayo de 1992 murió mansamente en la ciudad de Nimes, al sur de Francia. Había nacido 84 años antes, muy lejos de allí y con otro nombre, distinto al que después popularizara su talento.

Héctor Roberto Chavero nació el 31 de enero de 1908 en la ciudad de Pergamino, provincia de Buenos Aires. Allí, en ese mundo criollo de principios de siglo, vivió una niñez moldeada en la tradición familiar y, junto a las peonadas de las estancias, empezó a descubrir simultáneamente la dignidad y las carencias de los trabajos.

“Soy hijo de criollo y vasca; llevo en mi sangre el silencio del mestizo y la tenacidad del vasco”, dijo en una oportunidad recordando su origen. Su padre, un paisano de sangre quechua, recorrió los rincones de la Argentina con su trabajo en el Ferrocarril. Viajaba con su mujer, sus tres hijos y dos baúles repletos de libros. Entre ellos, perdido entre tantas novelas, figuraba un libro de Federico Nietzsche que, con el tiempo, marcaría a fuego a Atahualpa. Tenía trece años y leyó una frase que nunca más olvidaría: “Los acontecimientos más grandes no son los más ruidosos, sino nuestras horas más silenciosas”.

También a los trece años decide cambiar su nombre para siempre. “Había empezado a escribir una monografía sobre los doce incas. Y, en esa época, comencé a firmar ingenuos versos. Como era tímido e introvertido los firmaba con el seudónimo de Atahualpa Yupanqui. Son los dos nombres de los dos últimos grandes caciques indios que existían a la llegada de los conquistadores”. Pero, sin proponérselo, el significado de la palabra Yupanqui ofició casi como un presagio: “Has de contar, narrarás”, es lo que este vocablo quiere decir en la lengua amauta.

 La guitarra

Unos años antes, en uno de los tantos viajes, la familia se mudó a Taif Viejo, un pueblo de la provincia de Tucumán. Allí, un cura vasco llamado Ricardo Rosaenz enseñó a Yupanqui las primeras nociones de violín. Pero las lecciones duraron hasta que el maestro sorprendió a su alumno tocando una vidalita… A partir de ahí, con la familia Chavero instalada en la ciudad de Junín, Atahualpa empezó a recorrer todos los días a caballo los 14 kilómetros que lo separaban de la casa de su maestro de guitarra, Bautista Almirón, un criollo parco que le enseñó poner las manos sobre el instrumento, “la actitud física de ahuecarse uno para que entre la guitarra “.

En la serie de viajes que la familia hacía siguiendo los destinos que le asignaban a don Chavero, a Atahualpa comenzaron a llamarle la atención “las diferentes maneras de hablar, de vivir y de hacer, de construir la vida y las muy variadas palabras que tienen las diferentes regiones”.

Aquellos viajes dejaron profundas huellas en la piel de Yupanqui. Toda su obra posterior estuvo dirigida a interpretar la música del sur, del norte andino y del litoral argentino. De Tucumán lo sedujeron sus zambas; de Santiago del Estero las chacareras y vidalas; de La Rioja amó sus chayas y sus vidalas dolorosas; de Córdoba lo atrajo la picardía de sus gatos.

La ductilidad fue su característica. Supo desempeñarse como director de un diario de pueblo en el que ofició también de redactor y corrector, trabajó en una escribanía y fue minero tres meses hasta el día que, con un amigo, decidieron buscar tesoros ocultos en el norte argentino.

En aquellas soledades se topó con un “escuchado”, que -siguiendo la tradición indígena del manejo de los silencios- es una suerte de sabio criollo. “El escuchado -dijo Yupanqui alguna vez- es el hombre que tiene muchos silencios, que se maneja con doscientas ideas y veinte palabras. No habla mas por día. Tiene espacios de silencio infinitos, cargados de cosas. Son los profetas, y como el “escuchado ” tiene prestigio, se atienden sus sobrias pero profundas palabras”.

