Viaje de regreso

Por Cristina Pacheco

En el autobús escolar se escucha el coro de voces destempladas que interpreta Dos arbolitos.Antes de que entone la última línea se oyen risas, carraspeos y el ataque de tos que estremece a Mercedes. Sergio, el anciano que viaja en el asiento delantero, no disimula su impaciencia y murmura una maldición.

Aurora suspende la lectura de una revista y observa con inquietud a su vecina de asiento:

–Meche: deberías atenderte. Últimamente has estado tosiendo mucho y creo… Lloras. ¿Qué te pasa?

–Esa canción me emociona tanto… ¿A quién se le ocurrió que la cantaran?

–A usted, ¿a quién más? –responde Sergio irritado. –Según nos dijo, cuando salía de excursión con sus compañeras de la primaria se pasaban todo el viaje a Las Estacas cantándola.

Mercedes mira hacia la Virgen de Guadalupe que cuelga del espejo retrovisor:

–Es un milagro que uno pueda recordar cosas tan insignificantes y lejanas. ¡La primaria! Tiempos muy hermosos que nunca volverán.

Rosita, desde la butaca individual detrás del chofer, da tres palmadas para llamar la atención de sus compañeros en la casa de reposo Nueva Vida:

–Meche, recuerda el juramento que hacemos cada vez que salimos de vacaciones: Prohibido hablar de enfermedades o de temas que nos pongan tristes.

Virgilio, el vecino de Nelly, interviene:

–Juramento o no juramento, si no hablamos de enfermedades de qué otra cosa podemos hablar. A mí no se me ocurre nada.

–Pues a mí sí. Podríamos ir planeando adónde iremos la próxima Semana Santa. Parece que falta mucho para eso, pero acuérdense de que el tiempo se pasa volando.

Sergio aprovecha el comentario de Rosa para poner en práctica su diversión predilecta: irritarla.

–Oye, Virgilio, ¿por qué será que las mujeres siempre comen ansias? Todavía no terminan estas vacaciones y aquella lunática está pensando en las próximas…

Sin mencionarla, Mercedes toma el partido de Rosa:

–Hay ciertos hombres que no hacen planes porque son unos amargados, incapaces de ver más allá de sus narices.

–Si lo dice por mí… –comenta Sergio retador.

Rosa le contesta con uno de los muchos refranes que sabe de memoria:

Al que le quede el saco, que se lo ponga. Punto. Me callo. No voy a pasarme el resto del viaje discutiendo tonterías.

Antes de reiniciar la lectura, Mercedes hace un comentario general:

–Éstos se pasaron todas las vacaciones peleando y ya van a agarrarse otra vez. Parecen matrimonio.

Se escuchan risas y algunas bromas malintencionadas que estimulan a Rosa para descargar su ambigua antipatía hacia Sergio:

–¡Toco madera! Con ese señor no me casaba ni aunque fuera el último hombre en la tierra. (Las risas se oyen más fuerte.) Además, por si no lo saben, a pesar de mi edad tengo pretendientes mejores que ese vinagrillo flatulento.

Aunque divertida por la situación, Aurora piensa que deben frenarla:

–Oye, Meche, si no los distraemos con algo, estos van a terminar de las greñas. Voy a pedirle a Monina que nos cuente un chiste. Esas cosas le fascinan.

–Ay, no. Sus chistes son espantosísimos, y lo peor es que sólo a ella le dan risa. Te juro que eso me mata de pena.

–A mí también… Ya sé: le diré a Nelly que declame algo. ¿Pero qué? Bueno, que ella escoja. (Se levanta y mira a Nelly): Estaba comentándole a Aurora que me gusta mucho cómo dices los versos. ¿Por qué no recitas algo?

Nelly se apresta a complacer a su amiga. Virgilio le deja el paso libre hacia el pasillo. La declamadora se lo agradece y, entre ademanes, comienza a recitar. Cuando termina, abrumada por los aplausos, vuelve a su asiento y mira por la ventanilla la ciudad distante: un mar de luces que señalan la vida de personas con las que quizá compartió un momento y jamás volverá a ver. Sólo con una le gustaría reencontrarse. Para desterrar su anhelo cierra los ojos.

–No se duerma. Ya casi llegamos –le dice Virgilio.

–¿Tan pronto?

Virgilio la mira asombrado, como si nunca antes lo hubiera hecho:

–¿Sabe? Eso mismo dijo mi padre al darse cuenta de que estaba a punto de fallecer: ¿Tan pronto?

Virgilio siente la mano de Nelly oprimiendo la suya y piensa que no cambiaría por nada del mundo ese momento del viaje de regreso.

La Jornada
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