Esmeralda Arboleda, la fuerza detrás del voto

Hace 60 años las mujeres votaron por primera vez: hicieron parte del plebiscito en el que se aprobó la conformación del Frente Nacional.


Por Camila Uribe

Esmeralda Arboleda

(1921-1997)

A las 6:00 de la mañana empezaban a sonar las noticias en la casa de mi abuela. Sin falta. Su pasión por la política y por el bienestar de las mujeres era obsesiva e incansable. Esa persistencia, ligada a su obstinación, su inteligencia, su simpatía y su capacidad de empatía, llevaron a que transformara la historia de todas nosotras para siempre. Ella y otras cuantas valientes estuvieron dispuestas a oponerse a lo establecido para que hoy las mujeres podamos considerarnos iguales, independientes y libres. Como dice mi papá, “nunca tantas le debieron tanto a tan pocas”.

Su odisea no fue fácil. Quienes se atrevían a pensar distinto eran una amenaza. Por eso, cuando mi bisabuela, Rosa Cadavid de Arboleda, convenció al rector del Colegio Cárdenas, en Cali, que recibiera a una de sus hijas, la Iglesia la excomulgó. A principios del siglo pasado solo los hombres tenían el privilegio de obtener el título de bachilleres y las mujeres se limitaban a adquirir conocimientos útiles para el hogar, así que Rosita era una sacrílega. El ‘qué dirán’ habría podido destrozarla pero, para ella, la educación de sus hijas era más importante que las habladurías. Y eso lo cambió todo. No solo para mi abuela y sus cinco hermanas, sino para las colombianas que vendríamos después de ellas.

Para Lala –como le decíamos– el conocimiento fue la base de todas sus luchas, de su avidez intelectual. Y siempre lo dejó muy claro. Cariñosa y detallista, no había un viaje del que no trajera regalos para mi hermano Esteban y para mí, pero siempre con una enseñanza: a mis 8 años no se le ocurría darme una muñeca de moda sino una flauta traversa. Para ella, después de lo que le inculcó su mamá, la educación era todo. Fue criada con el pensamiento liberal de no conformarse con el orden establecido y con la idea de que las cosas podían ser mejores.

Así llegó a cuestionarse el lugar de las mujeres en la sociedad y a darle un giro a la legislación colombiana: logró, junto con Josefina Valencia –también vocera del movimiento femenino–, que las mujeres adquirieran el derecho a votar y, así, a ser reconocidas como ciudadanas más allá de la existencia del hombre –por esos días en los que ellas ni siquiera podían salir del país sin recibir, primero, una autorización de su esposo, padre o hermano–.

La capacidad de persuasión 

El camino que mi abuela tuvo que recorrer fue largo y escarpado. Muchas veces fue la primera. Fue la primera estudiante mujer en la Universidad del Cauca. Fue la primera senadora, por quien tuvieron que hacer un baño especial en el Congreso porque solo existía el de hombres. Y fue la primera embajadora ante un gobierno extranjero. Los pioneros cargan sobre sus hombros con el peso de la historia, pero los sostiene una voluntad férrea y una tolerancia a la frustración que, en lugar de derrotarlos, los fortalece. Mi abuela siempre andaba con la cabeza en alto.

La recuerdo en los almuerzos donde su hermana Pubenza: siempre vehemente, pasaba horas arreglando el país. Pero también llevo en mi memoria los almuerzos en la casa de mis abuelos maternos, más dados a la celebración musical que a la política: ahí la veía radiante y fiestera, cantaba lo que mi abuelo materno tocara. A donde fuera,  se interesaba por  conocer a las mujeres y entender sus necesidades.

Armada de persuasión y empatía, convencía, a su manera, a todos esos hombres con quienes esperaba cambiar las reglas del juego. Ella tenía muy claro que su feminismo no consistía en atacarlos, sino en trabajar con ellos y hacerlos entender que juntos todos ganarían. Culta y arrolladora, tenía la habilidad de llevarte a su terreno. Así hizo realidad el voto femenino, ganándose a los hombres. Pura estrategia y convicción.

De esta manera adquirió poder, que es un arma de doble filo. Aunque durante la dictadura de Rojas Pinilla se hizo posible el sufragio femenino, cuando el general empezó a incumplir sus promesas ella levantó la voz y su osadía la puso al borde de la muerte. La destituyeron y el régimen empezó a perseguirla. Ella tuvo que huir exiliada a Estados Unidos, junto con mi papá, hasta que cayó la dictadura. La relación con su esposo, Samuel Uribe –que hasta ese entonces se había sostenido sobre la complicidad–, fue minada por las amenazas del Gobierno, la persecución y la distancia.
Tres años después de que se aprobara el acto legislativo en el que se consagraron los derechos políticos de la mujer en Colombia, en 1957 ellas votaron por primera vez: hicieron parte del plebiscito en el que se aprobó la conformación del Frente Na-cional. De la totalidad de votantes, 41% fueron mujeres. A partir de ese momento, con medio país detrás de ella, todos los candidatos la querían de su lado.

Una vida de entrega

Mi abuela, antes de morir en 1997, estaba decidida a votar por Noemí Sanín. Tal vez no apoyaba todas sus propuestas, pero era mujer y verla lanzarse al cargo más importante del país era un triunfo para ella y todas las colombianas. Sanín no ganó y ese, quizás, fue el pendiente más grande que dejó Esmeralda: ver a una mujer en la Presidencia de la República.

Hoy, gracias a mi abuela, podemos votar, trabajar, decidir. Me honra saber que, por ella, quedarme con mi hija durante sus primeros años de vida  es una elección y no una obligación. Sé que tuvo que sacrificar mucho, pero también sé que todo valió la pena. Para ella, sus luchas fueron su oxígeno. Y, para mí, un regalo. Así que cada paso que doy lo doy con ella. Orgullosa y agradecida. Sobre todo agradecida.

Fotos: Hernán Díaz. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango.

Cromos 100

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