 Cuidad gringa

Atahualpa siempre privilegió el silencio al ruido, y tal vez por eso Buenos Aires nunca le cayó demasiado bien. Llegó a la gran ciudad por primera vez en el invierno de 1923. En su condición de aprendiz de periodista, un colega del diario “Crítica” le abrió el camino para debutar ante los porteños. “Llegué a Buenos Aires justo cuando la gran pelea Firpo-Dempsey. “Crítica” organizaba la velada para escuchar la transmisión a través de altoparlantes. Entre un round y otro, como tardaba en venir la información, había como cuarenta minutos en los que -con otros cantores- teníamos que cantar”

Al tiempo volvió a Junín guardando en sus retinas la imagen de aquella ciudad que no comprendía: “¿Por qué aquellos viejos cabarets de Buenos Aires o del suburbio eran tan aburridos y tan tristes? No había en todo el mundo salones más brumosos ni llenos de esa inmovilidad patética que los que había allí. Los hombres ponían cara de tango, fumaban en silencio su tabaco, se movían con una solemnidad de velorio y sólo quien estaba mamao armaba algún barullo grosero. Los cabarets eran la introducción de “La Cumparsita”, tenían un tono menor, melancólico. Eran las salas donde aquellos hombres solos, muchos de ellos inmigrantes, desarraigados, arrimaban hasta allí su soledad”.

En 1927 Yupanqui viaja desde Tucumán a Buenos Aires a enfrentar el desafío de la gran urbe. Fracasa. En estos días tucumanos y al haber escuchado su música, un hombre, allegado a algunos amigos suyos, le había aconsejado viajar para probar suerte. Tiempo después, Atahualpa recordó ese momento en unos versos:

 

“Pa qué lo habré escuchao

Si era la voz de mandinga!

Buenos Aires, ciudad gringa

me tuvo muy apretao

Tuitos se me hacían a un lao

como cu… erpo a la jeringa”

Decidido a huir del ruido de Buenos Aires, se refugió en los paisajes del norte argentino. El impacto de aquellas andanzas por la provincia de Jujuy perduraría para siempre en el espíritu poético de Yupanqui. El silencio y la cultura indígena marcaron profundamente no sólo sus canciones sino también sus libros.

 Exilio en Uruguay

Tras participar en una rebelión frustrada en apoyo al entonces presidente derrocado, Hipólito Yrigoyen, huyó al Uruguay como exiliado en el otoño de 1932. Al igual que Buenos Aires, Montevideo le pareció una ciudad que tenía demasiados prejuicios como para detenerse a escuchar el canto de un paisano que cuenta cosas humildes de su tierra. En “El canto del viento” escribió: “Escucho a jóvenes cantores de hermosa voz y simpática apariencia que andan por ahí, entonando cantares de Brasil, de Argentina, de México, de Chile. No está mal, pero está mal. Es que no se han hecho amigos del Viento. Es que no se han aprendido la gran lección de los desvelados… Y son uruguayos. Y aman a su tierra. Pero la urgencia de vivir les va acortando la vida. Y han de pasar por la tierra, sin haberla traducido”.

Sin embargo, poco después, en camino al sur de Brasil, se encuentra con el “otro Uruguay”, el del interior, tan semejante a su propia pampa natal. En ese interior deambulan guitarreros y poetas como Romildo Risso, los Herrera, los de Vianna.

Tiempo después, Yupanqui recordó su pasaje por los pequeños pueblos del Uruguay y su emoción por el encuentro con “ese imponderable Juan Pablo, el anónimo, el payador de viejas estancias, el trovero sin suerte de los Pueblos de Ratas, el narrador de cuentos que endulza los eneros en Aiguá, el cantor de los anchos caminos entre Rocha y Lascano, el florido juglar de Valle Edén”.

Durante su paso por el Uruguay se convirtió en un profundo admirador de Artigas. “Siempre admiré una frase que me hubiera gustado que fuera nacida de este lado, pero nació enfrente, en el Uruguay. Es algo que una vez dijo Artigas: ‘Con libertad, no ofendo ni temo’… todos los discursos de Artigas tenían la inspiración de un paisano, por eso no me extraña esa hermosa frase”.

