Peroncho: “Ayer me pasó algo increíble con Cristina Fernández de Kirchner”

“Les quiero compartir algo muy lindo que escribió Peroncho, y de paso, váyanse enterándose y agenden”. Martín Grifo.


Ayer me pasó algo increíble con Cristina Fernández de Kirchner.

Todo empezó al mediodía, almorcé con un amigo que trabaja en el Instituto Patria, que vio mi show en Jujuy y nos empezamos a escribir, que recibe el *Peroncho Delivery* y siempre me da consejos sobre cómo mejorarlo y que me invitó a una actividad política el 18 de noviembre en el Patria mismo. Entonces fui a comer con él y con *Gustavo Campana*, autor del libro “Prontuario”, compañero de Víctor Hugo Morales en la 750. Almorzamos los tres, armamos un poco la actividad del 18. Grifo, mi amigo, me ofrece acercarme a Congreso porque yo estaba en un hotel de por ahí y él iba al Patria. Me deja en el hotel e inmediatamente me doy cuenta de que me había olvidado los lentes en el auto. Son nuevos, y además no había llevado repuesto. Lo llamo y le digo “voy al Patria a buscarlos”.

Nos encontramos ahí, me invita a pasar, y ahí me encuentro con uno de los secretarios privados de *Cristina*, un compañero que vio mi show en Calafate, la noche que más cerca estuve de que CFK vea “Peroncho”. El compa me dice: _quedate por acá, ya viene la Jefa_.

Lo dice con una naturalidad de quien convive con esas cosas, yo me quedo helado. Se me nota. Claro. Empalidezco. Me siento ridículo pero emocionado. Impactado.

Me dice: “Hacemos esa foto, de una, ella sabe de vos, tiene tu póster”.

Abro la boca.

Creo que todavía no la cerré, y eso que anoche hice el show y volví de Flores a Congreso en el 93, y ya está jugando la Selección.

Bueno. Cuestión que venía Cristina y yo que le decía a Grifo: “boludo, si no me olvidaba los lentes no me pasaba esto”. Él estaba más tranquilo, porque claro, trabaja ahí.

Pero para mí era muy fuerte. Empecé a pensar qué decirle en el momento de saludarla. Gracias. Te quiero. Gracias por la jubilación de mis viejos, gracias por la casa de mi vieja, gracias por la reforma del Código Civil que me permite vivir con mis hijos la mitad de la semana, se me acumulaban los agradecimientos y me sentía como ganador torpe de un Oscar inesperado, algo obligado a improvisar un discurso de gratitudes. Presencié desde adentro el operativo de seguridad, la gente diciendo “ahí llega”.

Y llegó. De lentes oscuros. Algo más pequeña de lo que yo había imaginado. Preciosa. Imponente. Pasó rápido. Saludó a un intendente que salía, y pasó.

No nos saludamos. Pero yo me quedé como quien ve un cometa. Sintiéndome un poco tonto porque sé que no debería ser para tanto, que debería establecer alguna distancia intelectual para relativizar la emoción. Pero nada de eso me salía.

El secretario me escribe: dame un rato.

Durante ese rato una gran intensidad se apoderó de mí. Nervios. Me acomodaba la camisa a cada rato. Grifo me decía: tranquilo, está bien esa camisa. Yo mandaba mensajes. Se va a dar, se va a dar.

No se dio.

Una serie de reuniones se impuso como agenda, obviamente, a mis ganas de saludarla.

“Hoy no va a poder ser”.

No importa. Y de verdad no importa. En el concierto de quilombos, lo que menos importa es esto. Pero también de esto estamos hechos: de ese cierto entusiasmo que provoca la historia cuando pasa cerca, cuando sucede con uno ahí, de testigo. De esa emoción también nos alimentamos.

Me fui del Patria al hotel. Me bañé. Salí en subte a Flores e hice el show como si me hubiera sacado esa foto.

Cuando estaba pasando la gorra una mujer me dijo que era la sexta vez que iba a verme. Y que esta había sido la mejor.

“Fue por los lentes”, le respondí. “Son nuevos”.

 

Martín Grifo Ignómata Adorno

Categories: Argentina, Literatura, Relato