Mirada femenina sobre América del Sur: Ida Pfeiffer (1797–1858)

Las mujeres artistas y naturalistas que viajaron a América Latina y el Caribe en los siglos XVII al XIX fueron más de las que uno supondría. Al igual que para sus homólogos masculinos, la promesa de la aventura y el descubrimiento era incentivo suficiente, y sus privilegios económicos y sociales facilitaron el camino.

Sin embargo, las mujeres que viajaban eran en cierto modo más intrépidas y decididas pues debieron confrontar normas sociales de lo que se suponía era un comportamiento apropiado para su sexo a fin de ganar credibilidad y la libertad necesarias para seguir este camino. Esta es la última entrega de una serie de cuatro textos en los que la doctora Katherine Manthorne arroja luz sobre algunas de estas artistas viajeras que triunfaron siguiendo su visión.​


Ida Pfeiffer fotografiada por Franz Hanfstaengl (1856)

¿Cómo catalogamos a Ida Pfeiffer, nacida Reyer (1797-1858)? Se le ha llamado mujer-viajera, “turista incansable”, “trotamundos dedicada”, y se le ha estudiado en relación al autor viajero del siglo XX, Paul Theroux. Nació y murió en Viena, por lo que aunque en ocasiones se refiere a ella como alemana, en realidad es austriaca. Su biografía ofrece un ejemplo contundente de una mujer que superó las restricciones de su género y su contexto social relativamente humilde para satisfacer sus ganas de conocer el mundo. En 1820 contrajo matrimonio con su profesor, mucho mayor que ella, con quien estuvo casada durante veinte años. Para cuando cumplió 45 años, sus dos hijos eran independientes y se sintió con suficiente libertad de separarse de su marido y emprender el primero de muchos viajes.

Curiosamente, no la movía un interés geográfico específico o un deseo de estudiar un problema particular de la historia natural (como el interés de Maria Sibylla Merian por la metamorfosis de los insectos). A diferencia de Maria Graham o Elizabeth Agassiz, Pfeiffer no acompañó a su pareja en sus viajes relacionados con sus carreras.

Alejándose de un matrimonio que la limitaba, quería experimentar la libertad de viajar, y ver del mundo tanto como le fuera posible. Viajó sola y en ocasiones tuvo que resistir condiciones extremas. Recorrió una enorme cantidad de territorio, y lo hizo con un presupuesto restringido.

Tomó ventaja de la enorme moda por la literatura de viajes durante las décadas de 1840 y 1850 que le permitió obtener ganancias sustanciales por sus recuentos, que luego invirtió en viajes posteriores. En una fotografía de 1856 posó al lado de un globo terráqueo, una referencia a sus viajes alrededor del mundo. Pfeiffer proyectó concientemente la imagen de viajera en este y otros retratos, la cual alternaba entre la de persona “emancipada” y ésta, su personaje más decente pero exitosa.

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Ida Pfeiffer en Egipto, siendo asistida por guías locales, durante su ascenso de la Pirámide de Giza

Su experiencia durante sus viajes fue la base para una serie de libros. Egipto y Tierra Santa fueron su primer objetivo, y los describió en Visit to the Holy Land, Egypt and Italy [Visita a Tierra Santa, Egipto e Italia] (1843). Al escoger esta región largamente asociada con el Antiguo Testamento como su primer destino, tuvo quizás la intención de defenderse de las objeciones a sus viajes en solitario, haciéndolos pasar por una peregrinación religiosa.

Dicha motivación hubiera sido mucho más aceptable para su familia y amigos que el deseo de fugarse a la aventura, aunque no podemos dejar de pensar que esto fue lo que realmente la impulsó. Navegó por el río Danubio hasta el mar Negro, visitó Constantinopla (ahora Estambul), Jerusalén y luego El Cairo. Allí vio la Esfinge y las pirámides de Giza. En el camino escribió sus observaciones en cuadernos y, al volver a casa en 1843, compiló las notas en forma narrativa más legible y lo publicó como un libro de dos volúmenes. En ellos relata su paseo en la parte trasera de un camello, y el ascenso por un lado de una pirámide con la ayuda de guías locales.

Una ilustración que acompaña al relato muestra a una mujer Victoriana muy propia siendo levantada por sus guías, bloque por bloque, por un costado de la estructura, una de las muchas demostraciones de su determinación física y mental. Este viaje la convenció de la importancia de poder comunicarse directamente con las personas a quienes conoció, en lugar de depender de un intérprete. Así se determinó a aprender otras lenguas para viajes futuros, principalmente francés e italiano. Las ventas de sus libros le hicieron ver que iba por buen camino, y usó las regalías para financiar más viajes y más libros.

