15 de agosto de 1936: El recluso

15 de agosto de 1936: El recluso

Por Elena Hevia

¿Si me mataran, lloraríais mucho?, le preguntó Federico García Lorca a Angelina Cordobilla, la niñera de los hijos de su hermana Concha, en cuclillas, refugiado bajo el piano junto a las mujeres y los niños, mientras las bombas de los sublevados franquistas sonaban de fondo.

El poeta más famoso, el autor de los poemas instalados en la vida cotidiana de la gente, el hombre que ha dado su apoyo a la República aunque no se haya casado con ningún partido en concreto, que ha pateado todos los pueblos para llevar el teatro donde no había llegado nunca, García Lorca, tiene miedo.

No ha hecho caso de los amigos que le aconsejaron quedarse en Madrid porque los tiempos estaban muy revueltos y como cada año ha decidido pasar el día de su santo, todo un jolgorio familiar, el 18 de julio (qué ironía) en la Huerta de San Vicente, la finca de veraneo en Granada. El levantamiento frustró toda diversión, mientras en la radio atronaba la voz estridente de Queipo de Llano y la ciudad tomada se iba sumiendo en el caos.

Hoy 15 de agosto va a hacer casi un mes de todo aquello. Federico ha abandonado la casa familiar empujado, como si se tratase de uno de sus dramas, o como en el ‘Romance del emplazado’,  por señales y predestinaciones, o así queremos verlas. Ha habido varios registros de Falange en la quinta y el poeta finalmente ha decidido refugiarse, desde el pasado 9 de agosto, en la casa de los padres de su amigo Luis Rosales, poeta y falangista de última hora, en Granada.

Pasa las horas con las mujeres de la familia –lo cuenta Ian Gibson- porque los hermanos Rosales y el padre apenas si están en casa. Toca el piano, oye la radio, escribe y suele hablar por teléfono con los suyos. Es posible que le oculten que le buscan empecinadamente. Federico no sabe que está apurando las horas en el que será su último refugio.

 

El Periódico 

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