Hacia 1934, dictada la amnistía para los radicales que luchaban contra el régimen conservador, Atahualpa cruzó el río Uruguay y retomó a su patria instalándose un tiempo en Rosario.

La coyuntura política logra que ese primer exilio uruguayo no sea el último. Luego de ser duramente torturado, en 1948 vuelve a Montevideo y sigue viaje hacia París. “En tiempos de Perón estuve varios años sin poder trabajar en la Argentina… Me acusaban de todo, hasta del crimen de la semana que viene. Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrado. Una vez más pusieron sobre mi mano una máquina de escribir y luego se sentaban arriba, otros saltaban. Buscaban deshacerme la mano pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo, para tocar la guitarra, soy zurdo. Todavía hoy, a varios años de ese hecho, hay tonos como el Si menor que me cuesta hacerlos. Los puedo ejecutar porque uso el oficio, la maña; pero realmente me cuestan”

Nunca cultivó el rencor. Con el tiempo, muchas veces le fue recordado el episodio, pero Atahualpa siempre le restó importancia: “Los rencores ensombrecen el alma. Yo prefiero no mirar nunca hacia atrás y seguir trabajando en silencio. Intento no obstaculizar caminos, no poner sombras en los caminos de los estudiantes de la vida”.

 París lo adopta

A principios de 1950, en la casa de Paúl Eluard, Edith Piaf lo escuchó tocar la guitarra y lo invitó a compartir un recital. “Ella, en esa época, estaba en su mejor momento y llenó París de carteles con una publicidad muy original que decía: ‘Edith Piaf cantará para usted y para Yupanqui’. Fue un gesto maravilloso de su parte. Ella estaba en la cima de su carrera y quería compartir conmigo un espectáculo. Conmigo, que era un negrito que se escondía detrás de su guitarra”.

Casi cuarenta años después, en 1989, con muchas idas y venidas, la ciudad luz y Atahualpa ya se tuteaban, había un mutuo entendimiento. En 1989, cuando se celebró el Bicentenario de la Revolución Francesa, hacía unos años que Atahualpa había sido nombrado ‘Caballero de las Artes y de las Letras de Francia’. Entonces, desde el Ministerio de Cultura le encargaron una cantata para tan trascendental fecha. A la cantata la tituló ‘La sagrada palabra’ y allí decía:

“Nosotros, los del cabello lacio y el rostro de bronce, los hijos de la pampa y la montaña, decimos gracias Francia, por señalar un día el camino de la libertad”.

Su poesía, de alguna manera, permitió a la gente arriesgar cuál era su verdadera ideología. Su silencio, en cambio, jamás permitió dar por seguro nada. Sin embargo, en alguna oportunidad, Yupanqui aseveró no haber leído a Marx, lo cual varios intelectuales daban por un hecho. Lo que no muchos saben es que poco tiempo militó -luego de dejar el Radicalismo Yrigoyenista- en el Partido Comunista.

En lo religioso toda su vida buscó al Dios del que le hablaba su madre y prefirió al Jesús de Nazareth, simplemente pastor. “No sí si soy creyente; cuando le preguntaron eso mismo a mi padre, él respondía, en broma, que era ‘dudante’. En lo que hace a mí, no me considero religioso. Tengo por ahí escondido algún sarampión místico que, repentinamente, me inquieta”.

Depuesto el peronismo en 1955, la persecución a Yupanqui persistió. Al régimen militar entrante le irritaban los versos de testimonio social inspirados en Atahualpa. Por ese entonces, la terrible época lo encontró muchas veces recluido en su casa de Cerro Colorado, al norte de la provincia de Córdoba.

Al pie de esa casa, “su casa”, pasaba un río al que Yupanqui describió detalladamente en la canción “Tú que puedes, vuélvete”. “El agua que siempre vuelve, que siempre corre”, así hablaba del rio y a ese río, como a otros, los consideraba como una de las máximas expresiones de libertad. Justamente en tiempos en que esa palabra escaseaba en el cotidiano hablar de los argentinos.

Dadas las condiciones políticas que imperaban en la Argentina, decidió a partir del 67 afincarse nuevamente en París, junto a Nenette, su compañera franco-canadiense.