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Izquierda: Rio de Janeiro. Derecha: La invasion de las hormigas. Del libro “The Story of Ida Pfeiffer and Her Travels in Many Lands” (1869)

El 1 de mayo de 1846, Pfeiffer dejó Viena hacia Hamburgo, y más tarde Río de Janeiro. Era una de las muchas paradas que haría durante su itinerario por Suramérica que incluía Panamá, Brasil, los Andes ecuatorianos, Perú y Chile. A su regreso en 1852 publicó su recuento traducido al inglés, titulado A Woman´s Journey Round the World [Viaje de una mujer alrededor del mundo]. En él narra su trayecto desde Viena hasta Brasil, Chile, Tahití, China, Indostán, Persia y Asia Menor.

La mayoría de los autores usan un lenguaje poético al hablar sobre sus primeros encuentros con el hermoso puerto de Río de Janeiro con vista de la montaña Pan de azúcar. Pfeiffer, por el contrario, observa al país a través de un lente pragmático, reconociendo que la vegetación es rica y la naturaleza más verde que en cualquier otro lado pero asegurando que tales excesos pueden cansar la vista. El libro ilustra la pintoresca vista del puerto pero su narrativa no se detiene en el escenario que impresionó tanto a otros viajeros.

En su lugar, la autora resalta una invasión de insectos de la que fue testigo durante su estancia ahí. The Story of Ida Pfeiffer – una complicación de sus viajes publicada en 1869 – también apunta este capítulo, y describe el incidente con texto e imagen:

Los brasileños sufren también de una plaga de insectos, — de mosquitos, hormigas, baratas y pulgas de arena; contra cuyos ataques es para el viajero difícil defenderse. Las hormigas a menudo aparecen en filas de longitud inconmensurable, y siguen su rumbo a pesar de cada obstáculo que se interpone en su camino.

Madame Pfeiffer, durante su estancia en la casa de un amigo, vio una mancha moverse con esta descripción. Fue realmente interesante verlas formar una línea regular; nada podía hacerles desviarse de la dirección que estaban determinadas a tomar. Madame Geiger, su amiga, le dijo que una noche despertó con una terrible comezón; salió de la cama inmediatamente, y oh sorpresa, un grupo de hormigas le pasaba por encima. No hay remedio para la imposición, excepto esperar con tanta paciencia como sea posible hasta que pase la procesión, que con frecuencia dura de cuatro a seis horas. (página 35)

A juzgar por las robustas ventas y reseñas positivas, los lectores de Pfeiffer encontraron en sus textos una narrativa honesta y un enfoque realista sobre las dificultades de viajar que les pareció refrescante. Fue alabada por su estilo, “a la vez simple, sin pretensión, pero con gran verdad y fuerza”

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Ida Pfeiffer en América del Sur

Su siguiente trayecto alrededor del globo dio lugar a su libro A Lady’s Second Journey around the World [El segundo viaje de una mujer alrededor del mundo] (1856), que fue un best seller muy popular de su día. Este recuento ilustrado registra su viaje partiendo de Londres a finales de mayo de 1851 a bordo de un velero hacia Cabo de Buena Esperanza y regresando tres años y medio más tarde. Vamos a recogerla en las Islas Molucas, desde donde se dirigió a las Américas:

Tenía la intención de abrirse camino hasta Nueva Guinea y después a Australia, pero se le impidió visitar ambos países. Cuando le ofrecieron un pasaje gratuito a California a bordo de un navío americano aceptó esa oferta, zarpando desde Batavia en julio de 1853, cruzó el Océano Pacífico en sesenta días, y llegó a esa “abominable tierra del oro” como ella le llamó. Después de explorar California, navegó por la costa occidental de América, llegó por último a Lima en enero, recorrió una porción de Perú, visitó las regiones donde el Amazonas toma su ascenso, cruzó la cordillera de los Andes y llegó hasta la planicie de Quito, admirando el Chimborazo y el Cotopaxi. De allí volvió a la costa por Guayaquil, casi se ahogó en el río cerca de ese lugar, navegó por Panamá y cruzó el istmo hasta Aspinwall, y de allí atravesó el Golfo de México hasta Nueva Orleans”

Su prosa enfatiza sobre sus reacciones personales –físicas y emocionales– a las tierras y poblaciones con las que se encontró. Su corazón se acelera, su respiración se dificulta; reportes detallados de sus respuestas fisiológicas inmediatas permiten a sus lectores comprender no solo lo que ella ve sino cómo se siente conforme mira estos distintos sitios. Los aficionados de los viajes apreciaban la dimensión de su escritura que resaltaba sus experiencias vicarias de todo, desde grandes altitudes hasta nativos desafiantes. Pero contrastaban notablemente con sus retratos oficiales como la vemos aquí: una mujer de mediana edad, de clase media, vestida con el traje de un ama de casa con su modesta capucha enmarcando su rostro. Éste se convirtió en un aspecto de su identidad o marca personal, alentando a sus lectores a identificarse con ella.

