Isla Negra

Isla Negra

Por Víctor Maini

Poseo muchos recuerdos de lugares que no conozco. Por agradecido, le debo al menos una visita. “Desde la primera estrella que se ve en el cielo. Desde alli nos esta mirando papá”. Mi hermana me dijo un día. “No esperen que los acompañe al cementerio, los muertos no habitan en ese lugar. Están en un punto del espacio del cual uno los atrae con el pensamiento”. Sus palabras fueron siempre acompañadas por sus actos, prefería perderse en paseos solitarios o en libros interminables. Me leía cuentos a toda hora, me agobiaba. Aprendí a leer antes de tiempo para iniciar mis propias lecturas.

Con el tiempo sufrí otro cargo ad honorem, escucharla y corregirla en el recitado de poesías. “Necesito del mar porque me enseña/ no se si aprendo música o conciencia/ no se si es ola sola o ser profundo/ o solo ronca voz o deslumbrante/ suposición de peces y navíos”. “Aflojá, nena ¿no podés hablar como una persona normal? Cuando pueda conocer el mar me tiro y chau?. Mira si voy a andar con tantas vueltas…” La interrumpí alguna vez. Dobló su cuerpo hacia adelante y con una reverencia me agradeció como si la estuviera aplaudiendo. Yo no sabía que ella sabía que me recitaba para otro tiempo. “Sos un sordo que no para de hablar… pero tenés toda la vida para cambiar”. La ironía era una de sus formas preferidas para cerrar una conversación.

Los febriles años setenta con sus revoluciones, rupturas y nuevas ideas habían llegado para quedarse. Stella endurecía sus posturas para irse. En la escuela me enteré de la muerte de Neruda. A la salida corrí hasta la pensión para abrazarla. Estaba vencida por la tristeza. Desde el fondo de su dolor dejó volar una premonición. “Son muchas cosas juntas. No creo en las casualidades. Vienen por todo. No sólo quieren un estado caritativo y represor, como antes, tampoco nos perdonan nuestra visión del mundo. Se vienen tiempos duros”. Tomó un ejemplar de Memorial de Isla Negra desde una caja de cartón y me lo regaló después de escribir una dedicatoria.

Elegimos caminos aparentemente diferentes, con su final injusto y tempranero. Cambié el cielo por diferentes cielorrasos, me alejé de toda creencia refugiado en la isla de la ciencia, aprendí diferentes técnicas y tácticas que me alejaron del alma humana, cerré ventanas, encendí televisores, me arroje sobre distintos mares sin el coraje suficiente para bucearlos, conjugué el verbo convenir mucho más de lo conveniente. Recuperé la audición doblando la esquina una tarde de otoño, conmovido ante un concierto de hojas secas ejecutado por mis pisadas. No precisé de mis gafas para iniciar mi viaje introspectivo. En mi última mudanza, acomodando mi biblioteca me topé con el viejo texto. Me atrapó desde la primera estrofa hasta el apéndice manuscrito… No me tires ni me regales. Siempre te estaré esperando. Yo”, 23 de septiembre de 1973. “Un libro puede ser un buen mapa, para quien no visita cementerios.

Un cruce de coordenadas para un postergado reencuentro. Me enamoré de Valparaíso, me emocioné en la casa del escritor, esperé sin prisa el atardecer en un horizonte de agua en la playa de Isla Negra. Atraje con el pensamiento la primera estrella y volví a sentir como un niño. Pude comprender todo lo cierto que existe en lo fantástico, la profunda verdad que habita en la mentira, la búsqueda desesperada del humano por eternizarse en la palabra escrita, de plasmar en un poema lo mejor de sus sentimientos. Liviano y libre, emprendí el regreso a paso lento pero firme sobre la arena blanda. A mitad de camino, afloraron en mis labios, eternos versos del poeta muerto. “Y yo, mínimo ser,/ ebrio del gran vacío/ constelado/ a semejanza, a imagen del misterio/ me sentí parte pura del abismo/ rodé con las estrellas/ mi corazón se desató en el viento”.

Página12

Categories: Argentina, Destacado, Relato