Daniel Viglietti, quien lo conoció en el exilio, recordó en una ocasión esos días de Yupanqui en París: “Vivía en un pequeño apartamento en el Barrio Catorce. Recuerdo que con Nenette se cuidaban entrañablemente el uno al otro. Fui testigo de la dedicación de Don Ata cuando Nenette estuvo enferma, internada en un hospital parisino. Y recuerdo otras veces a Nenette dándole advertencias, previsoras y tiernas: ‘Tata, cuidado con la sal…'” (Nenette colaboró además en la composición de algunos de los temas más conocidos de Yupanqui y firmaba con el seudónimo Pablo del Cerro).

También en París se hizo amigo de Pablo Neruda y musicalizó un poema de Julio Cortázar, “El árbol, el río, el hombre”. “Coincidimos en esos pequeños poemas donde él desnuda su humildad universal. No cuando él se siente domador de las distancias y las palabras”, recordó Yupanqui refiriéndose a su relación con Cortázar.

La obra de don Atahualpa sería imposible de enumerar sin olvidos imperdonables, porque hay mucho más que “Luna tucumana”, “Camino del indio”, “La olvidada”, “Los ejes de mi carreta” o ‘Tierra querida”. Tampoco su producción literaria se agota en El Canto del Viento o El payador perseguido.

Fue, como tantos compatriotas suyos, más reconocido en el exterior que en su propio país. Muy pocos argentinos saben que sus trabajos forman parte de los libros de texto de primaria y secundaria en Francia, o que en 1985 fue premiado en Alemania Federal como el autor del mejor disco grabado por un artista extranjero. “Por algo en Argentina a mime dijeron hace tiempo que soy un cantor de cosas olvidadas. No es lo importante que se sepa de mí. Lo fundamental es continuar con el aporte a la cultura nativa desde el punto de vista tradicionalista, criollista y folklórico. No es importante que se sepa, es importante que se haga”, dijo alguna vez.

Toda la obra de Yupanqui tiene una bella profundidad. Testimonió lo social, pero nunca apeló al panfleto. “Si la pena mía es la pena de mucha gente, si el tajo que yo recibo es el de muchos, entonces ya empieza a interesar a los demás. La consecuencia de mi trabajo es reflejar la realidad de los hombres, la pobreza no la inventé yo… pero a veces le canto”, explicó.

Su infinita humildad le hizo rechazar la invitación para tocar en 1988 en el homenaje que, por sus 80 años, se le tributó en el Teatro Colón: ‘No puedo tocar en el mismo lugar donde tocó Andrés Segovia, y menos con mis manos así afectadas por la artrosis”.

Llevó su arte a los lugares más recónditos del planeta. “Soy feliz, yendo por el mundo, resido donde anida la música, la poesía. Me gusta mucho el Japón por el respeto que esa gente tiene por las diversas ramas de la cultura. También toqué alguna vidala por los desiertos del mundo, como Israel o el Neguev, y fue -verdaderamente- una sensación movilizante. Pero en cualquier lugar del mundo siempre me estremecí ante el silencio, ese silencio total que nunca pude agregar a mi música”.

Una noche en Nimes, a 800 kilómetros de París, había sido programada una presentación de Yupanqui, junto al bandoneonista Rubén Juárez, en un recital titulado La nuit de L’Amerique. El pequeño cine convertido en teatro-pub vivía un clima de fiesta hasta que Atahualpa decidió irse de la sala, apoyado en su viejo bastón de madera. “Quiero respirar aire puro”, se le escuchó decir. Mientras el negro Juárez hacía sonar su bandoneón, don Ata recorrió a pie las pocas cuadras que lo separaban del hotel. Allí, en su habitación, se quedó dormido para siempre.

Poco antes había dejado expuesto un deseo: “Cuando muere un poeta, no deberían enterrarlo bajo una cruz, sino que deberían plantar un árbol encima de sus restos. Así lo pienso yo, por cuanto, con el tiempo, ese árbol tendrá ramas y un nido y en él nacerán pájaros. De ese modo, el silencio del poeta, se volverá golondrina”.

Letras Uruguay