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Ida Pfeiffer en su atuendo de viaje incluyendo una red y bolsa para recolectar. Litografía por Adolph Dauthage, 1858

Este retrato que apareció en una revista de moda contemporánea muestra el lado alternativo, poco convencional de esta compleja mujer. Representa a Pfeiffer en un uniforme de viaje, fabricado en lino de cuadros gris y negro. Se compró el sombrero en Bali, el cual usaba aislado con una hoja de plátano para mantenerse fresca, además de usar paños en la cabeza. Sus pantalones cortos terminaban a media pantorrilla, sobre los cuales llevaba una falda recogida por las mañanas y suelta al final de la caminata del día. Sus viajes a caballo, a través de arroyos y fuertes aguaceros, hacían que la falda larga fuera completamente impráctica. Asumiendo el papel de coleccionista, sostiene una red para capturar mariposas y otros insectos en una mano con la parte posterior para recoletar colgada sobre su hombro. La red y la bolsa hacen referencia a sus esfuerzos por reunir especímenes de flora y fauna durante sus viajes, que luego donó a instituciones europeas. Su logro científico más significativo se puede ubicar en sus extensas colecciones de muestras que fueron donadas a los museos. El Museo de Historia Natural de Viena alberga la colección de mamíferos de Madagascar, mientras que otros artefactos se pueden encontrar en el Museo Británico de Londres y en otros lugares.

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Alexander François Loemans, Chimborazo, Queen of the Andes (c. 1850). Óleo sobre tela. 45.1 x 70.5 cm

Algunos viajeros –hombres al igual que mujeres– buscaban lo sublime y la adrenalina y euforia del miedo que causaban el peligro y los riesgos que enfrentaban. En su recuento de una expedición a Islandia en 1845 (traducida al inglés en 1852) Pfeiffer describió una de esas experiencias cuando pasó la noche sola en una tienda de campaña esperando la erupción del Gran Geyser. Capítulos como este le ganaron la fama de una viajera intrépida que siguió aventurándose y reportando desde otras latitudes. En 1855 estaba en Ecuador, en donde recorrió Quito, Guaya, Savaneta, los Tambos, el Camino Real, Guaranda, el Pasaje del Chimborazo, el altiplano de Ambato y Latacunga y atestiguó una erupción del volcán Cotopaxi. Durante su exploración de las grandes cordilleras decidió ascender el Chimborazo, un pico elevado representado por el artista viajero Alexander Loemans poco antes de que Pfeiffer estuviera ahí. En ese entonces considerada la montaña más alta del mundo, había frustrado los intentos de muchos hombres de escalar sus alturas incluyendo a su ídolo Humboldt. Sufrió del adelgazamiento de la atmósfera, cambios de clima extremos, la falta de refugio y el miedo a la muerte. Incluso usó la palabra peruana “veta” en su recuento para reflejar el estado de asombro que experimentó debido a la altitud.

Pero a pesar de estas adversidades, Pfeiffer atravesó el camino rocoso para llegar a la cima a casi 16,000 pies. En la cumbre de esta montaña colocó una piedra, en memoria del hombre inglés que había sido asesinado en el camino hacia la cima del Chimborazo, sobre una pila de piedras que habían sido colocadas por otros que habían llegado hasta este punto antes que ella. Así, Ida Pfeiffer dejó un recordatorio indeleble de su presencia como una de las primeras mujeres en subir las montañas de los Andes.

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“Eine Dame aus Lima,” frontispicio de “Meine Zweite Weltreisse” de Ida Pfeiffer (1856)

Pfeiffer recibió elogios por su atención a aspectos de la vida en lugares lejanos que la mayoría de los autores masculinos pasaban por alto, especialmente del ámbito doméstico de mujeres y niños. En Lima, comenzando en la época colonial española, las mujeres paseaban por las calles con un estilo distintivo que atraía la curiosidad de cada visitante de la ciudad. Esta mujer era conocida como la Tapada limeña, identificada por su famoso vestido que incluía el saya y el manto. La falda delineaba las caderas mientras el manto cubría la cabeza y la cara de tal manera que sólo un ojo era visible. Este traje permitía a las mujeres atravesar el centro urbano en completo anonimato mientras les daba un aire coqueto y seductor. Muchas descripciones escritas jugaron con la idea de que no había manera de saber quién estaba debajo de ese atuendo, podría haber sido una anciana sin dientes o una mujer joven hermosa. El libro de Pfeiffer Meine Zweite Weltreisse, publicado en 1856, presentó como frontispicio la figura de la tapada, etiquetada como “Eine Dame aus Lima” (una mujer d Lima). Las mujeres continuaron usando este atuendo en la era de la independencia, pero en el momento de la visita de Pfeiffer su uso comenzó a decaer. Se convirtió en un icono pictórico de la sociedad de Lima, un emblema en las artes visuales y las ilustraciones de viaje.

