Las múltiples caras de la injusticia

Las múltiples caras de la injusticia

Trata y tráfico de personas en América Latina

Por Carolina Vásquez Araya

Cada día miles de personas cruzan fronteras sin certeza alguna sobre su destino.

Largas filas de seres humanos a punto de congelarse en los campos europeos dejan en clara evidencia el pasmoso retroceso en el respeto y la preeminencia de los derechos humanos a nivel mundial, así como la anulación práctica y visible de todo tratado internacional firmado con el propósito de colocar esos derechos en el primer lugar de las prioridades de los Estados. Mujeres, hombres y niños desplazados de sus países de origen por guerras provocadas y financiadas con el único objetivo de apoderarse de sus riquezas, es el más inmoral de los escenarios.

Pero de acuerdo con los cánones del libre mercado, esa estrategia de dominación se traduce como liderazgo, política económica, uso inteligente de los recursos disponibles, aunque sus legítimos propietarios den la vida por protegerlos. Es lo que sucede en los países en vías de desarrollo con sus riquezas minerales, hídricas y vegetales, algo que probablemente muchos de ellos no quisieran haber tenido para evitar el peligro de ser invadidos por las naciones más poderosas.

Pero no son solamente las caravanas humanas presentes en las fronteras europeas, también nuestro continente sufre de esa migración indetenible hacia el norte, con miles de personas cuyo futuro está centrado en alcanzar el sueño americano, sueño muchas veces frustrado en el camino por obra y gracia del crimen organizado y la extenuante travesía por uno de los desiertos más hostiles del planeta.

Es importante hacer énfasis en lo absurdo de pretender dividir a los continentes por colores: negros en África, morenos en América Latina, blancos en las potencias occidentales, como si aquel fuera el contexto ideal para regresar al supuesto ideal de la pureza racial, un concepto siempre presente pero reeditado por fuerzas políticas de corte fascista que empiezan a invadir las posiciones más relevantes. Es el mundo al revés. Es el regreso del nacionalsocialismo con toda la fuerza de su política represiva y estratificadora.

Las migraciones han existido desde el surgimiento de la Humanidad, millones de años atrás. El ser humano, al igual que todas las especies animales, busca los recursos de supervivencia y, para ello, se establece pero también emigra cuando no encuentra lo necesario en su lugar de origen. Es parte de la naturaleza, por eso una interpretación extrema de las leyes del capitalismo nunca podrá eliminar ese derecho ancestral.

La crueldad de las políticas anti inmigrantes –en Europa como en Estados Unidos- castiga con toda su fuerza a una población eminentemente pacífica. La inmensa mayoría de migrantes son mujeres, ancianos y niños, las primeras víctimas de la violencia de las guerras. Esas conflagraciones los han arrojado a una tierra de nadie, sin esperanza alguna de encontrar al fin un sitio para vivir en paz. Los migrantes son, ni más ni menos, el saldo humano de operaciones bélicas planificadas y perpetradas por los países más poderosos con el fin de extender su dominio y apoderarse de toda la riqueza de las naciones más débiles. Para ello cuentan con la complicidad de gobernantes locales, venales y corruptos, capaces de entregar su patria a la voracidad de las grandes corporaciones y los gobiernos que las cobijan.

La migración humana dio origen a la diversidad cultural y en ella reside la esencia misma de la evolución humana. Detener ese flujo para buscar la pureza étnica como el objetivo último o para protegerse de una amenaza terrorista provocada, al fin de cuentas, por esas mismas políticas racistas, resulta la más absurda de las ironías.

Miles de migrantes de varios países atraviesan la frontera entre Guatemala y México en la búsqueda de un futuro mejor o simplemente arriesgan su vida para huir de la amenaza de la extrema violencia existente en los países del triángulo norte de Centro América. En esa disyuntiva prefieren ponerse en manos de los coyotes, invertir en esa aventura suicida el capital familiar y lanzarse en una cruzada plagada de peligros extremos.

Una de las características de estas oleadas humanas con dirección al norte es su integración. Son hombres y mujeres jóvenes, muchas veces niños preadolescentes, así como pobladores de áreas infestadas de maras y organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico, al contrabando y a la trata de personas. En aldeas y caseríos pobres, en donde no existen oportunidades de progreso ni establecimientos educativos capaces de ofrecer capacitación de calidad a las nuevas generaciones, el escape hacia nuevos horizontes es un impulso vital, una forma de supervivencia de una fuerza tal como para anular ese instinto natural presente en el ser humano que lo induce a evitar el peligro extremo.

El territorio ubicado al sur de México –Guatemala, El Salvador y Honduras- se ha convertido también en fuente y provisión de seres humanos destinados a la trata con fines de explotación sexual, laboral o, en casos de un sadismo extremo, para extraer sus órganos. Este comercio deleznable cruza de manera transversal la institucionalidad de estos países y se inserta hasta en los círculos más elevados del poder político, lo cual hace prácticamente imposible su erradicación.

En Guatemala, a pesar de la existencia de mecanismos creados para alertar a la población sobre la desaparición de niñas, niños y adolescentes, estos no surten el efecto deseado frente a la pasividad de una ciudadanía que rechaza la violencia encerrándose en una burbuja de negación. Esto provoca un ambiente de libertad e impunidad para las redes de trata, contra cuyo poder las entidades encargadas de la seguridad ciudadana son impotentes.

La contradicción planteada en este escenario es evidente: quienes huyen de la trata lanzándose en la aventura suicida por la ruta clandestina para alcanzar la frontera de Estados Unidos, van directo hacia las redes instaladas en todos los puntos utilizados para el tráfico de migrantes. Y quienes logran cruzar indemnes –los menos- llegan a un territorio hostil y a la posibilidad cada vez más inminente de ser enviados de vuelta a sus países de origen.

Las políticas anti migrantes instauradas por la nueva administración de la Casa Blanca no dejan lugar a dudas: los extranjeros ya no son bienvenidos. Mucho menos si provienen de países en los cuales, coincidentemente, el Departamento de Estado ha instaurado –en el pasado y también en la actualidad- gobiernos orientados a favorecer sus intereses corporativos y geopolíticos. Esto marca la política exterior estadounidense de una manera radical y es posible predecir que es un paso sin retorno en las relaciones de Estados Unidos y América Latina.

Sin embargo, estas medidas son un amargo recordatorio de la visión racista y hegemónica cuyo ideario condujo a Europa a una guerra insensata hace casi 80 años, pero cuyos ecos se sienten cada vez más fuertes en algunos de los países que la protagonizaron. El neo fascismo ha comenzado a tomar espacios apoyado en la frustración de la ciudadanía por la pérdida de credibilidad de algunos gobiernos más moderados. Esta peligrosa tendencia se apoya en medidas discriminatorias por raza, cultura o religión para impedir un flujo migratorio connatural a la esencia de la Humanidad, lo cual es, más que una medida legal, un acto de intimidación. Este es el escenario planteado y a estas condiciones se enfrentan millones de seres humanos que después de haberlo perdido todo, escapan de la violencia, la pobreza y el desempleo en sus países de origen.

 

Publicación de Revisa Latice 


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