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Artista desconocido, Lima and the Port of Callao (n.d.). Acuarela sobre papel. 22.8 x 43.2 cm

Lima y su puerto asociado del Callao se convirtieron en importantes puntos de parada para los buques alrededor del Cabo de Hornos. Durante la estancia de Pfeiffer allí en 1854, se dio cuenta de la variedad de contingentes de pasajeros internacionales que pasaban, desde las tripulaciones de los buques hasta posibles nuevos colonizadores. Las observaciones que hizo sobre las amenazas potenciales que presentaban para la vida en Perú fueron citadas en un artículo sobre “Fiebre amarilla en los Andes peruanos”, que apareció en Transactions of the Epidemiological Society of London [Transacciones de la Sociedad Epidemiológica de Londres] en 1863:

Durante los meses de enero y febrero de 1854, cuando la fiebre amarilla golpeó Lima, Madame Ida Pfeiffer visitó esa ciudad y fue huésped de M. Rodewald, el cónsul de Hamburgo. Por lo tanto, podemos inferir que no sin la información más directa y veraz, recibida del consulado, esta honesta señora dice en el vol. 135-6 de su Second Journey Round the World [Segundo viaje alrededor del mundo] que dos años antes no menos de 200 emigrantes alemanes fueron incitados a abandonar su tierra natal a invitación del gobierno del Perú. “Pero las naves estaban superpobladas, la comida y el agua malas, eran tratados como esclavos traídos de África, y más de la mitad de las criaturas desafortunadas murieron en el viaje”

Una nota al pie del artículo dice: “En ese momento Mr. R. era el importador de emigrantes alemanes en Lima”. Este pasaje nos habla de varias cosas: primero, que Pfeiffer utilizó la red diplomática alemana para que le ayudara en las ciudades donde viajaba, como hacían otras mujeres europeas que viajaban al extranjero; y segundo, que sus relatos se consideraban suficientemente fiables para ser citados en revistas científicas.

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Judy Chicago, The Dinner Party (1979). Brooklyn Museum. “Ida Pfieffer” [sic] aparece en el piso de la obra

Para concluir, parece haber al menos cinco razones de peso para considerar a Ida Pfeiffer una heroína protofeminista.

1) El líder naturalista del siglo XIX Alexander von Humboldt la aconsejó en sus viajes alrededor del mundo, y la nominó ante sociedades científicas por sus contribuciones mientras que Carl Ritter elogiaba su trabajo.

2) Fue una de las primeras mujeres exploradoras cuyos populares libros fueron traducidos a múltiples idiomas. En su caso, originalmente aparecieron en alemán y fueron traducidos al inglés, francés y otros idiomas.

3) Sus libros fueron reeditados como parte de importantes series como la Putnam’s Semi-Monthly Library for Travelers and the Fireside basada en Nueva York. Charlotte Fenimore Cooper – hija del conocido autor James Fenimore Cooper – tradujo su Journey to Iceland and Travels in Sweden and Norway [Viaje a Islandia y recorridos en Suecia y Noruega], por ejemplo, en preparación para su publicación en la serie de 1852.

4) Sus observaciones fueron influyentes entre otros exploradores posteriores que siguieron en sus pasos y citaron sus textos. Friedrich Hassaurek, Ministro de Estados Unidos en Ecuador y autor de Four Years Among Spanish Americans (1867) describió las experiencias de Pfeiffer en la División Continental (o Gran División) en los Andes:

Aquí también está la línea divisoria de las aguas; Ida Pfeiffer, siguiendo el ejemplo del barón von Tschudi en Pasco de Cerro, «escaló por el lado occidental de la montaña hasta que llegó a donde había agua, bebió un poco y vertió el resto en un arroyuelo que cayó al lado este, y luego invirtiendo la operación, llevada de allí hacia el oeste, divirtiéndose con la idea de haber enviado al Atlántico parte del agua que estaba destinada a fluir hacia el Pacífico, y viceversa “(pp. 54-55).

Como señala Hassaurek, al realizar esta acción estaba replicando al viajero Tschudi. Al mencionar esta anécdota, la inserta dentro de una cadena de exploradores y por lo tanto dentro de la tradición de la escritura de viajes andinos.

5) Cuando la artista feminista Judy Chicago creó su instalación titulada The Dinner Party en 1979, ofreció lugares para treinta y nueve mujeres míticas e históricas. A esto agregó 999 más mujeres representadas en los azulejos del piso. Entre ellas se encuentra “Ida Pfieffer” (escrito incorrectamente, como aparece en la obra), un testimonio de la condición que ocupó para el movimiento feminista de los años setenta.

Colección Cisneros

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